Cuando la recepción terminó por fin, Patrizia sintió que todo su cuerpo dejaba de obedecerla.
Había permanecido erguida durante horas.
Sonriendo.
Conversando.
Traduciendo.
Vigilando cada gesto.
Asegurándose de que las invitadas de Christa estuvieran cómodas.
Fingiendo que nada fuera de lo común había ocurrido aquella noche.
Ahora que las últimas visitantes se habían retirado, los músculos de su espalda ardían.
Los pies le dolían.
La cabeza parecía demasiado pesada para su cuello.
Patrizia regresó a sus habitaciones acompañada por Mirya y Raphaella.
Apenas atravesó la puerta, dejó escapar una exhalación larga.
—Haa...
Raphaella la observó.
—Parece agotada, Su Majestad.
Patrizia se dejó caer con poca elegancia sobre un sillón.
—Estoy agotada, Lady Raphaella.
—Eso fue rápido.
—Ya no hay extranjeros mirando.
Raphaella sonrió apenas.
Patrizia apoyó la cabeza contra el respaldo.
—He hecho demasiadas cosas hoy.
Demasiadas.
La recepción diplomática.
Las conversaciones.
Rosemond.
La confrontación.
Las bofetadas.
La amenaza.
La decisión de guardar silencio.
Todo parecía haber ocurrido en un solo día interminable.
Aun así...
El banquete había sido un éxito.
Eso era lo importante.
Las esposas de los representantes se habían marchado satisfechas.
La duquesa Verika había agradecido personalmente la hospitalidad.
No hubo incidentes religiosos.
No hubo gritos.
No hubo acusaciones.
Ninguna invitada descubrió que durante unas horas alguien había intentado convertir la cena en una catástrofe diplomática.
Patrizia había ganado.
En teoría.
Entonces ¿por qué seguía sintiendo un nudo en el pecho?
Porque había estado cerca.
Demasiado.
Si Raphaella no hubiera descubierto los movimientos del Palacio Bain...
Si el sirviente hubiera sido más cuidadoso...
Si Rosemond hubiera elegido otro método...
Patrizia cerró los ojos.
Regresar al pasado no la convertía en omnisciente.
Ese era el peligro.
Durante los primeros días había pensado que conocer el futuro sería su mayor ventaja.
Ahora sabía que no era tan sencillo.
Ella no era Petronilla.
Nunca había vivido dentro de aquellas habitaciones como reina.
No había presenciado cada discusión.
Cada complot.
Cada movimiento de Rosemond.
En su primera vida había sido una hermana que veía fragmentos desde fuera.
Conocía el principio.
Conocía el final.
Pero entre ambos había demasiadas zonas oscuras.
Y el futuro ya había empezado a cambiar.
La tercera prueba había sido distinta.
Ella se había convertido en reina.
Petronilla no había seguido el mismo camino.
Ahora Rosemond podía tomar decisiones diferentes.
Lucio también.
Todos podían.
Los recuerdos de Patrizia no eran un mapa exacto.
Eran advertencias.
Nada más.
Paradójicamente...
Eso significaba que saber algo del futuro la obligaba a ser todavía más cuidadosa.
—Su Majestad.
Raphaella se acercó.
Patrizia abrió los ojos.
La expresión de Ella ya no era ligera.
—Esa mujer está loca.
Patrizia supo inmediatamente de quién hablaba.
—Rosemond.
Raphaella apretó la mandíbula.
—Impertinente.
—Sí.
—Irresponsable.
—También.
—Y estúpida.
Patrizia levantó ligeramente una ceja.
—Eso último todavía no lo decidiría.
Raphaella la miró como si no pudiera creerla.
—Intentó servir cerdo a una delegación de un país donde comer cerdo es una prohibición religiosa.
—No dije que su plan fuera inteligente.
—Podría haber iniciado una crisis.
—Lo sé.
—No.
Raphaella dio un paso.
—Rizi, podría haber sido peor que una crisis.
Patrizia guardó silencio.
Ahora estaban prácticamente solas.
Mirya se encontraba en una estancia contigua organizando el servicio nocturno.
Raphaella bajó la voz.
—Si las visitantes hubieran comido esa carne...
—Lo sé.
—Podrían haberlo considerado un insulto deliberado.
—Lo sé.
—Y los representantes podrían haberse retirado de las negociaciones.
—Ella.
—El Emperador también habría quedado afectado.
Patrizia levantó la mirada.
Raphaella seguía furiosa.
—No solo tú.
Continuó.
—Toda la Corona.
—Por eso la detuve.
Raphaella soltó una respiración fuerte.
—Por muy poco.
Patrizia no respondió.
Aquello dolía porque era verdad.
Raphaella se sentó junto a ella.
—Esta vez.
Dijo.
Patrizia giró el rostro.
—¿Qué?
—Esta vez no ocurrió nada.
Ella la miró directamente.
—¿Y la próxima?
Silencio.
Patrizia pensó en Rosemond.
Esta será la última vez que muestre misericordia.
Lo había dicho.
Lo cumpliría.
Pero incluso Patrizia sabía que una promesa no bastaba para protegerla.
Necesitaba información.
Más ojos.
Más control sobre los movimientos del Palacio Bain.
No únicamente de Rosemond.
También de Glara.
Sus sirvientes.
Sus visitantes.
Los miembros de la Casa Imperial que podían ser comprados.
Todo.
—Tenemos que vigilar mejor el Palacio Bain.
Dijo finalmente.
Raphaella asintió inmediatamente.
—Ya pensaba hacerlo.
Patrizia sonrió débilmente.
—Eso no me sorprende.
—Voy a aumentar la vigilancia.
—Sin que resulte evidente.
—Lo sé.
—Y no quiero provocaciones.
—Rizi.
—Ella.
Raphaella levantó ambas manos.
—Está bien.
Patrizia respiró.
—Necesitamos saber lo que hace antes de que lo haga.
—Eso será difícil.
—Lo sé.
—Pero posible.
Patrizia volvió a asentir.