De Dama A Reina

Capítulo 29 - No Tengo Otra Opción

Si alguien le preguntara a Lucio por qué había hecho lo que hizo, probablemente tardaría bastante en encontrar una respuesta.

No porque no quisiera contestar.

Sino porque realmente no la conocía.

En su mente existían dos explicaciones aceptables.

La primera era sencilla.

—Mi cuerpo se movió por sí solo.

Un reflejo.

Nada más.

Había visto la flecha.

Había visto a Patrizia.

Y había reaccionado antes de pensarlo.

La segunda respuesta también tenía sentido.

—Estaba pagando una deuda.

Patrizia lo había ayudado aquella noche bajo la lluvia.

Había regresado por él.

Lo había llevado hasta su palacio.

Había cedido su propia cama.

Tal vez, en algún nivel, Lucio simplemente había considerado que todavía le debía aquello.

Ambas respuestas eran razonables.

Y ambas sonaban incompletas.

En el instante en que vio la flecha dirigirse hacia Patrizia, no había pensado en deudas.

Ni en gratitud.

Ni siquiera en lo que ocurriría si ella resultaba herida.

Solo había actuado.

Eso era lo que más lo desconcertaba.

Patrizia no era Rosemond.

No era una mujer a la que amara.

Ni siquiera podía decir que fueran cercanos.

Su matrimonio era político.

Frío.

Construido sobre límites claramente establecidos desde el primer día.

Y aun así...

Había recibido una flecha envenenada por ella.

Lucio habría encontrado gracioso el misterio de no estar inconsciente.

Le gustaban las preguntas difíciles.

Las contradicciones.

Las cosas que no podían resolverse con una respuesta inmediata.

Especialmente cuando tenían que ver con él mismo.

Quizá, al despertar, encontraría alguna explicación.

Quizá no.

Por el momento, su cuerpo permanecía inmóvil sobre un lecho improvisado de paja.

Y el hombre que tanto deseaba entender su propia decisión todavía no podía abrir los ojos.

—Eso es.

Patrizia acarició lentamente el cuello de Sally.

—Bebe.

La yegua bajó la cabeza hasta el agua.

Habían encontrado un pequeño arroyo no demasiado lejos de la cueva.

El caballo bebió con avidez.

Patrizia permaneció junto a ella, observando.

—Despacio.

Sally resopló.

—No quiero que te enfermes tú también.

El animal continuó bebiendo.

Patrizia miró su reflejo distorsionado en el agua.

Casi no se reconoció.

Cabello todavía húmedo.

Piel arañada.

Ropa mínima.

Barro en las piernas.

Pequeñas heridas en las manos.

No parecía una Reina.

Parecía una fugitiva.

Y, técnicamente...

Eso era exactamente lo que era en ese momento.

Patrizia soltó un pequeño suspiro.

Cuando Sally terminó de beber, la guio hacia una zona donde crecía bastante hierba fresca.

—Come.

El caballo empezó inmediatamente.

Patrizia sonrió.

—Al menos una de nosotras sabe qué hacer sin que se lo expliquen.

Sally movió una oreja.

Patrizia la observó unos segundos.

Después se inclinó y recogió más hierba.

La dejó cerca.

—No te alejes demasiado.

Sabía que probablemente no hacía falta decirlo.

Sally ya había demostrado que era mucho más inteligente de lo que Patrizia esperaba.

De todos modos, la ató cerca de la entrada de la cueva con suficiente longitud para que pudiera moverse.

—Volveré pronto.

El caballo levantó la cabeza.

Patrizia le dio una última palmada.

—Cuídalo mientras no estoy.

Sally resopló.

Patrizia casi rio.

—Sí. Te estoy dejando al Emperador.

Después miró hacia la cueva.

Lucio seguía tendido exactamente como antes.

No había despertado.

Eso no era bueno.

Patrizia volvió a entrar y comprobó su pulso.

Todavía estaba allí.

Débil.

Pero constante.

La herida seguía preocupándola.

El color alrededor de la zona afectada no había mejorado.

—Necesito algo mejor.

Murmuró.

Había recibido conocimientos médicos básicos como parte de su educación.

Nada especializado.

Solo lo suficiente para reconocer algunas plantas comunes, atender ciertas heridas y comprender cuándo una situación era grave.

Lucio ya estaba muy lejos de una situación común.

Patrizia se puso de pie.

—Quédate vivo.

No esperaba respuesta.

—Solo eso.

Después salió de la cueva.

El bosque era húmedo y frío.

La luz entraba entre los árboles de manera irregular.

Patrizia avanzaba con cuidado.

No podía permitirse una caída.

Ni una herida.

Ni perderse.

De vez en cuando marcaba discretamente algunos troncos para poder regresar por el mismo camino.

No necesitaba demostrar inteligencia.

Necesitaba regresar.

Eso era todo.

Miró las plantas a su alrededor.

Nada.

Una especie de hoja que conocía.

Inútil para venenos.

Otra planta.

Demasiado peligrosa.

Patrizia se agachó.

Tocó una hoja.

Después retiró rápidamente la mano.

—No.

Era venenosa.

Perfecto.

Como si no tuviera suficiente veneno con Lucio.

Siguió caminando.

El bosque parecía lleno de plantas capaces de matarlos y casi ninguna capaz de salvarlos.

—Qué útil.

Murmuró.

Continuó.

Pasó junto a pequeños arbustos.

Musgo.

Hongos.

Flores silvestres.

Nada servía.

Después de un rato, la frustración comenzó a aparecer.

—Vamos...

Apartó una rama.

—Tiene que haber algo.

Nada.

Patrizia siguió.

Pasaron minutos.

Después más.

La idea de alejarse tanto de la cueva le preocupaba, pero regresar con las manos vacías sería peor.

Lucio no podía esperar indefinidamente.

Miró hacia el cielo entre los árboles.

Todavía tenía tiempo.

No mucho.

Pero algo.



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En el texto hay: mentiras, renacimiento, amor celos

Editado: 24.09.2026

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