—¡Ngh...!
Un gemido doloroso escapó de los labios de Lucio mientras sus dedos se aferraban desesperadamente a las sábanas.
No.
Apretó los dientes.
No, otra vez no.
Sentía como si un volcán estuviera despertando en lo más profundo de su pecho.
Una presión abrasadora crecía lentamente en su interior, extendiéndose por sus músculos y dificultándole la respiración.
—¡Ah...!
Se encogió sobre la cama.
Conocía demasiado bien aquella sensación.
Sus episodios nunca comenzaban con toda su violencia.
Primero llegaba una inquietud casi imperceptible.
Después, el calor.
La opresión en el pecho.
Los recuerdos.
Y, finalmente, una angustia tan insoportable que parecía capaz de desgarrarlo desde dentro.
Lucio cerró los ojos con fuerza.
Sus dedos tiraron de la funda de la almohada hasta rasgarla.
—Por favor...
La súplica apenas consiguió atravesar su garganta.
Que se detenga.
Había intentado convencerse de que aquella noche sería diferente.
Pero, desde que había visto a Patrizia enferma, algo había comenzado a agitarse en su interior.
Siempre ocurría lo mismo.
Cuando alguien a quien amaba sufría, cuando veía a una persona importante para él indefensa o debilitada, los recuerdos regresaban con una intensidad devastadora.
No importaba cuánto tiempo hubiera transcurrido.
Tampoco cuánto intentara convencerse de que el pasado había terminado.
Su cuerpo parecía incapaz de comprenderlo.
Lucio trató de respirar profundamente.
No pudo.
El aire entraba en sus pulmones en jadeos breves e irregulares.
Su corazón latía con una violencia dolorosa.
No puedo...
Se llevó una mano al pecho.
No puedo soportarlo.
Durante un instante, el sufrimiento físico y la desesperación se confundieron hasta hacerle pensar que morir sería más sencillo que continuar soportándolos.
—¡AAAAAH!
El grito desgarró el silencio de la habitación.
La presión que había estado acumulándose finalmente estalló.
La rabia.
El resentimiento.
El miedo.
Todo aquello que había intentado mantener enterrado durante más de diez años volvió a apoderarse de él.
Y, en el centro de aquellos recuerdos, permanecía el mismo pecado.
Maté a mi madre.
Lucio se estremeció violentamente.
Con mis propias manos.
Podía recordar la espada.
El velo.
La voz de Alisa ordenándole que obedeciera.
La impotencia de un niño que no comprendía por qué lo obligaban a cometer un acto semejante.
Y la culpa que había cargado desde entonces.
Una culpa que no había desaparecido con los años.
Que ninguna victoria, ningún título y ninguna muestra de obediencia podían borrar.
Soy un monstruo.
Se llevó las manos a los brazos.
Sus uñas se hundieron en la piel.
Siempre lo he sido.
La desesperación le hizo perder la noción del tiempo.
Había luchado contra aquellos episodios innumerables veces.
Y siempre terminaba derrotado.
Quizá nunca lograría vencerlos.
Quizá continuaría sufriendo hasta el último día de su vida.
Ni siquiera la muerte podría perdonarme.
Lucio dejó escapar otro grito ahogado.
En aquel momento, no era el Emperador de Mavinous.
No era el hombre ante quien se inclinaban los nobles.
Solo era un niño aterrorizado, atrapado una vez más en un recuerdo del que no sabía escapar.
Entonces, la puerta se abrió.
El sonido de las bisagras resonó en la habitación.
Lucio no lo advirtió.
Estaba demasiado sumido en su sufrimiento.
La persona que acababa de entrar se detuvo al verlo.
Durante unos instantes permaneció inmóvil.
Después comenzó a acercarse lentamente.
Sus pasos eran inseguros.
Parecía faltarle fuerza incluso para mantenerse erguida.
Pero su voz conservaba aquella serenidad familiar que Lucio conocía tan bien.
—Su Majestad.
Él se estremeció.
Aquella voz...
Levantó bruscamente la cabeza.
Sus ojos estaban enrojecidos.
Su respiración era irregular.
Varias marcas recientes de arañazos atravesaban la piel de sus brazos.
Patrizia se detuvo al verlo.
Sus labios, todavía pálidos por la enfermedad, temblaron ligeramente.
Otra vez...
El corazón se le encogió.
Había acudido al Palacio Central para devolver una chaqueta.
No esperaba encontrarlo en aquel estado.
Y, sin embargo, allí estaba.
El hombre que tanto la había lastimado.
El hombre al que había decidido no amar.
Retorciéndose de dolor ante sus ojos.
¿Nunca seré capaz de distinguir entre la compasión y el amor?
Patrizia dio otro paso.
Su cuerpo seguía debilitado por la fiebre.
Pero no podía quedarse inmóvil.
Lucio volvió a estremecerse.
Un gemido desgarrado escapó de su garganta.
Patrizia sintió que algo se rompía dentro de ella.
Quiero que deje de gritar.
Avanzó lentamente.
Quiero que deje de sufrir.
La ira que lo consumía.
El resentimiento que dirigía contra sí mismo.
La culpa que parecía devorarlo desde hacía tantos años.
Quiero que todo eso desaparezca.
—Su Majestad...
Lucio levantó la mirada.
Al reconocerla, su expresión cambió.
El miedo se mezcló con una vergüenza insoportable.
—Ngh...
Intentó apartarse.
—Mantente alejada.
Su voz sonó quebrada.
Patrizia se detuvo apenas un instante.
Lucio bajó la cabeza.
No me mires.
No quería que ella lo viera así.
No quería mostrarle aquella parte de sí mismo.
La más débil.
La más miserable.
La que ni siquiera él podía soportar.
Por favor, no me mires.