—...
Rosemond dejó de masticar.
Por un instante no ocurrió nada.
Después su expresión cambió.
Muy poco.
Pero cambió.
El sabor que tenía en la boca no era el que esperaba.
Rosemond volvió a masticar lentamente.
Una vez.
Dos.
Tres.
No.
Imposible.
Miró discretamente el trozo de carne que todavía permanecía sobre su plato.
Tal vez había cometido un error.
Quizá el chef había preparado algunos filetes de res y otros de cerdo.
Quizá, por alguna casualidad absurda, justamente a ella le había correspondido uno de los pocos trozos que no habían sido cambiados.
Rosemond cortó otra porción.
Más grande.
La llevó hasta su boca.
Masticó.
El resultado fue exactamente el mismo.
Carne de res.
Su mano se detuvo.
—...
¿Qué estaba pasando?
Rosemond sintió que algo frío recorría su espalda.
No podía mostrarlo.
No allí.
No delante de Patrizia.
No delante de todas aquellas nobles.
Mucho menos delante de las visitantes extranjeras.
Levantó discretamente la mirada.
Una de las mujeres de Christa acababa de terminar otro trozo de filete.
Sonreía.
Otra conversaba tranquilamente con la duquesa Vasi mientras cortaba su carne.
La mujer de mayor edad parecía particularmente satisfecha con la salsa.
Nadie reaccionaba.
Nadie había escupido.
Nadie había preguntado qué tipo de carne era.
Nadie parecía horrorizado.
Nada.
Rosemond tragó con dificultad.
No.
Tal vez las mujeres no reconocían el sabor.
Eso podía ser.
Si jamás comían cerdo...
¿Cómo sabrían?
Pero había nobles de Christa que viajaban.
Diplomáticos.
Familias acostumbradas al comercio con otros países.
Era imposible asumir que ninguna conociera la diferencia.
Y además...
Rosemond sí la conocía.
El filete que tenía delante era definitivamente de res.
La duquesa Verika tomó otro bocado.
Después sonrió hacia Patrizia.
—Tal como dijo Su Majestad, el filete es excelente.
Rosemond sintió que el corazón le golpeaba con más fuerza.
Patrizia respondió en la lengua de Christa con una sonrisa impecable.
—Me alegra mucho que sea de su agrado.
—La carne tiene una textura maravillosa.
—Nuestro chef se sentirá honrado al saberlo.
La mujer situada junto a Verika asintió.
—No había comido un filete así desde hace bastante tiempo.
Patrizia inclinó ligeramente la cabeza.
—Espero que el resto de la cena también cumpla con sus expectativas.
—Estoy segura de que así será.
Rosemond sintió que se le secaba la boca.
Todas estaban comiendo.
Todas.
Sin problema.
Eso significaba...
No.
No podía significar eso.
Glara había comprobado personalmente el cambio.
La carne de res había sido retirada.
La carne de cerdo había entrado en la cocina.
Rosemond había exigido que vigilara hasta el último momento.
Entonces ¿Cómo...?
Levantó los ojos.
Y se encontró directamente con la mirada de Patrizia.
La Reina la observaba.
No abiertamente.
No con una sonrisa victoriosa.
Pero había algo en sus ojos.
Algo que hizo que Rosemond sintiera una alarma todavía mayor.
Patrizia inclinó ligeramente la cabeza.
—Baronesa Phelps.
Rosemond se puso rígida.
—¿Sí, Su Majestad?
—¿Se encuentra bien?
La conversación cercana disminuyó.
Rosemond intentó sonreír.
—Perfectamente.
Patrizia frunció apenas el ceño.
—Está muy pálida.
Rosemond sintió que todos los ojos se dirigían hacia ella.
Maldita.
—Ah...
Dejó lentamente los cubiertos.
—No me siento del todo bien.
—Qué pena.
La voz de Patrizia fue generosa.
Demasiado generosa.
Rosemond sintió que escondía algo.
—Quizá el viaje hasta aquí la agotó.
Añadió Patrizia.
—O los preparativos.
Un recuerdo de la frase con la que la había recibido apareció en la mente de Rosemond.
Debe haber tomado mucho tiempo prepararse.
¿Lo sabía?
No.
No podía.
—Estoy segura de que se me pasará.
Dijo Rosemond.
Patrizia la observó.
—¿Por qué no sale a tomar un poco de aire?
—No quisiera interrumpir la cena.
—No la interrumpe.
Patrizia sonrió amablemente.
—Vuelva cuando se sienta mejor.
Rosemond sostuvo su mirada.
Aquello sonaba como una cortesía.
Pero en aquel instante se sintió como una expulsión.
—Entonces...
Rosemond se levantó.
—Discúlpeme.
—Por supuesto.
Patrizia volvió su atención hacia las invitadas.
—Mirya.
La dama de compañía se acercó inmediatamente.
—Acompañe a la baronesa hasta la salida.
—Sí, Su Majestad.
Rosemond sintió otra oleada de humillación.
—No es necesario.
Dijo.
Patrizia levantó una ceja.
—Como prefiera.
Rosemond hizo una pequeña reverencia.
Después salió.
No corrió.
No podía.
Mantuvo el paso sereno.
La espalda recta.
La expresión controlada.
Solo cuando atravesó las puertas y desapareció de la vista de los invitados permitió que su rostro se endureciera.
Dentro del salón, Patrizia la observó marcharse.
Después levantó la copa.
—Duquesa Verika.
La mujer volvió a mirarla.
—¿Sí, Su Majestad?
—Me estaba contando sobre los vinos de la costa occidental de Christa.
La conversación continuó.
Como si nada hubiera ocurrido.
Apenas Rosemond salió del área principal de recepción, su calma se quebró.
Caminó rápidamente por el corredor.
Glara la seguía.
—Mi señora...
Rosemond no respondió.
Doblaron una esquina.
Llegaron a una zona exterior del palacio donde el ruido del banquete ya no podía escucharse con claridad.