De Dama A Reina

Capítulo 101 - La Verdad Dentro De Una Verdad

Capítulo 101 - La Verdad Dentro De Una Verdad

—¿Qué?

Lucio se levantó bruscamente de su asiento.

El movimiento fue tan repentino que la silla retrocedió unos centímetros.

Su rostro había perdido todo el color.

La principal dama de compañía lo contempló con preocupación.

—Su Majestad, por favor, cálmese.

Pero Lucio apenas parecía escucharla.

—¿Es cierto?

Su voz sonó tensa.

—¿La Reina está enferma?

La dama inclinó la cabeza.

—Sí, Su Majestad.

Hizo una pausa.

—Sin embargo, el médico imperial ya la ha examinado. Nos ha asegurado que no se trata de nada grave.

Lucio permaneció inmóvil.

—¿Nada grave...?
—Así es. Necesita descansar y tomar la medicación que le han recetado.

El Emperador cerró los ojos.

Durante un instante, pareció que toda la fuerza abandonaba sus piernas.

Volvió a sentarse pesadamente.

La dama de compañía observó su expresión con cautela.

—Su Majestad...

Lucio levantó una mano, indicándole que podía retirarse.

Ella realizó una reverencia y abandonó el despacho.

Cuando la puerta se cerró, Lucio se llevó una mano temblorosa a la frente.

—...Maldición.

Había estado tan feliz porque Patrizia se había comido los brownies.

Tan satisfecho con aquel pequeño gesto que había pasado largo rato caminando por su despacho, incapaz de contener la sonrisa.

Y ahora...

Está enferma.

Recordó el paseo de la noche anterior.

El viento frío.

El vestido demasiado ligero.

El temblor que había recorrido los hombros de Patrizia.

Le había prestado su chaqueta, pero quizá lo había hecho demasiado tarde.

Lucio apretó los dientes.

Debí acompañarla al interior antes.

Había intentado cuidarla.

Y, sin embargo, ella había terminado enferma.

Bajó lentamente la cabeza.

La preocupación no le permitía pensar con claridad.

Esto es lo peor.

Patrizia dejó escapar un gemido y se aferró a las mantas.

—Ugh...

Le dolía todo el cuerpo.

La cabeza le pesaba tanto que incluso abrir los ojos parecía exigirle un esfuerzo considerable.

De verdad, esto es lo peor.

Intentó acomodarse.

Pero ninguna postura resultaba cómoda.

Seguramente mañana estaré mejor.

Quería creerlo.

Si no me recupero, el trabajo comenzará a acumularse.

Frunció el ceño.

Qué fastidio.

Después de permanecer unos minutos inmóvil, sintió la garganta seca.

—Tengo sed...

Volvió la cabeza hacia la mesa donde solían dejarle el agua.

Estaba demasiado lejos.

Patrizia suspiró.

Intentó incorporarse.

Apoyó una mano sobre el colchón y reunió las pocas fuerzas que le quedaban.

Pero apenas consiguió levantar el torso antes de desplomarse otra vez.

—Ah...

El movimiento le provocó una nueva oleada de mareo.

Cerró los ojos.

Qué frustrante.

Volvió a intentarlo.

Se aferró al borde de la cama, buscando algún punto de apoyo.

Sin embargo, sus brazos temblaron y no logró mantenerse erguida.

Solo consiguió agotarse todavía más.

Debería llamar a Mirya.

El problema era que su garganta apenas le permitía emitir un sonido.

Había intentado hablar antes, pero la voz le salía demasiado débil.

El médico imperial la había examinado.

Incluso le había dado medicamentos.

Entonces, ¿Por qué seguía sintiéndose tan mal?

Patrizia apretó los labios.

Solo necesito un poco de agua.

Reuniendo sus últimas fuerzas, volvió a intentar levantarse.

—Haah...

Su respiración se volvió irregular.

La habitación comenzó a parecerle extrañamente lejana.

Las formas se desdibujaron ante sus ojos.

¿Qué...?

Justo cuando sentía que los pensamientos comenzaban a confundírsele, escuchó que la puerta se abría.

Alguien entró.

Patrizia intentó volver la cabeza.

¿Quién es...?

—¿Quién...?

No consiguió terminar la pregunta.

La oscuridad se extendió ante sus ojos.

Y perdió el conocimiento.

Hace frío.

Fue el primer pensamiento que consiguió formar.

Patrizia abrió lentamente los ojos.

La habitación estaba sumida en una penumbra suave.

No sabía cuánto tiempo había pasado.

Tampoco recordaba con claridad qué había ocurrido antes de quedarse dormida.

Solo percibía una presencia junto a la cama.

Alguien estaba sentado cerca de ella.

Todavía medio adormecida, extendió una mano.

Sus dedos encontraron una manga.

La sujetó débilmente.

—...¿Mirya?

No hubo respuesta inmediata.

Patrizia parpadeó.

Su visión comenzó a aclararse.

La silueta adquirió contornos más definidos.

Un rostro familiar apareció ante ella.

¿Eh...?

Abrió ligeramente los ojos.

—Su Ma...
—Estás despierta.

La voz de Lucio fue baja.

Había un alivio evidente en ella.

Patrizia lo contempló sin comprender.

El Emperador parecía agotado.

Su rostro estaba pálido.

Sus ojos mostraban una preocupación que no había conseguido ocultar.

Por un instante, Patrizia se preguntó si siempre había sido tan delgado.

—¿Por qué está...?

La pregunta apenas consiguió salir de sus labios.

Lucio se inclinó ligeramente hacia ella.

—Me enteré de que estabas enferma.

Patrizia cerró los ojos durante un instante.

Eso no es asunto suyo.

Quiso decírselo.

Pero su cuerpo estaba demasiado débil para sostener una discusión.

Solo consiguió dejar escapar un pequeño gemido.

Después murmuró:

—Por favor... váyase.

Lucio bajó la mirada.

—Sabía que dirías eso.

Su voz no mostró enfado.

Solo una resignación triste.

Patrizia volvió a mirarlo.

La penumbra dificultaba distinguir todos sus rasgos, pero resultaba evidente que había pasado un mal rato.



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En el texto hay: mentiras, renacimiento, amor celos

Editado: 25.10.2026

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