De Dama A Reina

Capítulo 17 - Última Misericordia

—Cállate, Patrizia.

El silencio que siguió fue absoluto.

Incluso el aire pareció detenerse.

Patrizia levantó lentamente una ceja.

No era agradable escuchar una blasfemia pronunciada con una sonrisa.

Mucho menos cuando aquella sonrisa pertenecía a una súbdita que acababa de dirigirse a la Reina del Imperio por su nombre de pila después de intentar provocar un desastre diplomático.

Había algo sucio en aquello.

Deliberadamente irrespetuoso.

Rosemond lo sabía.

Por eso sonreía.

—Oh.

Llevó una mano hacia sus labios como si acabara de darse cuenta de su error.

—La llamé Patrizia.

Sus ojos se llenaron de falsa inocencia.

—¿Le molesta?

Patrizia la miró fijamente.

Rosemond ladeó la cabeza.

—No se preocupe.

Su sonrisa se ensanchó.

—No pienso contarle a nadie lo que ocurrió aquí.

Patrizia soltó una carcajada seca.

—Ja.

Rosemond parpadeó.

—¿Qué?
—Tu insolencia es impresionante.

Patrizia cruzó lentamente los brazos.

—Casi admirable.
—Me halaga.
—No debería.

La sonrisa de Patrizia desapareció.

Había intentado evitar aquello.

Desde el principio.

Desde que despertó tres años en el pasado, su plan había sido simple.

Mantenerse lejos.

No competir.

No repetir los celos de Petronilla.

No entrar en una guerra personal con Rosemond.

Incluso después de convertirse inesperadamente en reina, había tratado de conservar esa regla.

Si Rosemond no la tocaba...

Patrizia no la tocaría.

Era razonable.

Práctico.

Seguro.

Pero había una diferencia enorme entre ignorar a la amante del Emperador y permitir que aquella mujer intentara poner en peligro las relaciones entre dos imperios.

—Yo quería una vida tranquila.

Dijo Patrizia.

Rosemond pareció divertirse.

—¿Tranquila?
—Sí.
—Eligió un lugar extraño para buscarla.
—No elegí convertirme en reina.

Eso no era completamente cierto.

Había elegido ser candidata.

Pero jamás había querido ganar.

Rosemond no necesitaba conocer aquella diferencia.

—Aun así, desde el principio decidí algo.

Patrizia sostuvo su mirada.

—Si tú no me tocabas primero, yo no te tocaría.

Rosemond miró brevemente su mejilla herida.

—Vaya promesa.
—La rompiste tú.

La sonrisa desapareció por una fracción de segundo.

Patrizia continuó:

—No intenté quitarte al Emperador.
—...
—No obstaculicé tu nombramiento.
—...
—No intenté expulsarte del palacio.
—...
—Incluso te permití entrar oficialmente en la Casa Imperial sin provocar un escándalo.

Rosemond soltó una risa pequeña.

—Qué generosa.
—Muchísimo más de lo que merecías.

Sus ojos se endurecieron.

—Y aun así fuiste tú quien hizo el primer movimiento.

Rosemond no respondió.

—Así que no me has dejado demasiadas opciones.

Patrizia pensó en los filetes.

En las visitantes de Christa.

En el riesgo.

Su rabia volvió.

—Sin embargo...

Hizo una pausa.

Rosemond levantó ligeramente la barbilla.

—Esta vez terminará aquí.

Glara miró a Patrizia con sorpresa.

Incluso Rosemond perdió por un instante la expresión burlona.

—¿Qué?
—Has escuchado.

Patrizia habló con frialdad.

—No voy a informar oficialmente de lo que ocurrió esta noche.

Rosemond la estudió.

Desconfianza.

—¿Me está perdonando?

La palabra consiguió que Patrizia casi rio.

—No.

Dio un paso hacia ella.

—Te estoy concediendo una última misericordia.

Rosemond entrecerró los ojos.

—Qué diferencia tan importante.
—Lo es.

Patrizia bajó ligeramente la voz.

—Perdonar implicaría que he dejado de considerarte peligrosa.
—...
—No lo he hecho.

Rosemond sonrió.

—Entonces ¿Por qué guardar silencio?

Patrizia no respondió inmediatamente.

Porque no podía.

No de la manera que quería.

Su primera reacción al descubrir el sabotaje había sido mucho más simple.

Exponerla.

Arrestar a los sirvientes involucrados.

Investigar.

Revelar que la concubina imperial había intentado cambiar carne de res por cerdo durante una recepción para visitantes de Christa.

Las consecuencias internas serían enormes.

Rosemond podría perder su posición.

El favor de Lucio quizá no bastaría para protegerla.

Un ataque deliberado contra una delegación extranjera no era un asunto que pudiera enterrarse fácilmente.

Pero ahí estaba precisamente el problema.

Extranjera.

Christa.

El objetivo de Patrizia no era castigar a Rosemond.

Era proteger Mavinous.

Y exponer públicamente el atentado podía transformar un complot frustrado en una crisis real.

—Nada me complacería más que revelar exactamente lo que intentaste.

Dijo Patrizia.

Rosemond no pareció intimidada.

—Entonces hágalo.

Patrizia apretó la mandíbula.

—No confundas mi prudencia con cobardía.
—¿No es eso exactamente lo que está haciendo?
—No.

Patrizia sostuvo su mirada.

—Estoy pensando en el imperio.

Rosemond soltó una pequeña risa.

—Qué noble.
—Más de lo que tú pensaste cuando decidiste utilizar una prohibición religiosa para humillarme.

Rosemond dejó de sonreír.

Patrizia continuó:

—Si esto sale a la luz, el problema ya no sería únicamente tu crimen.

Empezó a enumerar.

—Christa podría exigir una investigación.
—...
—Podrían preguntarse cómo alguien consiguió manipular una cocina imperial durante una recepción oficial.
—...
—Podrían cuestionar nuestra seguridad.
—...
—Podrían utilizar el incidente durante las negociaciones comerciales.

Rosemond permaneció callada.

—Y aunque aceptaran que la Corona no tuvo nada que ver...



#1050 en Fantasía
#4606 en Novela romántica

En el texto hay: mentiras, renacimiento, amor celos

Editado: 24.09.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.