La hoja de la guillotina descendió.
Patrizia escuchó el sonido del metal cortando el aire.
Durante un instante, todo pareció detenerse.
El cielo gris.
La multitud reunida frente al cadalso.
El olor de la madera húmeda.
Las voces que se mezclaban en un murmullo incomprensible.
Y, por encima de todo, el recuerdo de su familia.
Petronilla.
Su padre.
Su madre.
Los había perdido a todos.
Ahora llegaba su turno.
La hoja brilló por última vez.
Patrizia cerró los ojos.
Y entonces...
—¡Aaaaaah!
Se incorporó violentamente en la cama.
El grito desgarró el silencio de sus aposentos.
Su corazón golpeaba con tanta fuerza que le dolía el pecho.
Durante varios segundos no supo dónde estaba.
Sus manos buscaron desesperadamente algo a lo que aferrarse.
Encontraron las sábanas.
La tela suave.
El colchón.
La almohada.
No había cuerdas sujetándole las muñecas.
No había un verdugo detrás de ella.
No había una multitud esperando su muerte.
Estaba en el Palacio de la Reina.
Viva.
Pero su cuerpo todavía no parecía comprenderlo.
—¡Su Majestad!
La puerta se abrió.
Mirya entró apresuradamente, con el rostro desencajado.
—¿Qué ha ocurrido?
Patrizia intentó responder.
No pudo.
Su respiración era demasiado rápida.
—¡Rizi!
Otra voz resonó desde el corredor.
Raphaella apareció con sus espadas gemelas desenvainadas.
Había acudido preparada para enfrentarse a un intruso.
Sus ojos recorrieron la habitación.
Las ventanas.
Las cortinas.
Los rincones oscuros.
Después se detuvieron en Patrizia.
No había ningún asesino.
Ninguna amenaza visible.
Solo la Emperatriz sentada en la cama, pálida y temblorosa.
Raphaella bajó lentamente las armas.
—Rizi... Vuestra Majestad.
Se acercó.
—¿Qué demonios ha pasado?
Patrizia respiró con dificultad.
—Haah...
Se llevó una mano al cuello.
La piel estaba intacta.
Por supuesto que lo estaba.
Pero todavía recordaba la sensación de estar arrodillada frente a la guillotina.
Había visto su propia muerte.
Otra vez.
—Agua...
Su voz salió débil.
Mirya se inclinó inmediatamente.
—¿Agua, Su Majestad?
Patrizia asintió.
—Por favor.
—Enseguida.
La dama de compañía salió apresuradamente.
Raphaella guardó las espadas y se sentó junto a la cama.
—Mírame.
Patrizia levantó lentamente los ojos.
—Ella...
—Estás en tus aposentos.
La voz de Raphaella era firme.
—No hay nadie aquí que quiera hacerte daño.
Patrizia intentó asentir.
—Lo sé.
—Estás a salvo.
Aquellas palabras deberían haber bastado.
Pero la imagen de la hoja descendiendo continuaba demasiado viva.
Patrizia cerró los ojos.
Fue un error.
Volvió a ver el cadalso.
Los rostros de la multitud.
La madera manchada.
Abrió los ojos inmediatamente.
—Haah...
Raphaella frunció el ceño.
—¿Fue una pesadilla?
Patrizia tardó en responder.
—Sí.
La palabra le pareció insuficiente.
Una pesadilla.
Eso era lo que había sido para cualquier otra persona.
Para ella, sin embargo, no se trataba de una invención de su mente.
Había ocurrido.
Había muerto.
Y, aunque ahora estuviera viva, aquella experiencia seguía formando parte de sus recuerdos.
Maldito sea el dios de los sueños.
Si existía una divinidad encargada de las pesadillas, Patrizia habría querido arrastrarla frente a ella y exigirle explicaciones.
¿No era suficiente haber vivido aquello una vez?
¿También tenía que soportarlo mientras dormía?
Mirya regresó con un vaso de agua tibia.
—Aquí tiene, Su Majestad.
Patrizia lo tomó con ambas manos.
Sus dedos temblaban.
Mirya la ayudó a sostenerlo.
—Despacio.
Patrizia bebió.
Una vez.
Después otra.
El agua descendió por su garganta y alivió un poco la sequedad que sentía.
No se detuvo hasta vaciar casi todo el vaso.
Mirya la observaba con evidente preocupación.
—¿Se encuentra mejor?
Patrizia respiró lentamente.
—Un poco.
Raphaella continuaba a su lado.
—No tienes que levantarte todavía.
Patrizia bajó la mirada hacia sus manos.
La imagen de la guillotina empezaba a perder nitidez.
Pero no el miedo.
Ese permanecía allí, adherido a su cuerpo.
—¿Fue una pesadilla muy mala?
Preguntó Mirya con suavidad.
Patrizia apretó los labios.
—Creo que sí.
No podía explicarles más.
Raphaella había muerto en aquella vida.
Mirya no conocía el destino que Patrizia recordaba.
¿Cómo iba a contarles que había visto su propia ejecución?
¿Cómo podía decirle a Raphaella que, en otro tiempo, la había perdido para siempre?
Mirya acomodó las mantas.
—¿Quiere que le traiga algo dulce? Quizá un poco de té o alguna cosa ligera para comer.
—No.
Patrizia negó con la cabeza.
—No será necesario.
—Pero...
—Gracias, Mirya.
Intentó sonreír.
El resultado fue débil.
—Solo necesito tranquilizarme.
Mirya intercambió una mirada con Raphaella.
Ninguna parecía convencida.
Patrizia dejó el vaso.
—Quiero salir a caminar.
Raphaella levantó la cabeza.
—¿Ahora?
—Sí.
—Es muy tarde.
—Lo sé.
Patrizia apartó las mantas.
—No creo que pueda volver a dormirme.
Mirya se apresuró a acercarse.
—Entonces permitiré que preparen una escolta.
—No.
Ambas la miraron.
Patrizia respiró profundamente.
—Quiero caminar sola.
Raphaella frunció el ceño.
—Rizi...
—Solo un rato.
—No es prudente.