Petunia, que hasta hacía apenas unos instantes había estado cuestionando abiertamente la capacidad de Patrizia para cumplir con sus deberes como Reina, cambió de expresión en cuanto reconoció al dueño de aquella voz.
Una sonrisa radiante apareció en su rostro.
—¡Ah! ¿Su Majestad está aquí?
Su tono fue alegre, casi entusiasta.
Parecía no haber advertido la ira que ensombrecía el rostro del Emperador.
Lucio ni siquiera le respondió.
Pasó por alto su saludo y dirigió inmediatamente la mirada hacia Patrizia.
—Reina.
Su voz fue grave.
—Me ha parecido escuchar que esta dama te estaba faltando al respeto.
La sonrisa de Petunia vaciló.
¿Qué...?
Había esperado que el Emperador le dedicara al menos una palabra amable.
Después de todo, ella era la mujer elegida para convertirse en su concubina real.
Sin embargo, Lucio apenas parecía consciente de su presencia.
Toda su atención estaba puesta en Patrizia.
La Reina, que había observado aquel intercambio en silencio, dejó escapar un suspiro interior.
Creo que he perdido por completo mi capacidad para juzgar a las personas.
Había seleccionado a Petunia basándose en los antecedentes de su familia, su educación y las ventajas políticas que podía aportar a la Familia Imperial.
Pero jamás había imaginado que la hija del marqués Bayrins se comportaría de una manera tan imprudente.
No debí confiar únicamente en los documentos.
Patrizia recuperó la compostura.
—Al parecer, lady Petunia no comprende que sus palabras han sido descorteses.
Lucio frunció el ceño.
—¿Quién se atrevería a insultar a la Reina?
Su mirada se endureció.
—No tienes por qué tolerarlo. Dime exactamente qué ha ocurrido.
Patrizia volvió ligeramente la cabeza.
—Marquesa Prinsky, explíqueselo a Su Majestad, por favor.
Mirya se inclinó.
—Sí, Su Majestad.
Después se volvió hacia el Emperador.
—Lady Bayrins, la futura concubina real, le ha comunicado a Su Majestad la Reina que se sometió a un examen médico y que los resultados confirmaron que su capacidad reproductiva es excelente.
Lucio permaneció inmóvil.
Mirya continuó:
—Añadió que, por ese motivo, Su Majestad no tendría que preocuparse por problemas de infertilidad.
La expresión del Emperador se ensombreció.
—¿Eso dijo?
—Así es, Su Majestad.
La marquesa mantuvo un tono respetuoso, pero firme.
—Consideré que era inapropiado mencionar de esa manera un asunto tan íntimo de Su Majestad la Reina, así que se lo hice saber.
Hizo una pausa.
—Sin embargo, lady Bayrins respondió que no se trataba únicamente de una cuestión personal, sino de un asunto relacionado con la supervivencia del Imperio.
Los ojos de Lucio se volvieron más fríos.
Mirya concluyó:
—Incluso llegó a insinuar que una mujer incapaz de concebir presenta una deficiencia que la hace menos adecuada para ocupar el puesto de Reina.
El silencio que siguió fue inquietante.
Lucio no se movió.
Pero la tensión de su rostro bastó para que quienes se encontraban cerca comprendieran que estaba furioso.
Petunia sintió que la sangre se le helaba.
Esto no está saliendo como esperaba.
Hasta aquel momento, había considerado que sus palabras eran razonables.
Después de todo, ella había sido seleccionada precisamente porque podía darle un heredero al Emperador.
Sin embargo, al contemplar la expresión de Lucio, comprendió que había cometido un error mucho más grave de lo que imaginaba.
Se apresuró a intervenir.
—S-Su Majestad...
Su voz tembló.
—No era mi intención ser irrespetuosa.
Lucio volvió lentamente la cabeza hacia ella.
—Entonces, ¿Estás diciendo que la marquesa Prinsky ha inventado lo sucedido?
Petunia abrió los ojos.
—No, eso no...
—¿No?
El Emperador dio un paso hacia ella.
—Entonces reconoces que has hablado de esa manera.
Petunia bajó ligeramente la mirada.
—Bueno, yo...
—Has sido descortés, lady Bayrins.
La voz de Lucio fue tajante.
Su expresión estaba endurecida por la indignación.
—Tener un hijo es, ante todo, un asunto que concierne a los esposos.
Petunia permaneció inmóvil.
—No es algo sobre lo que una persona ajena a nuestro matrimonio tenga derecho a pronunciarse con semejante ligereza.
Su voz se elevó.
—Y, aunque tuvieras motivos para intervenir, ¡¿Cómo te atreves a insultar a la Reina?!
Los nobles que se encontraban cerca comenzaron a prestar atención.
Algunos interrumpieron sus conversaciones.
Otros volvieron discretamente la cabeza.
Lucio no pareció advertirlo.
O, si lo hizo, no le importó.
—Me pregunto si realmente has recibido la educación que corresponde a una dama de la nobleza.
Sus ojos se estrecharon.
—¿Así es como el marqués Bayrins ha educado a su hija?
Petunia palideció.
—¡No, Su Majestad!
Se apresuró a negar.
—Yo solamente quería decir que...
—No quiero escuchar excusas.
Lucio la interrumpió sin vacilar.
—Si hubiera sabido que eras una persona tan irrespetuosa, jamás habría aceptado la propuesta de la Reina de nombrarte concubina real.
Aquellas palabras golpearon a Petunia con una fuerza inesperada.
¿Jamás habría aceptado...?
Su posición todavía no estaba asegurada.
La ceremonia no se había celebrado.
Y el Emperador acababa de recordárselo delante de todos.
Lucio continuó:
—¿No eres tú quien aspira a ingresar en la Familia Imperial?
Su voz era cada vez más severa.
—Respetar a la Reina es una de las obligaciones más elementales de cualquier mujer que forme parte del Palacio Interior.
La contempló con evidente desaprobación.
—¿Cómo pretendes ocupar una posición tan importante si ni siquiera eres capaz de guardar la debida consideración hacia ella?