De Dama A Reina

Capítulo 55 - Hace Diez Años, En Su Cumpleaños

Diez años atrás.

Lucio todavía no era Emperador.

Era un príncipe de quince años.

Y aquella mañana, por primera vez en mucho tiempo, despertó emocionado.

No fue una emoción particularmente intensa.

Ni siquiera podía compararse con la alegría despreocupada que otros jóvenes de su edad sentían cuando llegaba su cumpleaños.

Era algo más pequeño.

Una diminuta expectativa.

Una chispa que había sobrevivido, inexplicablemente, dentro de un muchacho que llevaba años aprendiendo a no esperar nada.

Lucio abrió los ojos antes de la hora habitual.

La habitación permanecía en penumbra.

Durante unos segundos contempló el dosel de su cama.

Quince.

Ya tenía quince años.

Movió ligeramente los dedos bajo las mantas.

No había cambiado nada.

Seguía siendo él.

El mismo cuerpo.

La misma habitación.

El mismo palacio.

Pero aquella cifra le pareció importante.

Quince.

Un año más.

Un año menos hasta convertirse oficialmente en adulto.

Un paso más cerca de la edad en la que quizá podría decidir algunas cosas por sí mismo.

Lucio cerró los ojos.

No debía emocionarse demasiado.

Sus cumpleaños nunca eran acontecimientos especiales.

No había grandes banquetes.

No había celebraciones preparadas para él.

Ni una habitación llena de regalos.

Si el Emperador estaba en el palacio, quizá algún funcionario recordaba la fecha y se organizaba alguna formalidad menor.

Esta vez ni siquiera ocurriría eso.

Su padre estaba otra vez en campaña.

Lucio tampoco esperaba nada de Alisa.

Nunca le había dado motivos para hacerlo.

Por tanto, aquel sería simplemente otro día.

Y estaba bien.

Eso se dijo.

Podía alegrarse por una sola cosa.

Había sobrevivido otro año.

Quince.

Sonrió apenas.

—Feliz cumpleaños.

Se lo dijo a sí mismo.

La habitación no respondió.

La mañana transcurrió sin incidentes.

Desayuno.

Estudio.

Lecciones.

Los saludos formales de algunos criados que recordaban la fecha.

Nada extraordinario.

Exactamente como Lucio esperaba.

Cerca del mediodía, mientras revisaba un texto, alguien llamó a la puerta.

—Adelante.

Un sirviente entró y se inclinó.

—Su Alteza.

Lucio levantó la mirada.

—¿Qué ocurre?
—Su Majestad la Reina lo está buscando.

Sus dedos se detuvieron sobre la página.

—¿La Reina?
—Sí, Su Alteza.

Lucio miró al sirviente.

—¿Ahora?
—Sí.

Algo se movió dentro de su pecho.

Intentó aplastarlo inmediatamente.

No.

No debía hacerse ilusiones.

Alisa podía llamarlo por cualquier motivo.

Quizá había cometido algún error.

Quizá uno de sus tutores había informado de algo.

Quizá simplemente quería verlo.

Eso último era improbable.

Lucio cerró el libro.

—Entiendo.

Se puso de pie.

—Iré ahora.
—Sí, Su Alteza.

El sirviente se retiró.

Lucio permaneció inmóvil unos segundos.

Miró hacia la ventana.

Había comenzado a llover.

Una lluvia ligera.

Pequeñas gotas golpeaban el cristal y resbalaban lentamente.

Lucio respiró.

Entonces apareció aquel pensamiento.

Tal vez...

Lo detuvo.

No.

Aun así, regresó.

Tal vez recuerda qué día es.

Lucio bajó la mirada.

Era absurdo.

Alisa apenas soportaba su presencia.

Pero...

Hoy cumplía quince años.

Quizá eso significaba algo.

Quizá por una vez...

Lucio salió de la habitación.

La lluvia aumentó mientras caminaba hacia el Palacio de la Reina.

El aire olía a tierra mojada.

Los sirvientes se movían rápidamente por los corredores abiertos, cerrando ventanas y protegiendo de la humedad las decoraciones exteriores.

Lucio aceleró el paso.

No quería llegar tarde.

Alisa odiaba que la hicieran esperar.

Durante el trayecto, aquella pequeña esperanza continuó creciendo a pesar de sus esfuerzos.

Un regalo.

No tenía que ser importante.

Ni costoso.

Podía ser un libro.

Una pluma.

Un pañuelo.

Cualquier cosa.

Ni siquiera necesitaba ser un objeto.

Tal vez ella simplemente le diría:

Feliz cumpleaños.

Lucio apretó ligeramente los labios.

No debía pensar así.

Cada expectativa que había tenido de niño había terminado de la misma manera.

Pero seguía teniendo quince años.

Y, aunque había aprendido demasiado sobre el dolor, todavía quedaba una parte de él que quería algo extraordinariamente sencillo.

Que su madre lo tratara como a un hijo.

Solo una vez.

Llegó al palacio.

Una doncella lo condujo al interior.

—Su Majestad lo espera.

Lucio entró.

Y se detuvo.

Alisa estaba sentada allí.

Mirándolo.

Sonriendo.

Lucio quedó desconcertado.

Era una sonrisa hermosa.

Alisa siempre había sido una mujer hermosa.

Cuando sonreía de aquella manera, resultaba difícil reconciliar su rostro con la mujer que aparecía en los recuerdos de Lucio.

No había desprecio.

No había irritación.

No había aquella mueca que normalmente surgía apenas lo veía.

Solo una sonrisa brillante.

Casi afectuosa.

La pequeña esperanza se convirtió en una llama.

Lucio inclinó profundamente la cabeza.

—Saludos, Su Majestad.
—Bienvenido, Príncipe.

Su voz también era amable.

Lucio levantó lentamente la cabeza.

Alisa miró hacia una ventana.

—El clima es hermoso hoy.

Lucio siguió su mirada.

La lluvia golpeaba el cristal.

Parpadeó.

¿Hermoso?

No se atrevió a contradecirla.

Quizá hablaba del aire.

La lluvia siempre limpiaba el polvo y dejaba los jardines más frescos.



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En el texto hay: mentiras, renacimiento, amor celos

Editado: 14.10.2026

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