De Dama A Reina

Capítulo 49 - Supongo Que Ella No Confió En Mí Lo Suficiente

—¿Está bien?

La voz de Glara sacó a Rosemond de sus pensamientos.

Rosemond levantó lentamente la mirada.

La habitación seguía llena de movimiento.

Una criada doblaba vestidos sobre la cama.

Otra comprobaba cuidadosamente una lista de objetos personales.

Cerca de la puerta había dos baúles abiertos, uno casi lleno y el otro esperando todavía los artículos que Glara había ordenado preparar.

Todo continuaba exactamente igual.

Solo Rosemond se había quedado inmóvil.

—Señorita Rosemond.

Glara dio un paso hacia ella.

—¿Se encuentra bien?

Rosemond relajó los dedos.

No se había dado cuenta de cuánto los había apretado.

—Sí.

La respuesta llegó finalmente.

Glara la observó con evidente duda.

—Parecía enfadada.
—Siempre parezco enfadada cuando la gente me hace preguntas innecesarias.

Glara cerró inmediatamente la boca.

Rosemond volvió la vista hacia la ventana.

—Continúa.
—Sí, señorita.

Glara regresó al equipaje.

Rosemond permaneció en la mecedora.

Un movimiento suave.

Hacia delante.

Hacia atrás.

La madera crujía débilmente con cada oscilación.

Poco a poco, la ira que le había provocado pensar en Darrow comenzó a enfriarse.

No desaparecer.

Solo enfriarse.

Eso era mejor.

La rabia servía para muchas cosas, pero no para planear.

Y antes de abandonar el Palacio Imperial durante varias semanas necesitaba asegurarse de que todo quedara correctamente dispuesto.

Dos semanas.

Quizá tres.

Era demasiado tiempo.

El Palacio Imperial no dejaba de moverse porque una persona estuviera ausente.

Mucho menos cuando aquella persona tenía enemigos.

Rosemond contempló a las criadas trabajar.

—Ese vestido no.

Una de ellas se detuvo.

—¿Señorita?
—El azul.
—¿No desea llevarlo?
—No.
—Sí, señorita.

La criada lo retiró inmediatamente.

Rosemond siguió balanceándose.

Un minuto.

Después otro.

Finalmente se detuvo.

—Glara.
—Sí, señorita Rosemond.

La dama de compañía acudió inmediatamente.

—Trae papel.
—¿Papel?
—Y una pluma.

Glara la observó.

—¿Va a escribir una carta?

Rosemond arqueó una ceja.

—Si pido papel y una pluma, sería extraño que quisiera bordar.

Glara bajó la cabeza.

—Ahora mismo.

Fue hasta un pequeño escritorio y regresó con lo solicitado.

Rosemond abandonó la mecedora.

Se sentó ante la mesa.

Glara colocó el papel frente a ella.

—¿Necesita tinta?

Rosemond la miró.

Glara comprendió.

—Por supuesto que necesita tinta.

Fue por ella.

Rosemond suspiró.

—A veces me pregunto cómo sobrevives sin mí.
—Bastante bien, señorita.
—Qué atrevida.

Glara sonrió.

—Aprendí de usted.

Rosemond soltó una pequeña risa.

Al menos aquella respuesta le gustó.

Tomó la pluma.

La expresión de su rostro cambió.

La ligereza desapareció.

Comenzó a escribir.

Glara se apartó prudentemente.

No intentó leer.

Con Rosemond había aprendido hacía mucho que existían cosas que era mejor no conocer hasta que su señora decidiera explicarlas.

La pluma se deslizó sobre el papel.

Una línea.

Otra.

Rosemond se detuvo brevemente para pensar.

Continuó.

Al principio su rostro permaneció serio.

Después, lentamente, una sonrisa apareció en sus labios.

Glara la vio.

Y decidió que definitivamente no quería preguntar qué contenía aquella carta.

Rosemond terminó.

Releyó cada palabra.

No corrigió nada.

Dobló cuidadosamente el papel.

Lo introdujo en un sobre.

Aplicó el sello.

—Glara.
—Sí.

Rosemond le entregó la carta.

—Haz que la envíen de la manera habitual.

Glara tomó el sobre.

—Por supuesto.

Lo giró ligeramente entre sus dedos, sin intentar identificar nada que Rosemond no quisiera mostrar.

—Siempre lo hacemos así.

Rosemond no respondió.

Glara notó también que no había mencionado al destinatario.

Otra señal para no preguntar.

—¿Cuándo necesita que llegue?

Rosemond levantó los ojos.

—Cuanto antes.
—Entendido.
—Y, Glara.
—¿Sí?
—Con discreción.

La sonrisa de Glara cambió.

Más pequeña.

Cómplice.

—No se preocupe.

Rosemond sostuvo su mirada.

—No quiero errores.
—Nunca los ha habido con esto.
—Que siga siendo así.

Glara hizo una reverencia.

—Será tan secreto como siempre.

Aquello relajó ligeramente a Rosemond.

Glara podía ser muchas cosas.

A veces irritante.

A veces demasiado curiosa.

Pero no era estúpida.

Y, cuando se trataba de asuntos delicados, sabía mantener la boca cerrada.

—Ve.
—Sí, señorita.

Glara salió con la carta.

Rosemond regresó a la mecedora.

El suave movimiento comenzó otra vez.

Adelante.

Atrás.

Esta vez había una sonrisa en sus labios.

A la mañana siguiente, Rosemond abandonó el Palacio Imperial.

El viaje hasta la propiedad de Darrow era considerable.

No podía hacerse cómodamente en uno o dos días, y además Rosemond tendría que permanecer allí el tiempo necesario para obtener el consentimiento de su padre y resolver los asuntos relacionados con la adopción.

La estimación inicial era de dos o tres semanas.

Lucio acudió a despedirla.

No viajó con ella.

Rosemond no se lo había pedido.

—Volveré pronto.

Dijo ella antes de subir al carruaje.

—Ten cuidado durante el camino.

Respondió Lucio.

—¿Eso es todo?

Lucio la miró.

Rosemond sonrió.

—Esperaba algo más afectuoso.

Él se acercó y tomó brevemente su mano.

—Que tengas un viaje seguro, Rose.



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En el texto hay: mentiras, renacimiento, amor celos

Editado: 14.10.2026

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