La noche de la recepción finalmente llegó.
Patrizia permanecía frente al espejo mientras varias criadas terminaban los últimos detalles de su apariencia.
Había escogido el vestido rojo más hermoso que poseía.
Era intenso.
Elegante.
Imposible de ignorar.
El tejido estaba decorado con delicados bordados dorados que recorrían las mangas y descendían por la falda formando patrones que recordaban pequeñas ramas de laurel.
Normalmente, Patrizia jamás habría elegido algo semejante.
Prefería colores más discretos.
Azules.
Verdes oscuros.
Tonos sobrios que le permitieran entrar en una habitación sin atraer inmediatamente todas las miradas.
Aquella noche era diferente.
No podía permitirse pasar desapercibida.
Era la Reina del Imperio Mavinous.
Y recibiría personalmente a las esposas de los representantes de Christa.
Patrizia levantó ligeramente la barbilla.
El vestido rojo no era para Lucio.
Tampoco para Rosemond.
Mucho menos para demostrar belleza.
Era una declaración.
La anfitriona estaba allí.
La autoridad de aquella parte de la recepción pertenecía a ella.
—Un poco más hacia la izquierda.
Indicó mientras una criada ajustaba uno de los broches de su cabello.
—¿Así, Su Majestad?
Patrizia estudió su reflejo.
—Sí.
La joven retrocedió.
Mirya se encontraba junto a una mesa revisando por última vez una pequeña lista.
Patrizia la observó a través del espejo.
—¿La comida está preparada?
Mirya levantó inmediatamente la cabeza.
—Sí, Su Majestad.
—¿Todo?
—Todo.
Patrizia giró ligeramente.
—¿Las cocinas principales y secundarias fueron informadas?
—Sí.
—¿Los caldos?
—Revisados.
—¿Las grasas utilizadas para cocinar?
—También.
—¿Los utensilios?
Mirya sonrió.
—Separados cuando fue necesario.
Patrizia asintió.
Bien.
No quería ni el más mínimo riesgo.
Un error doméstico podía ser desagradable.
Un error delante de representantes extranjeros podía convertirse en diplomacia.
Y un error relacionado con religión...
Podía convertirse en algo peor.
—Los filetes serán de res.
—Sí.
—Nada de cerdo en ningún plato.
—Correcto.
Patrizia respiró lentamente.
—Bien hecho, Mirya.
La dama pareció satisfecha.
—Gracias, Su Majestad.
—Has trabajado mucho.
—También usted.
Patrizia casi rio.
—Yo solo hice listas.
Mirya levantó una ceja.
—Muchas listas.
—Demasiadas.
—Y cambió el menú tres veces.
—Dos.
—Tres.
Patrizia la miró.
Mirya no retrocedió.
—La primera versión también cuenta.
Patrizia decidió no discutir.
Volvió hacia el espejo.
Se examinó.
El cabello estaba en su sitio.
La corona también.
No era la enorme pieza utilizada durante ceremonias mayores, sino una versión más ligera.
Aun así, pesaba lo suficiente para recordarle constantemente quién era.
Patrizia comprobó su expresión.
Serena.
Amable.
No demasiado cálida.
No distante.
Una sonrisa diplomática.
La ensayó.
La relajó.
Volvió a intentarlo.
Mirya la observó.
—Está practicando.
—Sí.
—Sonreír.
—Sí.
—Su Majestad...
—No todos nacimos siendo Nilla.
Mirya sonrió.
Patrizia pensó brevemente en su hermana.
Petronilla habría disfrutado una noche semejante.
Habría hecho amistad con las visitantes antes de que sirvieran el primer plato.
Patrizia, en cambio, tenía que calcular cada frase.
Pero podía hacerlo.
Había estudiado.
Se había preparado.
Y no pensaba permitir que nada saliera mal.
Una criada entró.
Hizo una reverencia.
—Su Majestad.
Patrizia volvió la cabeza.
—¿Sí?
—La delegación ha llegado al palacio.
El ambiente dentro de la habitación cambió.
Había llegado el momento.
—Entiendo.
Patrizia tomó aire.
—Vamos.
Mirya recogió rápidamente los documentos necesarios.
Dos damas más se colocaron detrás.
Patrizia avanzó hacia la puerta.
Antes de salir, volvió a mirar su reflejo una última vez.
No vio a la muchacha de diecinueve años que había regresado aterrorizada de la muerte.
Vio a la reina.
Eso tendría que ser suficiente.
El trayecto hacia el palacio central fue breve.
Patrizia caminaba con paso firme.
Mirya iba unos pasos detrás.
Los corredores estaban más ocupados de lo habitual.
Sirvientes moviéndose rápidamente.
Funcionarios.
Guardias.
Criados transportando bandejas.
Representantes extranjeros acompañados hacia distintas salas.
Aquella noche el Palacio Imperial parecía haber despertado por completo.
Patrizia habló sin girarse.
—Mirya.
—Sí, Su Majestad.
—¿La baronesa respondió?
Mirya sabía perfectamente de quién hablaba.
Solo había una baronesa cuya presencia en aquella recepción podía ser objeto de pregunta.
—Hace tres días.
Patrizia asintió.
Así que Rosemond iría.
Lo esperaba.
En realidad...
Contaba con ello.
—Sabía que aceptaría.
Murmuró.
—Aunque...
Se detuvo.
Habían llegado.
Las grandes puertas del salón estaban frente a ella.
Patrizia dejó morir la frase.
No era momento.
Dos guardias se inclinaron.
Las puertas se abrieron.
Patrizia acomodó ligeramente la caída del vestido.
Después entró.
Las mujeres nobles de Mavinous ya estaban reunidas.
La mayoría ocupaba sus lugares alrededor de la gran mesa preparada para la recepción.
Duquesas.
Marquesas.
Condesas pertenecientes a casas particularmente influyentes.
Mujeres capaces de representar adecuadamente a la nobleza del imperio delante de visitantes extranjeras.