De Dama A Reina

Capítulo 13 - No Debí Haber Venido

—Baronesa Phelps.

La voz atravesó el salón con una frialdad que Patrizia reconoció de inmediato.

Pero fue el tono, más que la voz, lo que la sorprendió.

Patrizia giró la cabeza.

Petronilla acababa de entrar.

Durante un instante, Patrizia simplemente la miró.

Nilla.

Su hermana.

La misma muchacha que se reía demasiado fuerte cuando algo le parecía divertido.

La joven que podía conversar con desconocidos como si fueran amigos de toda la vida.

La soñadora.

La romántica.

La persona que rara vez conseguía ocultar lo que sentía.

Pero la mujer que estaba de pie junto a la entrada no parecía aquella Petronilla.

Su rostro estaba helado.

Los labios tensos.

Los ojos, normalmente luminosos y expresivos, fijos sobre Rosemond con una dureza que Patrizia casi nunca había visto.

Era como si, durante unos segundos, otra persona hubiera ocupado el lugar de su hermana gemela.

—Nilla...

Murmuró Patrizia.

Petronilla ni siquiera pareció escucharla.

Avanzó.

Sus zapatos resonaron suavemente contra el suelo.

Una vez.

Otra.

Las demás invitadas permanecieron en silencio.

Toda la atención que unos segundos antes estaba concentrada sobre Patrizia y Rosemond se desplazó ahora hacia Petronilla.

La baronesa levantó ligeramente una ceja.

—Lady Petronilla.

Su sonrisa permaneció.

Petronilla se detuvo a unos pasos.

—Nadie aquí quiere conocer los detalles de su vida privada con Su Majestad.

Silencio.

La frase fue directa.

Mucho más de lo que Patrizia esperaba de su hermana.

Rosemond sostuvo la mirada de Petronilla.

—¿No?

Su voz sonó casi divertida.

—Pensé que todos parecían bastante interesados.

Varias damas fruncieron el ceño.

Petronilla no cambió de expresión.

—Se equivocó.

La respuesta fue inmediata.

—Pero hace apenas un momento...
—Preguntar por su presencia en el palacio no significa que deseemos escuchar qué ocurre en su dormitorio.

Los ojos de Rosemond se estrecharon apenas.

Patrizia miró a su hermana.

Algo no estaba bien.

No porque Nilla estuviera defendiendo su posición.

Eso podía entenderlo.

Era su hermana.

La amaba.

Había visto cómo Rosemond intentaba humillarla.

Pero había algo en su voz...

Demasiada ira.

Demasiado dolor.

Como si aquellas palabras también la hubieran atacado a ella.

Patrizia recordó el jardín.

El desmayo.

La palidez.

La incapacidad de Petronilla para explicar qué le había ocurrido.

Una inquietud atravesó su pecho.

No.

Ahora no.

Tendría que pensar en eso después.

Rosemond sonrió.

—No pretendía incomodar a nadie.

Petronilla dio otro paso.

—Entonces debería aprender cuándo guardar silencio.
—Lady Petronilla.

El tono de Rosemond seguía siendo suave.

—Está hablando con una baronesa.
—Y usted está hablando frente a la Reina del Imperio.

La respuesta produjo algunos murmullos.

Petronilla levantó ligeramente la barbilla.

—Quizá nadie se lo haya explicado.

Rosemond perdió un poco de su sonrisa.

—¿Explicado qué?
—Que la posición de la reina no consiste en permanecer disponible para el Emperador cada vez que él lo desee.

Patrizia abrió apenas los ojos.

Oh, no.

Conocía ese tono.

Petronilla estaba realmente enfadada.

—Existen días, protocolos y obligaciones.

Continuó Nilla.

—La Reina del Imperio tiene responsabilidades mucho más importantes que esperar toda la noche dentro de un dormitorio.

Rosemond no dijo nada.

Petronilla sostuvo su mirada.

—Ella no puede servir a Su Majestad en todo momento.

Una pausa.

—Para eso existen mujeres de posición inferior.

Silencio absoluto.

Patrizia cerró los ojos durante una fracción de segundo.

Nilla.

Aquello había sido...

Cruel.

No vulgar.

No explícito.

Pero todo el mundo había comprendido perfectamente la insinuación.

La expresión de Rosemond se endureció.

Durante un instante, la máscara se quebró.

Su sonrisa desapareció.

Los ojos adquirieron una dureza peligrosa.

Petronilla la había comparado, de manera extremadamente elegante, con una mujer cuya función era únicamente satisfacer físicamente al Emperador.

Algunas damas bajaron la mirada.

No porque estuvieran ofendidas.

Porque estaban intentando ocultar sus reacciones.

Raphaella, sentada no muy lejos de Patrizia, levantó su taza hasta los labios.

Patrizia sospechó que no estaba bebiendo nada.

Solo quería ocultar una sonrisa.

Rosemond tardó algunos segundos en recuperarse.

Después volvió a sonreír.

—Qué interesante manera de verlo.

Petronilla no respondió.

Rosemond inclinó la cabeza.

—Sin embargo...

Sus ojos pasaron de Nilla a Patrizia.

—Sería una tragedia si Su Majestad la Reina no pudiera servir al Emperador ni siquiera durante esos días señalados.

El ambiente se volvió todavía más frío.

Patrizia sintió cómo algo golpeaba dentro de su pecho.

No.

Ya era suficiente.

Rosemond había conseguido lo que quería.

Había convertido la reunión en una confrontación pública.

Cada frase adicional aumentaba el riesgo de que la fiesta pasara a la historia de la corte no como la primera reunión organizada por la nueva reina...

Sino como el día en que la reina y la amante del Emperador se humillaron frente a la nobleza.

Patrizia no permitiría eso.

—Baronesa Phelps.

Su voz fue baja.

Pero atravesó la habitación.

Rosemond volvió lentamente el rostro.

—¿Sí, Su Majestad?

Patrizia colocó la taza sobre el plato.

No sonrió.

—Ya es suficiente.

Rosemond parpadeó.



#1050 en Fantasía
#4606 en Novela romántica

En el texto hay: mentiras, renacimiento, amor celos

Editado: 24.09.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.