Últimamente, Lucio no se encontraba de muy buen humor.
Y el motivo de su descontento tenía nombre y apellido.
Dylan.
Su hijo de siete años.
Hasta hacía unos meses, el pequeño había dormido tranquilamente en sus propios aposentos.
Sin embargo, de un tiempo a esta parte había comenzado a insistir, con una terquedad extraordinaria, en que quería volver a dormir junto a su madre.
—¡Esta noche voy a dormir con mamá!
Lucio contempló a su hijo con una expresión sombría.
—Dylan, ¿Por qué quieres dormir con tu madre?
Intentó mantener un tono razonable.
—Llevas mucho tiempo durmiendo perfectamente en tu habitación.
El niño levantó la cabeza.
Sus grandes ojos redondos, tan parecidos a los de su padre, reflejaban una sincera perplejidad.
—Madre, ¿De verdad no lo sabes?
Patrizia parpadeó.
Después negó suavemente.
—No, cariño. ¿Por qué?
Dylan la miró como si la respuesta fuera la cosa más evidente del mundo.
—¡Porque me gusta mamá!
Su voz resonó alegremente por la habitación.
—¡Dylan quiere mucho a mamá porque es la mejor mamá del mundo!
Patrizia sintió que el corazón se le enternecía.
Pero Lucio...
Lucio parecía haber recibido un golpe inesperado.
—Dylan.
Su voz fue grave.
—¿Acaso tu padre es invisible?
El niño volvió la cabeza hacia él.
—A papá también lo quiero.
Lucio pareció recuperar un poco la esperanza.
Hasta que Dylan añadió:
—Pero quiero más a mamá.
Silencio.
Lucio permaneció inmóvil.
Patrizia, por su parte, tuvo que esforzarse para contener una sonrisa.
—Dylan...
Se inclinó ligeramente hacia su hijo.
—Debes querer mucho a los dos.
Le acarició suavemente el cabello.
—Si dices que quieres más a mamá, papá se pondrá triste.
Dylan frunció los labios.
Sus mejillas se hincharon ligeramente.
—Pero quiero más a mamá.
Lo dijo con una convicción absoluta.
Patrizia dirigió una mirada furtiva hacia su esposo.
La expresión de Lucio era indescriptible.
Parecía que su alma acababa de abandonar su cuerpo.
¿Cómo he criado a este niño?
El Emperador contempló a su hijo con una mezcla de incredulidad y desolación.
Después respiró profundamente.
—Dylan.
El pequeño lo miró.
—¿Sí, padre?
—¿Por qué quieres más a tu madre que a mí?
Dylan adoptó una expresión muy seria.
Se quedó pensando.
Frunció ligeramente el ceño.
Parecía estar considerando una cuestión de enorme importancia.
Finalmente, levantó la cabeza.
—Bueno...
Lucio aguardó.
Dylan respondió con absoluta claridad:
—No hay ninguna razón.
Hizo una pausa.
—Simplemente quiero más a mamá que a papá.
Aquello fue el golpe definitivo.
Lucio cerró la boca.
No volvió a decir nada.
Parecía temer que cualquier intento de continuar la conversación solo terminara hiriéndolo todavía más.
Patrizia sintió una mezcla de vergüenza y alegría.
Dylan, cariño...
Su hijo era demasiado sincero.
Pero, al mismo tiempo...
¡Ese es mi niño!
Tuvo que bajar la mirada para ocultar su sonrisa.
Dylan, ajeno al sufrimiento de su padre, anunció alegremente:
—¡Esta noche voy a dormir con mamá!
Después señaló a Lucio.
—Papá puede dormir solo.
Lucio abrió los ojos.
Patrizia ya no pudo contenerse.
Una carcajada escapó de sus labios.
—¡Ja, ja...!
Lucio la miró.
Su expresión parecía preguntar si realmente encontraba divertida aquella tragedia.
Patrizia intentó recuperar la compostura.
Pero le resultó difícil.
Finalmente, Lucio habló.
—No, Dylan.
Su voz fue firme.
El niño parpadeó.
—¿Por qué?
—Porque tu madre tiene que dormir conmigo.
Dylan ladeó la cabeza.
—¿Por qué?
Lucio respondió con la seguridad de quien estaba explicando una ley fundamental del Imperio.
—Porque está casada conmigo.
Hizo una pausa.
—Los esposos duermen juntos.
Dylan reflexionó durante un instante.
Después sonrió.
Había encontrado una solución.
—¡Entonces yo también quiero casarme con mamá!
¿Qué...?
Lucio contempló a su hijo.
Durante los últimos días, Dylan se había mostrado especialmente posesivo con Patrizia.
Parecía decidido a monopolizar su atención.
Y cualquier comentario que insinuara que debía compartirla con su padre despertaba inmediatamente sus celos.
Lucio comprendió que necesitaba establecer algunos límites.
—No.
Su respuesta fue tajante.
Dylan frunció el ceño.
—¿Por qué no?
—Porque tu madre ya está casada conmigo.
—¡Entonces puede casarse conmigo también!
Lucio abrió la boca.
Si hacemos eso, nuestro árbol genealógico se convertirá en un desastre.
Estuvo a punto de decirlo.
Pero se contuvo.
Su hijo apenas tenía siete años.
No era necesario complicar todavía más aquella conversación.
Respiró profundamente.
Después intentó explicárselo con mayor paciencia.
—Dylan, una persona solo puede estar casada con un cónyuge a la vez.
El niño parpadeó.
—¿Por qué?
—Porque, si se casara con otra persona, su esposo o esposa se pondría triste.
Dylan reflexionó.
Después respondió:
—Pero yo no estoy triste porque mamá esté casada con papá.
Lucio apretó los labios.
Este niño...
Volvió a respirar profundamente.
—Pues yo sí estaría muy triste si tu madre dijera que quiere casarse contigo.
Dylan lo miró con absoluta tranquilidad.
—¡Eso no es asunto tuyo!
Lucio se quedó inmóvil.
¿Cómo que no es asunto mío?
La irritación comenzó a crecer dentro de él.
Patrizia, que había observado todo el intercambio, comprendió que debía intervenir antes de que padre e hijo terminaran discutiendo de verdad.