De Dama A Reina

Capítulo 36 - Un Pecado Que Merece La Muerte

—Um... Su Majestad.

Patrizia levantó la mirada de los documentos.

Raphaella estaba de pie a unos pasos de la mesa.

No parecía la misma mujer que normalmente entraba en una habitación con seguridad suficiente para enfrentarse a cualquier caballero.

Tenía los hombros rígidos.

Las manos juntas.

Y evitaba mirarla directamente.

Patrizia dejó la pluma.

—¿Lady Raphaella?

Raphaella levantó la cabeza.

Patrizia la observó con atención.

Solo dos personas podían acercarse de aquella manera sin necesidad de anunciar formalmente cada palabra.

Petronilla.

Y ella.

—¿Qué ocurre?

Raphaella respiró profundamente.

Entonces se arrodilló.

Patrizia frunció el ceño.

—Ella.

La caballera bajó todavía más la cabeza.

—Le ruego que me perdone, Su Majestad.

Patrizia suspiró.

Ya sabía hacia dónde iba aquello.

—Raphaella.
—He cometido un pecado que merece la muerte.

Patrizia se quedó completamente quieta.

Mirya, que se encontraba a poca distancia organizando documentos, también levantó la cabeza.

Hubo un silencio.

Patrizia finalmente dejó escapar el aire.

—Eso es demasiado.

Raphaella no se movió.

—No lo es.
—Sí lo es.
—No protegí a la Reina.

Patrizia apoyó ambas manos sobre la mesa.

—Te ordené que no me siguieras.
—Y obedecí.

Raphaella apretó los dedos.

—Ese fue mi error.

Patrizia la miró.

—¿Desde cuándo obedecer las órdenes de la Reina es un crimen castigado con muerte?

Raphaella levantó los ojos.

—Desde que esa orden pone en peligro su vida.

Patrizia se quedó callada.

Raphaella continuó:

—Debí haberla seguido sin que lo supiera.
—Eso habría sido desobediencia.
—Habría sido protección.
—Ella.
—Debí estar allí.

Su voz se quebró ligeramente.

Patrizia perdió parte de la dureza en el rostro.

Raphaella apretó la mandíbula.

—Cuando encontré su ropa...

Se detuvo.

Patrizia no dijo nada.

—Pensé que estaba muerta.

La frase salió casi en un susurro.

Mirya bajó la mirada.

Raphaella continuó:

—Y en ese momento entendí que haber seguido su orden no me absolvía de nada.
—No tienes que absolverte.
—Sí.

Raphaella negó con fuerza.

—Soy su caballera.

Patrizia respiró lentamente.

—También eres mi amiga.
—Precisamente por eso.

Raphaella levantó la cabeza.

—Dejé que la amiga hablara más fuerte que la caballera.

Patrizia la observó.

Aquello sí era verdad.

Pero no era una verdad que justificara castigo.

—Escúchame.

Su voz se volvió más seria.

—Yo pedí estar sola.

Raphaella abrió la boca.

Patrizia levantó una mano.

—Déjame terminar.

Raphaella guardó silencio.

—Yo decidí alejarme.
—...
—Yo decidí ir más lejos.
—...
—Yo decidí no llevar guardias.

Patrizia hizo una pausa.

—Y nadie podía haber previsto una emboscada organizada dentro de un torneo imperial.

Raphaella no parecía convencida.

—Pero...
—No.

Patrizia se inclinó ligeramente hacia delante.

—No voy a permitir que cargues con una culpa que también es mía.

Raphaella apretó los labios.

—Su Majestad...
—La próxima vez, discutiremos mejor los límites de una orden de ese tipo.
—...
—Y tú podrás recordarme que soy Reina incluso cuando yo quiera fingir durante media hora que no lo soy.

Una pequeña expresión apareció en el rostro de Raphaella.

No llegó a ser sonrisa.

Patrizia continuó:

—Pero no has cometido ningún pecado que merezca la muerte.

Raphaella bajó la mirada.

—Aun así...
—Ella.

Patrizia suavizó la voz.

—Levántate.

Raphaella no obedeció inmediatamente.

En cambio, llevó una mano al pecho.

—Entonces permítame jurar algo.

Patrizia frunció ligeramente el ceño.

—¿Qué?

Raphaella levantó los ojos.

Su voz cambió.

Se volvió firme.

La voz de una caballera.

—No volveré a permitir que el daño llegue ni a un solo cabello de su cabeza.

Patrizia quedó inmóvil.

Raphaella continuó:

—Yo, Raphaella la Bringstone...

Colocó una rodilla con mayor firmeza contra el suelo.

—...juro por mi honor.
—Ella...
—Por la Casa Bringstone.
—...
—Y por la espada que llevo al servicio de la Corona.

Su mirada no vaciló.

—Mientras pueda mantenerme en pie, nadie volverá a alcanzarla sin pasar primero sobre mí.

Patrizia sintió que algo frío le recorrió la espalda.

No por miedo.

Por recuerdo.

Otra Raphaella.

Otra vida.

Una mujer que había cumplido exactamente una promesa así.

No por Patrizia.

Por Petronilla.

Había peleado.

Había resistido.

Y había muerto.

Patrizia la había perdido una vez.

No quería verla repetir el mismo destino.

Miró a la caballera que estaba frente a ella.

Viva.

Joven.

Leal.

Demasiado dispuesta a entregar la vida.

—No.

Raphaella parpadeó.

—¿Su Majestad?

Patrizia se levantó.

Caminó alrededor de la mesa.

Se detuvo frente a ella.

—No quiero una caballera muerta.

Raphaella la miró.

—Quiero una caballera viva.

Patrizia extendió una mano.

—Levántate.

Raphaella tomó su mano.

Patrizia tiró suavemente.

—Si alguna vez tienes que protegerme...

La miró directamente.

—No confundas lealtad con morir inútilmente.

Raphaella guardó silencio.

—¿Entendido?

Después de unos segundos, asintió.

—Entendido.

Patrizia sonrió un poco.

—Bien.

Raphaella finalmente se puso de pie.

Patrizia no soltó su mano inmediatamente.

Había otra cosa.

Una mucho más importante.



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En el texto hay: mentiras, renacimiento, amor celos

Editado: 14.10.2026

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