De Dama A Reina

Capítulo 41 - Amor Apasionado

—Emperatriz.

Lucio dejó escapar un suspiro.

Patrizia esperó.

La habitación permanecía en silencio, salvo por el sonido tenue de las cortinas moviéndose junto a la ventana.

Lucio parecía cansado.

No era extraño.

Apenas llevaba unas horas despierto después de casi un mes de inconsciencia, y Patrizia probablemente ya había prolongado aquella conversación más de lo aconsejable.

Sin embargo, ninguno de los dos podía abandonar el asunto a medias.

No cuando se trataba de Rosemond.

Lucio levantó finalmente los ojos.

—Toleraré cualquier castigo.

Patrizia frunció ligeramente el ceño.

—¿Qué?
—Si la investigación demuestra que Rosemond ordenó el ataque, no impediré que la castigues.

Patrizia lo observó con atención.

Aquello era mucho más de lo que había esperado escuchar.

Pero Lucio continuó.

—Te concederé permiso imperial para hacerlo.
—No necesito...
—Pero perdónale la vida.

Patrizia quedó inmóvil.

Ah.

Ahí estaba.

Durante unos segundos no respondió.

—Su Majestad.

Su voz salió mucho más fría.

—No puedo prometer eso.

Lucio no apartó los ojos.

—Escúchame.
—Lo estoy escuchando.
—No te estoy pidiendo que ignores lo que hizo.
—Me estás pidiendo exactamente eso.
—No.
—Intentar asesinar a un miembro de la Familia Imperial es uno de los delitos más graves del Imperio.

Patrizia levantó una mano antes de que pudiera interrumpirla.

—Y no estamos hablando únicamente de mí. Tú recibiste la flecha.
—Lo sé.
—Pudiste morir.
—También lo sé.
—Entonces comprenderás por qué no puedo simplemente enviarla a alguna residencia cómoda y fingir que nunca ocurrió nada.

Lucio apretó ligeramente la mandíbula.

—No he dicho que viva cómodamente.
—¿Entonces qué propones?

Silencio.

Patrizia esperó.

Lucio habló finalmente:

—Oficialmente...

Se detuvo.

—Puede morir.

Patrizia parpadeó.

—¿Qué?
—Haz que desaparezca.

La expresión de Patrizia se volvió incrédula.

—¿Estás sugiriendo que falsifique una ejecución?
—Estoy diciendo que, si llegamos a ese punto, no me importa lo que el mundo crea.
—A mí sí.
—Reina...
—No.

Patrizia negó con firmeza.

—No puedes pedirme que utilice mi autoridad para engañar al Imperio en un caso de regicidio.
—Solo te estoy pidiendo que no la mates.
—Eso no es «solo» nada.

Lucio guardó silencio.

Patrizia se inclinó ligeramente hacia delante.

—¿Comprendes lo que estás pidiendo?
—Sí.
—No parece.
—Lo comprendo perfectamente.
—Entonces sabes que si se demuestra que contrató asesinos para matarme, cualquier otra persona recibiría la muerte.
—Sí.
—Y quieres que ella sea diferente.

Lucio tardó un instante.

—Sí.

La respuesta fue tan directa que Patrizia sintió una nueva oleada de irritación.

—Increíble.
—Sé que es injusto.

Aquello la detuvo.

No había intentado justificarlo.

Ni siquiera fingía que fuera correcto.

Lucio continuó:

—No te estoy pidiendo que la declares inocente.
—...
—Ni que detengas la investigación.
—...
—Ni que olvides lo ocurrido.

Sus ojos permanecieron fijos en Patrizia.

—Solo quiero que, si llega el peor momento, le dejes una posibilidad de seguir viva.

Patrizia lo contempló.

—¿Por qué?

Lucio no respondió.

—No.

Patrizia negó lentamente.

—Eso es lo que no entiendo.

Él desvió la mirada.

—Puede que no puedas entenderlo.
—Entonces explícamelo.
—No es tan sencillo.
—Nunca lo es contigo.

Lucio la miró otra vez.

Patrizia se inclinó hacia él.

—¿Por qué es tan importante?
—...
—¿Por qué ella?

Lucio guardó silencio.

—No me digas simplemente que la amas.

Su voz se hizo más baja.

—He visto hombres enamorados. He visto personas perder el juicio por amor.
—...
—Pero esto es distinto.

La expresión de Lucio cambió apenas.

Patrizia lo vio.

—Hay algo más.
—Reina.
—Lo hay.

Lucio cerró los ojos.

Aquella reacción fue suficiente.

Patrizia sintió que una pieza que llevaba mucho tiempo fuera de lugar acababa de moverse.

No encajaba todavía.

Pero se había movido.

Desde el principio, la relación entre Lucio y Rosemond había parecido excesiva.

No únicamente intensa.

Excesiva.

Como si separarse de ella significara para Lucio algo mucho peor que perder a una amante.

Él mismo se lo había dicho a Mirya.

Abandonar a Rosemond sería como negar su propia identidad.

Patrizia no había olvidado aquellas palabras.

—¿Qué te hizo?

Lucio abrió los ojos.

—Nada.
—¿Qué hizo por ti?

Él no respondió.

—¿Te salvó la vida?

Silencio.

—¿Te protegió?

Nada.

—¿Te debe algo tu familia?
—Basta.

La palabra no fue dura.

Fue cansada.

Patrizia se detuvo.

Lucio miró hacia otro lado.

—No puedo hablar de ello.
—¿No puedes?
—No.
—¿O no quieres?

Una pausa.

—Ambas.

Patrizia lo estudió.

Había conflicto en su rostro.

No parecía simplemente ocultar información para proteger a Rosemond.

Parecía proteger algo dentro de sí mismo.

Algo que no quería tocar.

Patrizia sintió curiosidad.

Pero también reconoció el límite.

Por ahora.

—Su Majestad.

Lucio volvió hacia ella.

—Si no me lo dices, nunca podré entenderlo.
—Lo sé.

Aquella respuesta fue inesperada.

—Entonces...
—Lo sé.

Repitió Lucio.

Patrizia cerró la boca.

Él parecía arrepentido.

No de proteger a Rosemond.

De no poder explicarlo.

Eso era distinto.

Patrizia soltó lentamente el aire.



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En el texto hay: mentiras, renacimiento, amor celos

Editado: 14.10.2026

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