De Dama A Reina

Capítulo 121 - Yo Nunca Te Abandonaré

Capítulo 121 - Yo Nunca Te Abandonaré

El día del cumpleaños del Emperador finalmente había llegado.

La capital se encontraba inmersa en los preparativos de la celebración.

Desde temprano, los carruajes de las familias nobles comenzaron a dirigirse hacia el Palacio Imperial, donde tendría lugar un magnífico banquete en honor de Su Majestad.

Rothesay también se preparó con especial cuidado.

Eligió su frac azul marino favorito, uno que resaltaba la elegancia natural de su figura, y dedicó más tiempo del habitual a arreglarse.

Después de todo, aquella noche no asistiría al banquete únicamente por sus obligaciones sociales.

Iba a encontrarse con Petronilla.

Y, además, llevaba consigo algo que deseaba entregarle.

Cuando terminó de prepararse, subió al carruaje junto a sus padres.

El trayecto transcurrió tranquilamente hasta que la condesa Braddington decidió iniciar una conversación.

—Ro, cariño.

Rothesay levantó la mirada.

—¿Sí, madre?
—¿Te reunirás hoy con la señorita Petronilla?

El joven sonrió.

—Eso espero.

Después añadió:

—Aunque habrá tantos invitados que quizá resulte difícil encontrarla.

Su expresión se volvió decidida.

—Pero haré todo lo posible.

La condesa asintió.

Rothesay volvió la mirada hacia la ventanilla.

Entonces, como si acabara de recordar algo agradable, una sonrisa distraída apareció en sus labios.

El conde Braddington lo observó durante unos instantes.

—¿Y esa sonrisa tan tonta?

Rothesay volvió la cabeza.

—¿Cuál?

Su padre levantó las cejas.

—Esa que tienes desde hace un momento.

Rothesay parpadeó.

Después sonrió todavía más.

—Es que estoy feliz.

El conde soltó una carcajada.

—¡Por los cielos!

Negó con la cabeza.

—Últimamente eres un joven difícil de comprender.

Rothesay no pareció ofenderse.

Su padre continuó:

—Por cierto, ¿Ya decidiste qué regalarle?

La condesa Braddington miró a ambos con curiosidad.

—¿Regalarle?

Su expresión fue de desconcierto.

—¿De qué regalo están hablando?

El conde sonrió ampliamente.

—Querida, nuestro Ro ha estado pensando en ofrecerle un obsequio a la señorita Grochester.

Hizo una pausa.

—Algo para conmemorar el comienzo de su relación.

La condesa abrió los ojos.

—¡Oh, Dios mío!

Miró a su hijo.

Después volvió la mirada hacia su esposo.

Una sonrisa nostálgica apareció en su rostro.

—¿Cómo puede parecerse tanto a ti?

Su voz fue afectuosa.

—Es evidente que la sangre no miente.

El conde levantó ligeramente las cejas.

La condesa continuó:

—Tú también eras extraordinariamente atento cuando comenzamos a conocernos.

Sus ojos se suavizaron al recordar aquellos días.

—Siempre fuiste muy amable conmigo.

Sonrió.

—Me alegra que Ro haya heredado esa parte de ti.

El conde llevó una mano a su pecho con fingida indignación.

—Querida mía...

Su voz adquirió un tono coqueto.

—¿Qué estás diciendo?

La condesa lo observó con diversión.

Él continuó:

—Nuestro hijo es tan considerado porque también se parece a ti.

Sonrió con ternura.

—Después de todo, ¿Quién podría enseñarle mejor la bondad que su madre?

La condesa dejó escapar una pequeña risa.

—Oh, eres imposible.

Rothesay contempló a sus padres en silencio.

Aquellas conversaciones eran habituales entre ellos.

Desde pequeño había crecido viendo cómo se miraban, cómo se cuidaban y cómo encontraban motivos para demostrarse afecto incluso después de tantos años de matrimonio.

Antes, aquella felicidad le había parecido algo admirable, aunque demasiado difícil de alcanzar.

Ahora comenzaba a comprenderla.

Quizá algún día...

Pensó en Petronilla.

Quizá algún día pueda construir algo semejante con ella.

La idea le produjo una alegría silenciosa.

Finalmente intervino:

—Creo que me parezco a los dos.

Sus padres lo miraron.

Rothesay sonrió.

—Pero, volviendo al regalo...

Su expresión mostró una ligera inseguridad.

—Ya he decidido qué darle.

Hizo una pausa.

—Aunque todavía no sé si le gustará.

El conde advirtió inmediatamente la preocupación de su hijo.

—No te inquietes tanto, Ro.

Su voz fue cálida.

—Si has elegido el regalo pensando sinceramente en ella, eso ya le dará un valor especial.

Rothesay asintió lentamente.

Eso espero.

Lo primero que hizo Rothesay al entrar en el salón del banquete fue buscar a Petronilla.

Su mirada recorrió la multitud.

El recinto estaba magníficamente iluminado.

Los nobles conversaban en pequeños grupos, los músicos interpretaban melodías elegantes y los sirvientes circulaban entre los invitados con bandejas de bebidas.

Había tantos rostros que resultaba difícil distinguir a una sola persona.

Cabello rojo.

Rothesay observó a las damas que pasaban cerca de él.

Ojos dorados.

No era la primera vez que intentaba encontrarla entre una multitud.

Pero aquello no hacía que la tarea resultara más sencilla.

Pasaron varios minutos.

Después otros tantos.

Rothesay comenzó a inquietarse.

Petronilla le había asegurado que asistiría al banquete.

Sin embargo, no conseguía verla por ninguna parte.

¿Habrá empeorado su resfriado?

Frunció el ceño.

Aunque ella había afirmado encontrarse mucho mejor, quizá todavía no se había recuperado por completo.

¿Y si está enferma otra vez?

Aquella posibilidad lo preocupó.

Decidió continuar buscándola.

Se desplazó entre los invitados, examinando discretamente los distintos grupos.

Y entonces...

Ah.

Su corazón dio un salto.

La había encontrado.

Petronilla estaba conversando con otra joven.



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En el texto hay: mentiras, renacimiento, amor celos

Editado: 25.10.2026

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