Todo se estaba moviendo fuera de su lugar.
Lucio podía sentirlo incluso sin comprender todavía en qué dirección terminarían cayendo las piezas.
Hasta hacía poco, algunas cosas habían sido simples para él.
Rosemond era Rosemond.
Patrizia era la Reina.
Su relación con una y otra estaba claramente definida.
Una pertenecía a su corazón.
La otra a sus obligaciones.
No había necesidad de mezclar ambas cosas.
Eso era lo que había pensado.
Pero aquellas certezas habían comenzado a resquebrajarse.
Primero la recepción diplomática.
Después la confrontación con Rosemond.
Luego la emboscada.
La flecha.
Y ahora...
Lucio no sabía qué pensar.
Era Emperador.
Podía resolver disputas entre nobles.
Podía escuchar durante horas a ministros enfrentados y encontrar un punto que beneficiara al Imperio.
Podía distinguir ambición de conveniencia política.
Mentiras de medias verdades.
Pero cuando se trataba de las personas que había dejado acercarse demasiado...
Su juicio siempre se volvía menos limpio.
Y Rosemond estaba demasiado cerca.
Lucio cerró los ojos un instante.
La voz de Patrizia seguía presente.
Rosemond Mary la Phelps.
Los asesinos habían dicho ese nombre.
O eso afirmaba Patrizia.
No tenía pruebas formales.
Todavía no.
Pero lo peor era que Lucio ya había pensado en Rosemond antes de que Patrizia confirmara la acusación.
Eso era lo que realmente lo incomodaba.
La sospecha había nacido de él.
No de la Reina.
Lucio abrió los ojos.
Sally avanzaba con cuidado sobre el suelo todavía húmedo.
Patrizia estaba detrás de él, sosteniendo las riendas.
Entonces ella habló.
—Su Majestad.
Lucio giró ligeramente la cabeza.
—¿Sí?
Patrizia miró hacia uno de los árboles.
Después hacia una formación rocosa más adelante.
Su expresión cambió.
—Ya pasamos por aquí.
Lucio volvió la vista hacia el camino.
—¿Estás segura?
—Sí.
La voz de Patrizia adquirió un tono más animado.
—Reconozco esa roca.
Señaló.
—Y aquel árbol partido.
Sally continuó caminando.
Patrizia sonrió por primera vez desde que habían salido de la cueva.
—Creo que estamos regresando.
Lucio soltó el aire.
—¿De verdad?
—Sí.
—¡Genial!
La respuesta salió demasiado fuerte.
Patrizia parpadeó.
—¿Su Majestad?
Lucio se tensó.
—¿Qué?
—Eso sonó...
Ella dudó.
—Extrañamente entusiasta.
—No fue nada.
—¿Está seguro?
Lucio abrió la boca.
No llegó a responder.
Un dolor repentino le atravesó el cuerpo.
—Ugh...
Su espalda se encorvó.
Patrizia tiró inmediatamente de las riendas.
—¡Sally!
La yegua redujo el paso.
—Su Majestad.
Patrizia rodeó a Lucio con un brazo para evitar que se inclinara demasiado.
—¿Qué ocurre?
—Nada.
—Deje de decir eso.
Lucio respiró con dificultad.
Patrizia apoyó una mano sobre su frente.
Se quedó inmóvil.
—No.
El calor era evidente.
Demasiado.
La fiebre había regresado.
Patrizia frunció el ceño.
—Está ardiendo.
Lucio cerró los ojos.
—Estoy bien.
—No está bien.
—Podemos continuar.
—Eso pensaba hacer.
Patrizia ajustó su agarre.
No podían detenerse otra vez.
Ya habían perdido demasiado tiempo.
Lucio necesitaba un médico.
Una cama.
Medicamentos de verdad.
No flores encontradas en acantilados ni tratamientos improvisados dentro de cuevas.
—Aguante un poco más.
Dijo Patrizia.
Su tono era firme.
—Ya casi estamos.
Lucio apoyó más peso contra ella.
Patrizia sintió el movimiento.
Apretó el brazo alrededor de su torso.
—No se caiga.
—No planeo hacerlo.
—Excelente.
Patrizia tomó las riendas con una sola mano.
—Sally.
La yegua movió las orejas.
—Vamos.
Apretó las piernas.
—¡Hyaa!
Sally aceleró.
Patrizia sostuvo a Lucio con más fuerza.
El bosque comenzó a pasar a ambos lados.
No quedaba mucho tiempo.
Eso era lo único que importaba.
El punto de inicio del torneo se había convertido en un caos.
—¿Dónde está Su Majestad?
—¿Alguien lo ha visto?
—¡La Reina tampoco ha regresado!
—¿Ambos?
—¿Cómo pueden desaparecer los dos?
Las voces se mezclaban.
Nobles.
Caballeros.
Criados.
Guardias.
Todos preguntaban.
Nadie tenía respuestas.
El tiempo oficial del torneo había terminado.
Habían regresado casi todos los participantes.
Excepto dos.
El Emperador.
Y la Reina.
Aquello ya no podía ocultarse.
Los primeros murmullos comenzaron a convertirse en preocupación abierta.
—¿Sus guardias no estaban con ellos?
—Ambos ordenaron que los dejaran solos.
—¿Al mismo tiempo?
—No juntos.
—Eso no mejora las cosas.
Un noble miró hacia el bosque.
—¿Y si ocurrió un accidente?
—No diga eso.
—Hay acantilados en ciertas zonas.
—También animales salvajes.
—¡Silencio!
La orden atravesó el campamento.
El duque Vasi se levantó de su asiento dentro del cuartel temporal.
La reunión improvisada estaba llena de rostros tensos.
Marqueses.
Condes.
Altos oficiales.
Representantes de varias casas.
El duque apoyó ambas manos sobre la mesa.
—Seguir discutiendo posibilidades no los traerá de regreso.
El murmullo disminuyó.
Un caballero habló:
—Excelencia, ya enviamos patrullas a las rutas principales.
—No es suficiente.
—El terreno es demasiado grande.
—Entonces dividiremos el área.
El duque Vasi tomó un mapa.
Lo extendió.