De Dama A Reina

Capítulo 22 - Ella Jugo Una Broma

Petronilla mantuvo la mirada fija sobre su hermana durante unos segundos.

La expresión alegre que había tenido mientras comía macarons había desaparecido.

Ahora parecía estar pensando cuidadosamente cómo comenzar.

Patrizia esperó.

No quería presionarla.

Finalmente, Petronilla bajó los ojos hacia la taza de té.

—Ah...

Movió lentamente la cucharilla.

—Me enteré por madre.

Patrizia ladeó ligeramente la cabeza.

—¿De qué?

Petronilla levantó nuevamente la mirada.

—Del trabajo que hiciste durante la visita de los representantes.

Patrizia parpadeó.

Aquello no era lo que esperaba.

—¿La recepción?
—Sí.

Petronilla volvió a sonreír.

—Madre dijo que hiciste un trabajo excelente recibiendo a las esposas de los representantes.

Patrizia sintió calor subir inmediatamente hasta sus mejillas.

—Ah...

Petronilla abrió mucho los ojos.

—¿Te estás sonrojando?
—No.
—Rizi.
—Hace calor.

Petronilla miró hacia la ventana.

Era un día fresco.

Después volvió lentamente la cabeza.

—Por supuesto.

Patrizia le lanzó una mirada.

—No empieces.

Petronilla rio suavemente.

—Madre estaba muy orgullosa.

Aquello consiguió que la vergüenza de Patrizia aumentara todavía más.

—Dijo que recibió comentarios de varias familias.
—Madre exagera.
—No exagera.
—Lo hace constantemente.
—Esta vez no.

Petronilla apoyó los codos sobre la mesa.

—Dijo que las esposas extranjeras quedaron impresionadas contigo.

Patrizia bajó los ojos.

Naturalmente recordaba aquel día.

Demasiado bien.

La preparación.

Los nervios.

La necesidad de supervisar personalmente hasta los detalles más pequeños porque había algo dentro de ella que no conseguía relajarse.

Y después...

Rosemond.

El cambio de la carne.

La cocina.

El peligro de convertir una recepción diplomática en una humillación internacional.

Patrizia apretó ligeramente los dedos alrededor de la taza.

Todo había terminado bien.

Eso era lo importante.

Las invitadas habían disfrutado del banquete.

No se había producido ningún incidente diplomático.

Nadie había descubierto el intento.

Excepto Raphaella.

Y ella.

Patrizia había conseguido detenerlo antes de que ocurriera.

Pero incluso ahora, al recordarlo, sentía una desagradable presión dentro del pecho.

No porque Rosemond hubiera podido avergonzarla.

Eso habría sido soportable.

El verdadero problema era que Rosemond había estado dispuesta a jugar con una relación entre imperios únicamente para perjudicarla.

Aquello no era una provocación infantil.

Era peligroso.

Profundamente peligroso.

Patrizia apartó la mirada.

¿Debía contarle a Petronilla?

No.

Probablemente no.

Nilla se preocuparía.

Muchísimo.

Además, Patrizia ya conocía la respuesta de su hermana cuando alguien la lastimaba.

Primero indignación.

Después furia.

Y después alguna idea terrible disfrazada de protección fraternal.

Mejor guardar silencio.

—Rizi.

Patrizia levantó la cabeza.

Petronilla la observaba con los ojos entrecerrados.

—¿Qué?
—Hiciste esa cara.
—¿Qué cara?
—Esa.
—No sé de qué estás hablando.

Petronilla dejó la taza.

—Cuando quieres esconder algo.

Patrizia no respondió.

—Definitivamente pasó algo.
—Nilla.
—¿Qué?
—Nada.

Petronilla se inclinó hacia delante.

—Eso no fue convincente.
—No estoy intentando convencerte.
—Entonces cuéntame.
—No.
—Rizi.
—Nilla.

Las gemelas se miraron.

Petronilla juntó las manos debajo de la barbilla.

Y entonces hizo aquella expresión.

Los ojos ligeramente más grandes.

Los labios suavemente fruncidos.

La cabeza inclinada.

Patrizia reconoció inmediatamente el recurso.

—No.
—Todavía no he dicho nada.
—No importa.
—¿Qué ha pasado?

Petronilla puso unos ojos lastimeros.

—Cuéntame.

Patrizia cerró los ojos.

—No hagas esa cara.
—¿Qué cara?
—La de cachorro abandonado.

Petronilla exageró todavía más la expresión.

—¿Esta?
—Nilla.
—Por favor.
—No.
—Rizi.
—No.
—Somos hermanas.

Patrizia abrió los ojos.

—Eso no te da derecho a interrogarme.
—Gemelas.
—Peor.
—Compartimos vientre.
—Hace diecinueve años.
—Eso crea derechos permanentes.

Patrizia intentó mantener la expresión seria.

Fracasó.

Una pequeña sonrisa apareció.

Petronilla la vio inmediatamente.

—¡Ajá!
—No significa nada.
—Ya gané.
—No has ganado absolutamente nada.

Petronilla continuó mirándola.

Patrizia suspiró.

Y entonces Petronilla dejó de bromear.

Su expresión cambió por completo.

—Rizi.

Esta vez su voz fue suave.

Sincera.

—¿Ocurrió algo malo?

Patrizia sintió que su sonrisa desaparecía.

Petronilla continuó:

—No estoy preguntando por curiosidad.

Una pausa.

—Si ocurrió algo...

Extendió una mano por encima de la mesa.

—Puedes decírmelo.

Patrizia miró aquella mano.

Su hermana.

Su Nilla.

En otra vida, Petronilla había tenido que enfrentar cada problema del Palacio Imperial prácticamente sola.

Patrizia se enteraba tarde.

Siempre tarde.

Cuando la herida ya había sido hecha.

Cuando el rumor ya se había extendido.

Cuando Rosemond ya había dado otro paso.

Cuando Petronilla ya estaba destrozada.

Ahora era diferente.

Era Patrizia quien estaba dentro.

Y Petronilla quien preguntaba desde fuera.

Qué extraña manera tenía el destino de invertir las posiciones.

Patrizia colocó su mano sobre la de su hermana.



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En el texto hay: mentiras, renacimiento, amor celos

Editado: 24.09.2026

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