Patrizia estaba llorando.
No eran unas pocas lágrimas discretas que pudiera esconder bajando la mirada.
Eran lágrimas grandes, pesadas, que se acumulaban en sus ojos y descendían por sus mejillas antes de que consiguiera detenerlas.
Lucio la contempló sin comprender.
Durante varios segundos, ninguno de los dos habló.
El jardín permanecía sumido en la oscuridad.
Las nubes seguían ocultando la luna, y una brisa fría movía las ramas de los árboles.
—Ah...
Patrizia levantó una mano hacia su rostro.
Solo entonces pareció darse cuenta de que estaba llorando.
Se limpió apresuradamente las mejillas.
Una vez.
Después otra.
Pero las lágrimas continuaron cayendo.
—Lo... lo siento, Su Majestad.
Su voz salió entrecortada.
Lucio no respondió.
Patrizia intentó recuperar la compostura.
Era la Emperatriz.
No debía derrumbarse de aquella manera frente a él.
Sin embargo, cuanto más intentaba contenerse, más difícil le resultaba.
La historia seguía allí.
Un muchacho de quince años.
Una espada.
Una mujer cubierta por una sábana blanca.
Una madre que había muerto sin que su hijo supiera quién era.
Patrizia se llevó una mano a la boca.
—Yo...
Tuvo que detenerse.
Lucio la observaba.
—No puedo creerlo.
Sus palabras salieron apenas por encima de un susurro.
—¿Cómo pudo alguien...?
Respiró temblorosamente.
—¿Cómo pudo alguien hacerte pasar por algo tan terrible?
Lucio permaneció inmóvil.
Patrizia levantó los ojos hacia él.
—¿Cómo puedes contarlo de esa manera?
—¿De qué manera?
—Como si...
Su voz se quebró.
—Como si estuvieras hablando de cualquier cosa.
Lucio bajó ligeramente la mirada.
No había gritado mientras contaba su historia.
No había llorado.
Su voz se había vuelto fría, incluso distante, al describir acontecimientos que habrían destrozado a cualquier persona.
Y aquello, de algún modo, resultaba todavía más doloroso para Patrizia.
Había visto lo que ocurría cuando aquellos recuerdos lo alcanzaban sin que pudiera contenerlos.
La noche de su crisis.
Los sollozos.
La desesperación con la que se había aferrado a ella.
Ahora comprendía que aquella aparente tranquilidad no significaba que el dolor hubiera desaparecido.
Solo que había aprendido a hablar de él sin mostrarlo.
—Heug...
Otro sollozo escapó de su garganta.
Patrizia volvió a secarse el rostro.
Era inútil.
—Lo siento.
Repitió.
—No quería...
No terminó la frase.
Lucio abrió ligeramente la boca.
—Tú...
La observó con desconcierto.
—¿Por qué...?
Patrizia levantó la mirada.
Él no sabía cómo formular la pregunta.
Durante diez años había vivido con aquellos recuerdos.
Había despertado de pesadillas.
Había soportado aniversarios que parecían devolverlo al mismo pabellón.
Había escuchado rumores y murmullos en el Palacio Imperial.
Después de la tragedia, las personas habían hablado.
Por supuesto que habían hablado.
Algunos habían sentido horror.
Otros curiosidad.
Otros habían convertido lo sucedido en una historia que podían comentar a media voz, protegidos por la distancia que los separaba del príncipe.
Pero Lucio no recordaba que nadie hubiera llorado de aquella manera frente a él.
Nadie había compartido su duelo.
Nadie le había dicho que tenía derecho a estar destrozado.
Había recibido miradas incómodas, silencios y precauciones.
Con el tiempo aprendió a no esperar nada más.
Por eso, la reacción de Patrizia le resultaba incomprensible.
—¿Por qué estás llorando?
Preguntó finalmente.
Patrizia lo miró como si aquella pregunta fuera todavía más dolorosa que el relato.
—Porque estoy triste.
Lucio parpadeó.
—¿Triste?
—Sí.
Ella respiró con dificultad.
—Estoy triste por lo que te hicieron.
—...
—Eras un niño.
Las lágrimas volvieron a descender.
—Solo tenías quince años.
Lucio permaneció callado.
—Incluso para un adulto habría sido imposible soportar algo así.
Patrizia apretó los dedos contra la tela de su vestido.
—Y después has tenido que revivirlo una y otra vez.
Una ráfaga de viento recorrió el sendero.
Patrizia apenas la sintió.
—Cada año.
Continuó.
—Cada vez que tienes esas pesadillas.
Lucio apartó los ojos.
—Ya pasó.
La respuesta fue tan sencilla que Patrizia sintió otra punzada en el pecho.
—No.
Dijo.
Lucio volvió a mirarla.
—El día pasó.
Patrizia tragó saliva.
—Pero no significa que lo que sufriste haya terminado.
Él no respondió.
Patrizia se limpió nuevamente las mejillas.
No sabía cuánto tiempo llevaba llorando.
Tampoco le importaba demasiado.
—¿Cómo puedes mantener esa expresión?
Preguntó con voz temblorosa.
Lucio frunció ligeramente el ceño.
—¿Qué expresión?
—Esa.
Patrizia lo señaló débilmente.
—Como si no hubiera pasado nada.
—...
—No tienes que fingir que no duele.
Lucio la observó.
Patrizia bajó la voz.
—Puedes llorar, Su Majestad.
El silencio se hizo más profundo.
—...
—Es algo por lo que puedes llorar.
Lucio permaneció completamente inmóvil.
Patrizia continuó, con lágrimas todavía acumuladas en las pestañas.
—No es una historia que tengas que contar con una expresión indiferente.
—...
—No tienes que comportarte como si fuera algo insignificante.
Su respiración volvió a quebrarse.
—Porque no lo fue.
Las piernas le temblaron.
Patrizia intentó sostenerse, pero terminó arrodillándose sobre el sendero.
La tierra estaba fría bajo la tela de su vestido.