Patrizia había tomado una decisión.
Si realmente existía algo relacionado con la reina depuesta Alisa que pudiera afectar a Lucio, prefería escucharlo directamente de sus labios.
No quería depender de las insinuaciones de Rosemond.
Mucho menos permitir que aquella mujer utilizara los recuerdos más dolorosos del Emperador para manipularla.
Lucio la observó con atención.
—Puedes preguntarme lo que quieras.
Su voz fue tranquila.
Patrizia vaciló durante unos segundos.
Después levantó la mirada.
—Su Majestad...
—¿Sí?
—¿Hay alguna flor que no te guste?
Lucio se quedó inmóvil.
Su expresión cambió de inmediato.
Fue un movimiento apenas perceptible: la tensión de su mandíbula, el endurecimiento de sus ojos.
Pero Patrizia lo advirtió.
El Emperador guardó silencio durante unos instantes.
Después dejó escapar un suspiro.
—Así que la marquesa mencionó ese asunto.
No parecía sorprendido.
Más bien, resignado.
Patrizia bajó ligeramente la mirada.
—Sí.
Lucio contempló los jardines que se extendían más allá de la terraza.
—Hay una flor que no me gusta.
Hizo una pausa.
—Aunque sería más preciso decir que la detesto.
Patrizia permaneció inmóvil.
Tenía una sospecha.
Pero no se atrevió a interrumpirlo.
El Emperador continuó:
—La salvia.
Su voz adquirió una frialdad dolorosa.
—Era la flor favorita de la difunta reina depuesta.
Patrizia sintió una punzada en el pecho.
Alisa.
Lucio mantuvo la mirada fija en la oscuridad.
—Había un jardín lleno de salvias.
Hizo una pausa.
—Y allí solían golpearme, lejos de las miradas de los demás.
Su expresión permaneció casi indiferente.
Pero aquella indiferencia resultaba demasiado rígida para ser auténtica.
—El olor de las flores estaba por todas partes.
Lucio respiró profundamente.
—Todavía lo recuerdo.
Patrizia apretó ligeramente las manos sobre su regazo.
El Emperador continuó:
—Incluso ahora, cuando veo una salvia, hay momentos en los que mi cuerpo reacciona antes de que pueda controlarlo.
Su voz descendió.
—A veces siento que vuelvo a estar allí.
La brisa nocturna recorrió la terraza.
Durante unos segundos, ninguno de los dos habló.
Patrizia no sabía qué decir.
Había escuchado antes parte del sufrimiento que Lucio había soportado.
Conocía la crueldad de Alisa.
Pero cada nuevo detalle parecía revelar una herida distinta.
Y le resultaba imposible permanecer completamente indiferente.
Sin embargo, tampoco podía olvidar lo que él le había hecho.
Aquella contradicción la dejó sin palabras.
Lucio volvió lentamente la cabeza.
Sus ojos encontraron el rostro de Patrizia.
Ella apartó la mirada casi por instinto.
El Emperador sonrió amargamente.
—¿Qué ocurre?
Patrizia permaneció inmóvil.
Lucio continuó:
—¿Piensas que soy un monstruo?
La Emperatriz levantó inmediatamente la cabeza.
—Nunca he pensado eso.
Su respuesta fue firme.
Lucio la observó.
Patrizia continuó:
—El monstruo fue la reina Alisa.
Hizo una pausa.
—No tú.
Sus ojos adquirieron una seriedad absoluta.
—Una víctima no se convierte en un monstruo por haber sufrido la crueldad de otra persona.
Lucio permaneció callado.
Después bajó ligeramente la mirada.
—Y, sin embargo, no puedes mirarme a los ojos.
Patrizia sintió que algo se retorcía dentro de ella.
—No es por eso.
Su voz fue más débil.
El Emperador no respondió.
Ella respiró profundamente.
—Simplemente no sé cómo reaccionar.
Hizo una pausa.
—Lo que acabas de contarme me ha sorprendido.
Finalmente consiguió sostener su mirada.
—Por favor, no lo malinterpretes, Su Majestad.
Lucio la contempló durante unos segundos.
Después sonrió débilmente.
—Lo sé.
Su voz fue suave.
—Sé que no eres esa clase de persona.
Patrizia sintió una incomodidad inesperada.
Aquella confianza resultaba dolorosa.
Especialmente después de todo lo que había ocurrido entre ellos.
No me mires así.
Apartó ligeramente la mirada.
Después recordó por qué había iniciado aquella conversación.
—Pero entonces...
Su voz adquirió un tono más firme.
—¿Por qué Rosemond mencionaría precisamente esa historia?
Lucio frunció ligeramente el ceño.
Patrizia continuó pensando.
La marquesa había preguntado por las flores preparadas para el cumpleaños.
Después había mencionado a Alisa.
Y, finalmente, había intentado revelar cuáles eran sus flores favoritas.
Las flores...
El corazón de Patrizia dio un vuelco.
No.
Su mente comenzó a reconstruir los acontecimientos.
Los preparativos del banquete.
La presentación ceremonial.
La intervención de Rosemond.
Y aquella pregunta aparentemente inocente.
¿Podría ser...?
Sintió que la sangre se le helaba.
No. No puede ser.
Pero cuanto más lo pensaba, más difícil le resultaba descartar la posibilidad.
Su rostro perdió el color.
Las manos comenzaron a temblarle.
Lucio advirtió inmediatamente el cambio.
—¿Patrizia?
La Emperatriz no respondió.
Su respiración se aceleró.
El Emperador se inclinó hacia ella.
—¿Qué ocurre?
Su expresión se llenó de preocupación.
—¿Vuelves a sentirte mal?
Patrizia levantó bruscamente la cabeza.
—¡Su Majestad, tenemos que...!
Se puso de pie.
El movimiento fue tan repentino que el mareo amenazó con regresar.
Pero no se detuvo.
Debía comprobar algo.
Inmediatamente.
Antes de que fuera demasiado tarde.
Dio un paso hacia la entrada de la terraza.