Nadie dijo una palabra.
El campamento, que apenas unos minutos antes había estado lleno de órdenes, murmullos y pasos apresurados, cayó en un silencio incómodo.
Patrizia permanecía de pie junto a Lucio.
Rosemond estaba frente a ella.
Y entre ambas mujeres parecía haberse formado una línea invisible que nadie se atrevía a cruzar.
La mayoría de las miradas se dirigieron lentamente hacia la concubina.
Algunos nobles intentaban disimular.
Otros ni siquiera se molestaban.
Habían escuchado perfectamente lo que la Reina acababa de decir.
Mi Emperador y yo no estamos destinados a morir por el complot de una concubina.
No había pronunciado un nombre.
No hacía falta.
En todo el Imperio, solo una concubina tenía suficiente influencia como para que aquella frase pudiera señalarla de manera tan directa.
Rosemond.
Ella lo sabía.
Su expresión, sin embargo, no cambió.
Había sentido un golpe de miedo cuando Patrizia pronunció aquellas palabras.
Uno verdadero.
Frío.
Profundo.
Pero llevaba demasiado tiempo viviendo en el Palacio Imperial como para permitir que el pánico apareciera en su rostro.
En la corte, una respiración equivocada podía convertirse en evidencia.
Una mirada demasiado rápida podía convertirse en confesión.
Rosemond levantó lentamente las cejas.
—¿Su Majestad?
Su voz sonó desconcertada.
Casi ofendida.
—¿Qué demonios está intentando...?
—Su Majestad.
La voz del médico la interrumpió.
Rosemond cerró la boca.
Sus dedos se tensaron alrededor de la falda.
No le gustó en absoluto que la interrumpieran.
Mucho menos ahora.
Pero no podía protestar.
No con Lucio tendido en el suelo entre médicos y caballeros.
No con docenas de nobles observando.
Patrizia tampoco volvió a mirarla inmediatamente.
Toda su atención regresó hacia Lucio.
—¿Terminó?
El médico asintió.
—Sí, Su Majestad.
Patrizia se arrodilló.
—Dígame.
El hombre tragó saliva antes de comenzar.
—La situación podría haber sido mucho peor.
Patrizia frunció ligeramente el ceño.
—Eso no suena tranquilizador.
—Quiero decir que...
El médico miró hacia la herida de Lucio.
—El veneno alcanzó a entrar en su organismo, pero una gran parte del daño parece haber sido mitigada antes de que llegara a nosotros.
Patrizia comprendió inmediatamente.
—La scula.
—Sí.
El médico asintió.
—La administración de la flor de scula probablemente salvó su vida.
Varios nobles murmuraron.
Patrizia apenas reaccionó.
No necesitaba elogios.
Necesitaba saber qué pasaría con Lucio.
—¿Y ahora?
Preguntó.
El médico guardó silencio medio segundo más de lo necesario.
Patrizia lo notó.
—Doctor.
—La fiebre sigue siendo preocupante.
—Eso ya lo sé.
—Y...
El hombre miró nuevamente al Emperador.
—No está recuperando la conciencia.
Patrizia se quedó inmóvil.
—¿Por qué?
—No puedo asegurarlo.
—¿El veneno?
—Es posible.
—¿La fiebre?
—También.
—¿La herida?
—Podría influir.
Patrizia apretó la mandíbula.
—Me está dando tres posibilidades y ninguna respuesta.
El médico bajó la cabeza.
—Lo siento, Su Majestad.
Patrizia miró a Lucio.
Su rostro seguía pálido.
La respiración, aunque más regular que horas atrás, era demasiado débil para tranquilizarla.
—¿Puede despertarlo?
El médico no contestó inmediatamente.
Aquello bastó.
Patrizia levantó la mirada.
—Pregunté si puede despertarlo.
—No lo sé.
Dijo finalmente.
Las palabras parecieron caer con más peso de lo que deberían.
Patrizia sintió que algo se hundía en su estómago.
—Entonces...
Su voz salió más baja.
—¿No puede garantizar que despierte?
El médico cerró los ojos.
—No.
Silencio.
—Lo siento.
Patrizia volvió hacia Lucio.
Durante un momento el resto del campamento desapareció.
No Rosemond.
No los nobles.
No la investigación.
Solo él.
Horas antes había despertado.
Había hablado con ella.
Había montado.
Habían discutido.
Incluso había hecho comentarios irritantes.
Y ahora estaba otra vez inconsciente.
Patrizia cerró los ojos.
No quería que muriera.
Aquello era todo.
No necesitaba encontrar una razón más elaborada.
No después de lo ocurrido.
Lucio había recibido una flecha destinada a ella.
Ella lo había mantenido vivo.
No permitiría que aquella lucha terminara allí.
Abrió los ojos.
Su expresión había cambiado.
Ya no era preocupación.
Era decisión.
Patrizia se puso de pie.
Los nobles la observaron.
Ella respiró una vez.
Después habló.
—Su Majestad Imperial está incapacitado para ejercer sus funciones.
Algunas personas se miraron.
Patrizia continuó:
—Necesito una confirmación formal.
Giró hacia los nobles de mayor rango.
—Según la ley imperial, si el Emperador se encuentra incapacitado y no existe otro regente previamente nombrado...
Hizo una pausa.
—¿La autoridad ejecutiva corresponde temporalmente a la Reina?
Un noble mayor respondió primero.
—Sí, Su Majestad.
Patrizia mantuvo la mirada fija.
—Explíquelo.
El hombre pareció sorprenderse.
—Mientras Su Majestad Imperial no pueda gobernar personalmente, la Reina consorte puede ejercer la autoridad regente en su nombre.
Otro noble añadió:
—Hasta que el Emperador recupere la conciencia.
—O hasta que pueda volver a ejercer sus funciones.
Completó un tercero.
Patrizia asintió.
Bien.
Quería que todos lo escucharan.
No pensaba permitir que, más tarde, alguien fingiera que su autoridad había sido una improvisación.