De Dama A Reina

Capítulo 47 - No Soy Una Extraña

La puerta del otro carruaje se abrió.

Primero apareció una mano.

Después, un hombre descendió.

Petronilla lo observó sin disimular su sorpresa.

Era alto.

Bastante alto.

Su cabello era marrón, igual que sus ojos, y su constitución resultaba difícil de ocultar incluso bajo la ropa formal que llevaba.

Tenía hombros anchos y una figura fuerte, más propia de alguien acostumbrado a la actividad física que de un joven noble que pasaba sus días entre salones.

Porque noble era.

Petronilla no conocía su rostro, pero aquello podía deducirse sin necesidad de presentaciones.

La calidad de la tela.

El corte de la ropa.

El carruaje.

Incluso la manera en que el conductor se había puesto rígido en cuanto él descendió.

El desconocido también la miró.

Y durante un instante...

No dijo nada.

Petronilla inclinó ligeramente la cabeza.

¿Ocurría algo?

El hombre pareció volver en sí.

—Lo siento, mi señora.

Su voz era profunda.

Hizo una pequeña reverencia.

—Creo que mi cochero cometió un error.

Petronilla miró los dos carruajes.

Habían estado cerca.

Pero no había ocurrido ningún accidente.

—En absoluto, mi señor.

Respondió cortésmente.

—Estoy bien.

El hombre la examinó con cierta preocupación.

—¿Está herida en alguna parte?
—No.

Petronilla movió ligeramente los brazos para comprobarlo.

—Solo me sorprendió el tirón.
—¿Está segura?
—Sí.

Ella lo miró a su vez.

—¿Y usted?

El hombre pareció sorprendido por la pregunta.

—¿Yo?
—Su carruaje también se detuvo bruscamente.
—Ah.

Una pequeña sonrisa apareció en su rostro.

—Sí. Estoy bien.

Petronilla asintió.

—Entonces me alegro.

Los dos conductores, que apenas unos instantes antes parecían dispuestos a iniciar una guerra por el derecho de paso, se habían quedado incómodamente callados.

Petronilla miró al suyo.

—No vuelvas a discutir por algo así.

El cochero bajó la cabeza.

—Sí, mi señora.

Después miró al otro.

—Y usted tampoco tiene que preocuparse. No ha ocurrido nada.
—Gracias, mi señora.

Petronilla regresó su atención al desconocido.

—Entonces me retiraré.

Hizo una pequeña reverencia.

—Que tenga un buen día.
—Igualmente...

Petronilla dio media vuelta.

El hombre abrió la boca.

—E-espere un momento, mi señora.

Pero ella ya había subido al carruaje.

La puerta se cerró.

—Podemos continuar.

Ordenó Petronilla.

—Sí, mi señora.

Las ruedas comenzaron a moverse.

El desconocido dio un paso.

—Mi señora...

Demasiado tarde.

El carruaje se alejó.

Él permaneció inmóvil en medio del camino.

Observándolo.

Su cochero esperó.

Unos segundos.

Después carraspeó.

—Mi señor.

Nada.

—Mi señor.

El hombre parpadeó.

—¿Qué?
—Podríamos llegar tarde.
—Ah.

Miró una última vez en la dirección por la que había desaparecido el carruaje.

Después sacudió la cabeza.

—Sí.

Subió al suyo.

La puerta se cerró.

Y ambos vehículos continuaron en direcciones opuestas.

Lucio había regresado completamente al trabajo.

O al menos eso intentaba.

Los asuntos acumulados durante su convalecencia eran numerosos, aunque no tantos como había esperado.

La razón estaba frente a él.

Documentos clasificados.

Informes resumidos.

Decisiones registradas con fechas y fundamentos.

Asuntos urgentes claramente separados de aquellos que podían esperar.

Lucio pasó una página.

Después otra.

Patrizia.

Había trabajado mucho durante su ausencia.

No se había limitado a sentarse en su lugar y aprobar documentos.

Había preparado incluso la transición de vuelta al gobierno ordinario.

Lucio apoyó la espalda contra su silla.

Era meticulosa.

Más de lo que había esperado.

Recordó la conversación que habían tenido después de despertar.

Ahora lo sé. Cuánto podría caer el poder de una reina sin el favor del emperador.

Lucio bajó la mirada.

Continuó trabajando.

Un informe presupuestario del Palacio Imperial estaba frente a él cuando un sirviente entró.

—Su Majestad.
—¿Qué?
—La señorita Rosemond solicita verlo.

La mano de Lucio se detuvo.

—¿Rosemond?
—Sí, Su Majestad.

Hubo una pausa.

No había ido al Palacio Bain desde su recuperación.

Había tenido trabajo.

El médico todavía controlaba algunas de sus actividades.

Y...

Lucio dejó ese último pensamiento donde estaba.

—Déjala entrar.
—Sí.

El sirviente salió.

Poco después, las puertas volvieron a abrirse.

Rosemond apareció.

Llevaba un vestido elaborado que realzaba su figura, cuidadosamente escogido para favorecerla.

Su cabello estaba perfectamente arreglado y una hermosa sonrisa adornaba sus labios.

Lucio la observó acercarse.

Seguía siendo hermosa.

Eso no había cambiado.

—Su Majestad.

Rosemond hizo una reverencia.

Lucio dejó la pluma.

—Rose.

Ella sonrió.

—Has estado muy ocupado.
—Sí.
—Tanto que ya no recuerdas dónde está el Palacio Bain.

Lucio captó inmediatamente el reproche.

—He estado postrado en una cama durante bastante tiempo.
—Ya te recuperaste.
—Hace poco.

Rosemond hizo una pequeña mueca.

—Aun así, no has venido.

Lucio suspiró.

—Lo siento.

Ella lo miró.

—¿De verdad?
—Sí.
—Entonces ven más tarde.
—Lo haré.

La expresión de Rosemond se iluminó.

—Te lo agradecería.

Se acercó.

Antes de que Lucio pudiera decir nada más, Rosemond se sentó sobre su regazo.

El movimiento había sido tan natural entre ambos durante tanto tiempo que ninguno necesitaba pedir permiso.



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En el texto hay: mentiras, renacimiento, amor celos

Editado: 14.10.2026

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