De Dama A Reina

Capítulo 20 - ¿Estuviste Con El Emperador Anoche?

No tener una sola dificultad en la vida probablemente significaba vivir una existencia increíblemente aburrida y seca.

Al menos, eso decían algunas personas.

Los problemas hacían madurar.

Las dificultades fortalecían el carácter.

Las heridas enseñaban lecciones.

Lucio siempre había pensado que quienes decían semejantes cosas probablemente habían tenido el privilegio de sufrir muy poco.

Porque algunas dificultades no fortalecían.

Algunas simplemente destruían.

Y, si alguien le hubiera ofrecido una vida aburrida a cambio de no volver a atravesar ciertas cosas, Lucio habría aceptado sin pensarlo demasiado.

Era un lujo que jamás había tenido.

Y quizás uno que nunca tendría.

Lucio abrió lentamente los ojos.

Durante unos segundos no comprendió dónde estaba.

El techo no era el suyo.

Las cortinas tampoco.

Ni las sábanas.

El cielo apenas comenzaba a cambiar detrás de las ventanas.

La oscuridad de la noche se diluía poco a poco en un azul profundo, anunciando que el amanecer estaba cerca aunque el sol todavía no hubiera aparecido.

Lucio permaneció inmóvil.

Escuchó.

Lluvia.

Las gotas continuaban golpeando firmemente contra los cristales.

Ya no era la tormenta brutal de la noche anterior, pero seguía lloviendo con suficiente intensidad para cubrir el palacio con un murmullo constante.

Lucio cerró nuevamente los ojos.

Su cabeza palpitaba.

—Haaa...

Un suspiro escapó de sus labios.

Era un sonido que rara vez permitía que alguien escuchara.

El Emperador no suspiraba frente a ministros.

No suspiraba frente a nobles.

No mostraba agotamiento frente a consejeros.

Y definitivamente no permitía que nadie lo viera perder el control.

Había una sola persona ante quien, de vez en cuando, podía abandonar parcialmente aquella máscara.

Rosemond.

Lucio levantó una mano y presionó los dedos contra su frente.

Dolor.

Su cuerpo también se sentía pesado.

La garganta estaba incómodamente seca.

Una ligera presión ocupaba su pecho.

—Excelente...

Murmuró.

Probablemente se había resfriado.

No necesitaba demasiada inteligencia para descubrir la causa.

Había permanecido bajo la lluvia durante demasiado tiempo.

Recordó fragmentos de la noche anterior.

El jardín.

La oscuridad.

El lago.

La lluvia.

Y...

Patrizia.

Lucio abrió los ojos.

Finalmente reconoció el suave aroma floral que impregnaba aquella habitación.

No era una fragancia intensa.

Era limpia.

Discreta.

La clase de perfume que parecía mezclarse con el aire en lugar de imponerse sobre él.

Su mirada se desplazó lentamente por la estancia.

Entonces lo comprendió.

La habitación de la Reina.

Más específicamente...

La cama de la Reina.

Lucio se quedó mirando el dosel durante varios segundos.

Después giró la cabeza.

No había nadie a su lado.

Naturalmente.

Una extraña sensación se deslizó por su pecho.

¿Dónde estaba Patrizia?

Aquella era su habitación.

Su cama.

Y, sin embargo, la propia Reina no estaba allí.

Lucio frunció lentamente el ceño.

No recordaba haber llegado.

No completamente.

Tenía imágenes incompletas.

La lluvia golpeándole el rostro.

Una voz furiosa.

¿Está loco?

Algo envolviéndole la cabeza.

Después una mano aferrando su brazo.

La voz de Patrizia murmurando una y otra vez que estaba loca.

Lucio cerró los ojos.

Qué vergüenza.

Había actuado como un completo idiota.

Peor.

Como un borracho incapaz de mantenerse en pie.

Y precisamente frente a ella.

La mujer con quien menos quería mostrarse de aquella manera.

Lucio apretó ligeramente la mandíbula.

¿Cuánto había visto?

¿Cuánto había comprendido?

Probablemente nada.

Esperaba que nada.

No tenía intención de explicarlo.

No podía hacerlo.

No a Patrizia.

No a nadie.

Se incorporó.

Inmediatamente tuvo que detenerse.

La habitación se inclinó ligeramente ante sus ojos.

Lucio apoyó una mano sobre el colchón.

—...

Esperó.

La sensación desapareció poco a poco.

Su cuerpo protestó cuando movió las piernas fuera de la cama.

Por primera vez consideró simplemente volver a acostarse.

Solo un momento.

Cinco minutos.

Quizá diez.

Pero descartó la idea inmediatamente.

No podía quedarse.

Ya había pasado toda la noche en el Palacio de la Reina.

Si permanecía hasta que los sirvientes comenzaran a circular...

Los rumores serían inevitables.

No es que el Emperador tuviera que justificar dónde dormía.

Podía pasar la noche en las habitaciones de su esposa sin que nadie tuviera derecho a objetar.

De hecho, para la corte aquello sería perfectamente normal.

Precisamente por eso podía convertirse en un problema.

Rosemond.

Lucio apartó ese pensamiento.

Se levantó.

Su cuerpo seguía pesado, pero consiguió mantenerse firme.

Miró una última vez la cama.

—Le causé problemas.

Eso era evidente.

Patrizia había tenido que traerlo.

Le había entregado su habitación.

Probablemente también había terminado empapada por culpa de él.

Lucio se llevó una mano a la nuca.

No le gustaba deber favores.

Mucho menos a una persona con quien mantenía una relación tan distante.

Y muchísimo menos cuando el favor consistía en algo tan humillante como haber sido recogido bajo la lluvia como un niño perdido.

Caminó hasta la puerta.

La abrió.

Una figura sentada discretamente en el corredor levantó inmediatamente la cabeza.

Mirya.

La dama de compañía de Patrizia.

La joven abrió mucho los ojos al verlo.



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En el texto hay: mentiras, renacimiento, amor celos

Editado: 24.09.2026

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