De Dama A Reina

Capítulo 92 - Ella Fue Abandonada

Capítulo 92 - Ella Fue Abandonada

Rosemond sintió que el mundo se derrumbaba a su alrededor cuando recibió la noticia.

Los asesinos habían confesado.

Y la fecha de su juicio ya estaba fijada.

Durante unos instantes permaneció inmóvil, incapaz de procesar lo que acababa de escuchar.

Después comenzó a caminar de un extremo a otro de la celda.

Sus pasos eran rápidos y desordenados.

—¿Qué hago...?

Se llevó ambas manos a la cabeza.

—¿Qué hago? ¿Qué hago? ¿Qué hago?

Su voz fue aumentando de volumen.

—¡¿Qué se supone que haga ahora?!

La desesperación amenazaba con arrebatarle la razón.

Hasta entonces había intentado convencerse de que todavía existía alguna salida.

Que la investigación no podría avanzar sin pruebas concluyentes.

Que los asesinos, fieles a las reglas de su organización, jamás revelarían el nombre de quien los había contratado.

Pero ahora había confesiones.

¡Esos hombres son falsos!

Rosemond lo sabía.

Estaba convencida de que Patrizia había preparado aquella farsa.

Sin embargo, denunciarlo significaría exponerse a preguntas que no podría responder sin revelar cuánto conocía sobre los verdaderos asesinos.

Y, aunque lograra demostrarlo, ¿Quién estaría dispuesto a creerle?

El Emperador ya no estaba de su lado.

La familia Darrow no tenía ninguna razón para protegerla.

Y su antigua posición como favorita imperial había dejado de tener valor.

Rosemond se detuvo en medio de la celda.

Respiraba agitadamente.

No...

Todavía quedaba una posibilidad.

Una sola.

Sus ojos se abrieron.

—¡El duque Ephreney!

Se acercó rápidamente a los barrotes.

—¡Tengo que conseguir que me ayude!

La idea le devolvió una pequeña esperanza.

En su desesperación, parecía haber olvidado que el duque ya estaba enterado de su detención.

Y que, hasta aquel momento, no había hecho nada para rescatarla.

Rosemond golpeó los barrotes.

—¡Guardia!

Su voz resonó por el corredor.

—¡Guardia, venga aquí!

Un hombre apareció poco después.

Su expresión mostraba evidente fastidio.

—¿Qué ocurre ahora?

Rosemond se aferró a los barrotes.

—Necesito escribir una carta.

El guardia la observó sin interés.

—¿Una carta?
—Sí.

Su voz fue apremiante.

—Tráigame papel y algo con lo que escribir.

El hombre negó inmediatamente con la cabeza.

—No puedo hacerlo.

Rosemond frunció el ceño.

—¿Por qué no?
—Su Majestad la Reina ha ordenado que no reciba nada aparte de sus alimentos.

Su tono fue tajante.

—No puedo entregarle papel ni tinta.

La marquesa sintió que la sangre le subía al rostro.

—¡Por favor!

Su voz se volvió aguda.

—¡¿Ni siquiera tengo derecho a escribir una carta?!
—No.
—¡Solo necesito enviar un mensaje!
—No está permitido.

Rosemond apretó los dientes.

—¡Es un asunto urgente!

El guardia permaneció impasible.

—Las órdenes son claras.
—¡Pero...!
—No puedo ayudarla.

No importaba cuántas veces insistiera.

El hombre repetía la misma negativa.

Como si fuera incapaz de pronunciar cualquier otra respuesta.

Finalmente, Rosemond comprendió que no conseguiría nada.

Retrocedió lentamente.

La desesperación volvió a ensombrecer su rostro.

No puedo comunicarme con nadie.

Patrizia había cerrado todas las puertas.

Ni cartas.

Ni visitas.

Ni mensajes que pudieran llegar hasta sus aliados.

Rosemond sintió que el aire de la celda se volvía más pesado.

Entonces, de pronto, recordó algo.

Espera...

Levantó bruscamente la cabeza.

Había una razón por la que podrían permitirle salir.

Una razón que ni siquiera la Reina podría rechazar fácilmente.

Rosemond volvió a acercarse a los barrotes.

—¡Guardia!

El hombre, que todavía no se había alejado demasiado, se volvió con evidente irritación.

—¿Ahora qué?

Rosemond respiró profundamente.

—Necesito salir de aquí.
—No está permitido.
—¡Escúcheme primero!

El guardia la contempló con impaciencia.

La marquesa continuó:

—Mi hermano menor ha muerto.

Su expresión adquirió un aire afligido.

—El joven príncipe Ephreney falleció recientemente.

Hizo una pausa.

—Tengo que asistir a su funeral.

No sentía verdadero dolor por la muerte del muchacho.

Apenas había existido una relación entre ellos.

Pero ahora su fallecimiento podía convertirse en la oportunidad que necesitaba.

Rosemond bajó la mirada.

Procuró adoptar la expresión más desdichada posible.

—Es mi hermano...

Su voz tembló deliberadamente.

—Por favor, permita que me despida de él.

El guardia guardó silencio.

La marquesa levantó los ojos.

—¿No podría presentar mi solicitud ante Su Majestad?

El hombre dejó escapar un suspiro.

Su expresión fue agria.

—Puedo preguntar.

Rosemond contuvo la respiración.

El guardia añadió:

—Pero será difícil que autoricen la salida de una prisionera acusada de un crimen tan grave.
—¡Aun así, puede preguntar!

Su voz mostró una esperanza desesperada.

—¿Verdad?

El hombre la observó durante unos instantes.

Después asintió de mala gana.

—Espere aquí.

Y se alejó.

Rosemond permaneció aferrada a los barrotes hasta que sus pasos desaparecieron.

Por favor...

Cerró los ojos.

Que lo permita.

Tenía motivos para creer que su petición sería aceptada.

En Mavinous, incluso los condenados podían recibir autorización para asistir al funeral de un familiar.

Era una costumbre reconocida por la ley.

Y ella ni siquiera había sido juzgada todavía.

No existía una sentencia en su contra.

No podrá negarse sin una razón.



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En el texto hay: mentiras, renacimiento, amor celos

Editado: 25.10.2026

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