De Dama A Reina

Capítulo 44 - ¿Por Qué La Eligió A Ella?

—Esta moza es la prueba.

La dama de la corte apenas tuvo tiempo de reaccionar.

El duque Ephreney la sujetó y la obligó a arrodillarse frente al Consejo.

—¡Ah!

La joven cayó sobre ambas rodillas.

Su cuerpo, inevitablemente mucho más débil que el de un hombre adulto, no pudo resistirse.

Sus manos tocaron el suelo para evitar caer de bruces.

Patrizia observó la escena sin moverse.

Su expresión permaneció serena.

Solo sus dedos, escondidos entre los pliegues del vestido, se cerraron lentamente.

¿Qué estaba intentando hacer Ephreney?

El duque dio un paso adelante.

—Su Majestad.

Lucio lo miró.

—Hable.

Ephreney señaló a la mujer.

—Esta moza es quien se atrevió a conspirar contra la vida de Su Majestad la Reina.

Un murmullo atravesó inmediatamente la sala.

Patrizia entrecerró los ojos.

—¿Qué?

La dama comenzó a llorar.

—Heug... euheuheug...

Sus hombros temblaban.

—¡Perdón! ¡Perdón...!

Patrizia volvió la mirada hacia Ephreney.

—Duque.

Su voz era peligrosamente tranquila.

—Explíquese.
—Por supuesto.

Ephreney no parecía perturbado.

Eso irritó todavía más a Patrizia.

—Esta mujer actuó arbitrariamente.
—¿Arbitrariamente?
—Sí.
—¿Quiere que creamos que una simple dama de la corte decidió contratar asesinos para matar a la Reina?
—No actuó completamente sola.

Aquella respuesta hizo que Witherford se levantara.

—¿Qué clase de absurdo es este?

Ephreney ni siquiera lo miró.

—La señorita Phelps no ordenó el ataque.
—Entonces ¿Por qué una de sus criadas lo haría?

Preguntó Patrizia.

Ephreney finalmente se volvió hacia ella.

—Porque creyó que beneficiaría a su señora.
—Eso no responde de dónde salió el dinero.

Witherford dio un paso hacia delante.

—Su Majestad, los asesinos que atacaron a la Familia Imperial no eran simples bandidos.

Su voz fue tajante.

—Había más de veinte. Estaban entrenados, organizados y conocían el terreno.

Miró a Ephreney.

—¿Pretende afirmar que una dama de la corte posee recursos para organizar algo semejante?
—No.
—Entonces su historia termina aquí.
—He dicho que no actuó completamente sola.

Ephreney giró hacia la puerta.

—Tráiganlo.

Patrizia sintió que algo se hundía en su estómago.

Había preparado más.

Las puertas volvieron a abrirse.

Dos guardias condujeron a un hombre al interior.

Su ropa era cara, aunque no extraordinaria.

Su rostro estaba pálido y había perdido cualquier rastro de la dignidad que normalmente acompañaba a un noble.

Tropezó al entrar.

Uno de los guardias lo sostuvo.

Después lo obligaron a arrodillarse.

Lucio habló:

—¿Quién es?

Ephreney hizo una reverencia.

—El barón Daiwadi, Su Majestad.

Patrizia frunció el ceño.

El nombre le resultaba familiar.

Ephreney continuó:

—Es un conocido cercano del barón Darrow, padre de la señorita Phelps.

Varias personas comenzaron a murmurar.

Patrizia mantuvo la mirada fija en Daiwadi.

—¿Y qué tiene que ver con el atentado?

Preguntó Lucio.

Ephreney respondió:

—Todo.

Witherford soltó una risa incrédula.

—Conveniente.

Ephreney lo ignoró.

—El barón Daiwadi consideraba que la posición de la señorita Phelps estaba siendo perjudicada por la presencia de Su Majestad la Reina.

Patrizia no apartó los ojos.

—Continúe.
—Sabía que la señorita Phelps gozaba del favor de Su Majestad Imperial.

Lucio no reaccionó.

—Y llegó a la conclusión de que, si la Reina desaparecía, aumentaría enormemente la posibilidad de que la señorita Phelps terminara ocupando su lugar.

Patrizia soltó lentamente el aire.

La historia era sencilla.

Demasiado sencilla.

—Así que, según usted...

Dijo Patrizia.

—...este hombre decidió asesinarme para favorecer a la hija de un amigo.
—Sí.
—Sin que Rosemond se lo pidiera.
—Correcto.
—Sin informarle.
—Correcto.
—Y utilizó a una de sus criadas como intermediaria.
—Así es.

Patrizia miró a la mujer arrodillada.

—¿Es verdad?

La joven lloró con más fuerza.

—¡Sí, Su Majestad!
—Míreme.

La mujer levantó la cabeza.

Tenía el rostro cubierto de lágrimas.

—¿Rosemond Phelps le ordenó algo?
—¡No!

La respuesta llegó inmediatamente.

—¿Le pidió contactar asesinos?
—¡No, Su Majestad!
—¿Le dio dinero?
—¡No!
—¿Sabía del plan?

La mujer vaciló apenas.

—¡No!

Patrizia la observó.

Una mentira.

Probablemente.

Pero aquello resultaba casi irónico.

Ella tenía su propia testigo falsa.

Ephreney había aparecido con otra.

Witherford intervino:

—Esto es ridículo.

Se volvió hacia Lucio.

—Su Majestad, el barón Daiwadi está profundamente endeudado.

Ephreney sonrió ligeramente.

—Correcto.

Witherford pareció desconcertado por la admisión.

—Entonces ¿Cómo pudo pagar asesinos profesionales?
—Con más deuda.

La respuesta cayó sobre la sala.

Witherford lo miró con incredulidad.

—¿Qué?

Ephreney señaló a Daiwadi.

—El barón ha confesado que obtuvo dinero prestado para financiar el ataque.
—Eso no tiene ningún sentido.
—Tiene bastante.
—¿Pedir prestada una fortuna para asesinar a la Reina?
—Una inversión.

Witherford dio un paso hacia él.

—¿Una inversión?
—Si el plan hubiera tenido éxito y la señorita Phelps hubiera ascendido posteriormente a una posición superior...

Ephreney hizo una pausa.

—...una deuda semejante habría resultado insignificante frente a los beneficios potenciales.

Patrizia apretó los dientes.

Maldita sea.

Era una explicación.



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En el texto hay: mentiras, renacimiento, amor celos

Editado: 14.10.2026

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