De Dama A Reina

Capítulo 35 - Sin Preguntar Nada

Después de confirmar personalmente que Rosemond había sido llevada al calabozo y que Glara permanecía aislada en otra celda, Patrizia finalmente regresó al Palacio de la Reina.

Para entonces ya era de noche.

El palacio estaba iluminado por lámparas y candelabros, pero incluso aquella luz cálida le parecía distante.

Cada paso resultaba más pesado que el anterior.

Había conseguido mantenerse erguida durante horas a fuerza de voluntad.

Había dado órdenes.

Había interrogado.

Había asumido la regencia.

Había regresado con Lucio inconsciente entre sus brazos.

Había encerrado a la mujer más favorecida por el Emperador.

Pero ahora...

Su cuerpo comenzaba a recordarle todo lo que había soportado.

El veneno.

La caída.

El agua.

La escalada.

La lluvia.

La falta de alimento.

El miedo.

El cansancio.

Patrizia avanzó por el corredor sosteniendo ligeramente una mano contra la pared.

—Su Majestad.

Una doncella intentó acercarse.

Patrizia levantó apenas una mano.

—Estoy bien.

La mentira salió automáticamente.

No tenía fuerzas para explicar nada más.

Cuando las puertas de sus habitaciones se abrieron, varias personas se levantaron de inmediato.

—¡Rizi!

Petronilla fue la primera.

Mirya llegó casi al mismo tiempo.

Raphaella estaba un poco más atrás.

Varias criadas se agruparon alrededor de ella.

—¿Qué ocurrió?
—Su Majestad, ¿Está herida?
—¿Dónde le duele?
—¿Necesita al médico?
—Rizi, mírame.

Las voces se superpusieron.

Patrizia sintió que la cabeza le daba vueltas.

—Por favor.

La habitación quedó en silencio casi de inmediato.

Su voz había sido débil.

Mucho más de lo que pretendía.

Mirya lo notó.

También Petronilla.

Patrizia respiró despacio.

—Mirya.
—Sí, Su Majestad.
—Prepara un baño.

Mirya asintió inmediatamente.

—Ahora mismo.
—Caliente.

Patrizia cerró los ojos durante un segundo.

—No demasiado.
—Entendido.

Mirya hizo una señal a las criadas.

La habitación comenzó a vaciarse.

Petronilla se quedó frente a su hermana.

La observó cuidadosamente.

Sangre seca.

Arañazos.

El cabello en malas condiciones.

Ojeras.

Una palidez que ninguna cantidad de maquillaje habría podido ocultar.

—Rizi...

Patrizia levantó los ojos.

Petronilla tenía mil preguntas.

Se notaba.

Pero no hizo ninguna.

Eso sorprendió a Patrizia más que cualquier interrogatorio.

—Estoy bien.

Murmuró.

Petronilla apretó ligeramente los labios.

—No pareces estarlo.
—Estoy viva.
—Eso no es lo mismo.

Patrizia casi sonrió.

—Hoy cuenta como suficiente.

Petronilla no respondió.

Simplemente tomó su mano.

Patrizia dejó que lo hiciera.

Por un breve instante, el contacto de su hermana consiguió romper parte de la tensión acumulada.

Pero no podía derrumbarse todavía.

No delante de todos.

Mirya regresó.

—El baño estará listo en unos minutos.

Patrizia asintió.

—Gracias.

Petronilla se volvió hacia una criada.

—Busca al médico.

Patrizia abrió los ojos.

—Nilla.
—No.

Petronilla la miró con una severidad poco habitual.

—No voy a discutir contigo.
—Ya hay médicos ocupándose del Emperador.
—Hay más de uno en el palacio.
—Puedo esperar.
—No.

Patrizia soltó un pequeño suspiro.

No tenía energía suficiente para pelear.

—Está bien.

Petronilla pareció aliviada.

—Gracias.

Raphaella había permanecido en silencio.

Patrizia la miró.

La caballera parecía querer decir algo.

Probablemente disculparse otra vez.

Patrizia negó suavemente.

—Mañana.

Raphaella entendió.

Bajó la cabeza.

—Sí, Su Majestad.

No hubo más preguntas.

Y Patrizia se sintió extrañamente agradecida por ello.

El agua caliente fue casi dolorosa al principio.

Patrizia descendió lentamente dentro de la bañera.

El calor envolvió sus piernas.

Después la cintura.

Después los hombros.

Cerró los ojos.

—Ah...

Una criada quiso acercarse para ayudarla con el cabello.

Patrizia levantó una mano.

—Cinco minutos.
—¿Su Majestad?
—Solo...

Respiró.

—Déjenme cinco minutos.

Las criadas intercambiaron miradas.

Mirya fue quien respondió.

—Como ordene.

Todas retrocedieron.

Patrizia apoyó la cabeza contra el borde.

El agua comenzó a aflojar sus músculos.

Solo entonces sintió cuánto le dolían.

Los brazos por escalar.

Las piernas por correr y nadar.

La espalda por cargar y sostener a Lucio.

Las manos por las heridas.

No quería pensar.

Por una vez, no quería analizar.

Ni Rosemond.

Ni la investigación.

Ni la regencia.

Ni Lucio.

Nada.

Solo agua caliente.

Silencio.

Respirar.

Cinco minutos.

Eso era todo lo que se concedería.

Después tendría que volver a ser Reina.

Cuando Patrizia salió del baño, llevaba un camisón fino y sencillo.

Su cabello todavía estaba húmedo.

El rostro limpio hacía que el agotamiento resultara aún más visible.

Entró nuevamente en su habitación.

Y encontró al médico esperando.

Patrizia levantó una ceja.

—Eso fue rápido.

Petronilla estaba a su lado.

—Lo llamé antes de que entraras al baño.
—Lo supuse.

El médico se inclinó.

—Su Majestad.
—Doctor.

Patrizia se sentó.

Petronilla lo observó con atención.

—¿Usted estuvo en el terreno de caza?
—Sí, lady Petronilla.
—Entonces sabe lo que ocurrió.

El médico dudó.

—Sé lo que se hizo público.



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En el texto hay: mentiras, renacimiento, amor celos

Editado: 24.09.2026

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