—Este es un mapa de los terrenos de caza, Su Majestad.
Raphaella extendió completamente el papel sobre la mesa.
Patrizia se inclinó.
Ahora que podía verlo con más atención, reconoció con facilidad varios puntos.
El río.
Las elevaciones.
La entrada principal.
El sector donde habían comenzado el torneo.
El bosque donde había encontrado a Lucio.
Pero había algo más.
Raphaella señaló un pequeño círculo rojo dibujado cerca de uno de los extremos del terreno.
—¿Ve esta parte marcada?
Patrizia frunció el ceño.
—Sí.
Acercó el rostro.
—¿Qué es?
Raphaella guardó silencio durante un instante.
—Otra entrada.
Patrizia levantó lentamente la mirada.
—¿Otra qué?
—Otra entrada a los terrenos de caza.
La habitación quedó en silencio.
Patrizia volvió inmediatamente al mapa.
—Eso es imposible.
—Yo también lo creía.
—Los terrenos se eligieron precisamente porque solo tienen un acceso controlable.
—Una entrada conocida.
Corrigió Raphaella.
Patrizia la miró.
La caballera señaló el círculo rojo.
—Esto no aparece en los mapas oficiales actuales.
—Entonces ¿De dónde salió este mapa?
—De los archivos utilizados por los guardabosques.
—¿Y nadie lo había visto?
—El documento estaba entre planos antiguos. Ni siquiera está completo.
Patrizia volvió hacia el círculo.
—¿Encontraron físicamente la entrada?
—Sí.
Aquello cambió todo.
—Explícame.
Raphaella acercó un dedo.
—Está aquí.
Trazó una línea.
—En una zona rocosa.
—¿Un camino?
—No exactamente.
—¿Entonces?
—Una abertura muy estrecha entre dos formaciones de piedra. Desde fuera parece una grieta natural.
Patrizia intentó imaginarla.
—¿Un hombre puede atravesarla?
—Sí.
—¿Un caballo?
—No fácilmente.
—¿Veinte hombres?
—Uno detrás de otro.
Patrizia guardó silencio.
Raphaella continuó:
—Después de atravesar la abertura hay un sendero oculto por vegetación y desniveles.
Movió el dedo por el mapa.
—Termina dentro de los terrenos.
—Sin pasar por la entrada principal.
—Exactamente.
Patrizia apoyó una mano sobre la mesa.
Así habían entrado.
Era la explicación más sencilla.
Los asesinos no habían sobornado necesariamente a los guardias.
No habían tenido que disfrazarse.
No habían cruzado frente a decenas de testigos.
Simplemente habían utilizado una puerta que nadie sabía que existía.
—¿Encontraron rastros?
—Muy pocos.
—¿Por la lluvia?
—En gran parte.
Raphaella hizo una mueca.
—El terreno alrededor es de piedra. Eso tampoco ayuda.
—¿Huellas?
—Nada que pueda conservarse como prueba fiable.
Patrizia apretó los labios.
—Entonces creemos que entraron por allí, pero no podemos demostrarlo.
—Sí.
—Magnífico.
La ironía hizo que Raphaella bajara ligeramente la mirada.
Patrizia volvió a observar el mapa.
Había algo todavía peor.
—¿Cómo lo sabían?
Raphaella no respondió.
Patrizia levantó los ojos.
—Nos tomó días encontrarlo.
—Sí.
—Con guardias.
—Sí.
—Con un mapa.
—Sí.
Patrizia señaló el círculo rojo.
—¿Cómo demonios supieron ellos que estaba ahí?
Raphaella exhaló.
—Eso es lo que más me preocupa.
Patrizia caminó alrededor de la mesa.
—¿Interrogaste a los responsables de vigilar el bosque?
—A todos los que pude encontrar.
—¿Y?
—Ninguno conocía el paso.
—¿Ninguno?
—Eso afirmaron.
—¿Les crees?
Raphaella pensó.
—A algunos más que a otros.
Patrizia levantó una ceja.
—Eso no es tranquilizador.
—No.
—¿Alguno reaccionó de forma extraña?
—No lo suficiente para justificar un arresto.
Patrizia volvió al mapa.
La pregunta seguía siendo la misma.
¿Cómo?
Rosemond no era una exploradora.
No conocía los bosques imperiales mejor que los propios guardias.
Si realmente había organizado el ataque, alguien tenía que haberle proporcionado aquella información.
O quizá ni siquiera ella conocía el paso.
Quizá los asesinos sí.
Mercenarios experimentados podían conocer rutas olvidadas.
Pero incluso esa explicación dejaba preguntas.
¿Quién los había elegido?
¿Quién los había puesto en contacto con quien pagó?
¿Quién había organizado una operación capaz de penetrar un terreno imperial protegido?
Patrizia se pellizcó el puente de la nariz.
—Esto se vuelve cada vez más molesto.
Raphaella no discutió.
—Su Majestad.
—¿Sí?
—Hay otra posibilidad.
Patrizia levantó la mirada.
—Dila.
—Que alguien haya utilizado ese paso antes.
—¿Recientemente?
—No necesariamente.
Raphaella señaló el mapa.
—El sendero no nació ayer.
Patrizia entendió.
—Alguien tuvo que conocerlo.
—Sí.
—Aunque los guardias actuales no sepan nada.
—Exactamente.
Patrizia volvió a mirar el papel.
Entonces aquello podía ser más antiguo.
Mucho más antiguo.
—Quiero saber quién tuvo acceso históricamente a esos terrenos.
Raphaella asintió.
—Lo investigaré.
—Propietarios anteriores.
—Sí.
—Guardabosques.
—Sí.
—Familias relacionadas con su administración.
—Entendido.
—Y cualquier documento que mencione ese paso.
Raphaella hizo una reverencia.
—Lo haré.
Patrizia la observó.
Entonces reparó nuevamente en su aspecto.
Raphaella estaba agotada.
No solo cansada.
Agotada.
Tenía el rostro pálido y las sombras bajo los ojos casi tan marcadas como las de Patrizia.
—No.
Raphaella parpadeó.
—¿Su Majestad?
—Tú no harás nada más hoy.
—Pero acaba de...
—Mañana.
—Estoy bien.