—Yo...
Lucio comenzó a hablar.
Después se detuvo.
Patrizia esperó.
La lluvia continuaba cayendo con fuerza alrededor del enorme árbol.
El sonido golpeaba las hojas, las raíces, la tierra.
Pero bajo aquel refugio, el silencio entre ambos parecía todavía más pesado.
Lucio tenía los ojos fijos en algún punto frente a él.
No miraba a Patrizia.
No miraba tampoco el bosque.
Parecía estar intentando ordenar algo en su cabeza.
Patrizia lo observó.
Era extraño.
Muy extraño.
Estaba acostumbrada a un Lucio decidido.
Frío.
A veces cruel.
Muchas veces indiferente.
Pero no a ese hombre que parecía incapaz de decidir qué pensar.
Patrizia terminó rompiendo el silencio.
—¿Qué quiere que diga?
Lucio volvió lentamente la cabeza hacia ella.
—No.
Su voz salió baja.
—La pregunta es otra.
—¿Cuál?
Lucio la miró directamente.
—¿Qué quieres que haga?
Patrizia parpadeó.
Durante un instante no entendió.
Después soltó una pequeña risa sin humor.
—Lo dice como si estuviera dispuesto a hacer exactamente lo que yo quiera.
Lucio frunció el ceño.
—No dije eso.
—Sonó así.
—Solo pregunté.
Patrizia inclinó ligeramente la cabeza.
—Entonces...
Una pausa.
—¿Qué espera que responda?
Lucio no dijo nada.
Patrizia continuó:
—¿Quiere que le diga que no importa?
—No.
—¿Que fue simplemente una mala decisión?
—Tampoco.
—¿Que no debería tomar ninguna medida?
Lucio apretó ligeramente la mandíbula.
Patrizia respiró.
Entonces fue directa.
—¿Está intentando preguntarme si quiero que la expulse?
Lucio levantó la mirada de golpe.
Patrizia sintió una punzada extraña.
Había dicho aquello casi como provocación.
No esperaba realmente una respuesta.
—Bueno...
Su voz perdió parte de la seguridad.
—¿Lo haría?
Lucio la observó.
Después cerró los ojos durante un instante.
—Reina.
Suspiró.
—No puedo abandonarla.
Patrizia ya sabía la respuesta.
Por supuesto que la sabía.
Todos en el palacio sabían que Lucio no abandonaría a Rosemond.
Aun así...
Algo en la forma en que lo dijo la hizo sentirse extrañamente incómoda.
No era solo amor.
No sonaba como:
No quiero abandonarla.
Había dicho:
No puedo.
Patrizia entrecerró ligeramente los ojos.
—¿Por qué?
Lucio no respondió.
Ella sintió esa extraña intuición otra vez.
Había algo.
Algo que no conocía.
Rosemond era la amante favorita del Emperador.
Eso era público.
Lucio la amaba.
También era evidente.
Pero aquello...
Aquella reacción...
La negativa absoluta.
La forma en que parecía incapaz incluso de considerar alejarla...
No era solamente amor.
O al menos no parecía serlo.
Patrizia lo miró con atención.
—¿Por qué no puede?
Lucio abrió los labios.
—Ella...
Se detuvo.
Patrizia esperó.
Por primera vez tuvo la sensación de que Lucio realmente iba a decir algo.
Algo importante.
Algo que quizá explicara una parte de su relación con Rosemond que nadie más entendía.
Pero entonces...
—¡Su Majestad!
Una voz atravesó la lluvia.
Patrizia se sobresaltó.
Lucio también levantó la cabeza.
—¡Su Majestad!
La voz se acercaba rápidamente.
Patrizia reconoció inmediatamente el tono.
—Ella.
Se puso de pie.
Entre los árboles apareció un caballo.
Raphaella.
La caballera avanzaba a través de la lluvia con expresión tensa.
Cuando vio a Patrizia bajo el árbol, tiró inmediatamente de las riendas.
—¡Su Majestad!
Saltó del caballo antes incluso de que este se detuviera por completo.
Corrió bajo el refugio.
—¿Está bien?
Patrizia levantó las manos.
—Estoy bien.
Raphaella la observó rápidamente.
Cabeza.
Ropa.
Manos.
Después vio el pañuelo ensangrentado.
Su expresión cambió.
—¿Qué le pasó?
—No es grave.
—Está sangrando.
—Ya se detuvo.
Raphaella iba a insistir cuando finalmente notó al hombre sentado unos pasos detrás.
Se quedó inmóvil.
—Ah...
Lucio la observaba.
Raphaella enderezó inmediatamente la espalda.
Hizo una reverencia.
—Saludos al Sol del Imperio.
Lucio respondió con un pequeño gesto.
—Lady Raphaella.
La caballera bajó la cabeza.
—Mis disculpas, Su Majestad. No me había dado cuenta de que estaba aquí.
Patrizia tuvo que contener una reacción.
Era difícil no darse cuenta del Emperador.
Pero Raphaella había llegado tan preocupada que probablemente solo había visto a Patrizia.
Lucio preguntó:
—¿Qué haces aquí?
Raphaella se volvió ligeramente hacia Patrizia.
—Su Majestad la Reina no regresó a la hora acordada.
Patrizia hizo una mueca.
Raphaella la ignoró.
—Así que vine a buscarla.
Lucio la miró.
Después volvió hacia Patrizia.
—¿Había una hora acordada?
—Media hora.
Respondió Patrizia.
—No sabía cuánto había pasado.
Raphaella la miró.
—Cincuenta y dos minutos.
Patrizia abrió ligeramente los ojos.
—¿Tanto?
—Sí.
—Oh.
Raphaella cruzó los brazos.
—Exactamente.
Patrizia se sintió como una niña regañada.
Lucio observó la escena con una expresión ligeramente extraña.
Raphaella entonces se volvió hacia él.
—¿Y usted, Su Majestad?
Lucio levantó una ceja.
—¿Yo?
—¿Qué hace aquí?
El silencio duró medio segundo.
Raphaella comprendió que quizá había sonado demasiado directa.
—Quiero decir...
Lucio respondió antes de que pudiera corregirse.
—Hace tiempo que no salía a montar.