De Dama A Reina

Capítulo 48 - ¿Quieres Decir Que Serás Una Espía?

Petronilla tardó varios segundos en responder.

De todas las cosas que había imaginado al dirigirse a la residencia Ephreney, aquella no figuraba entre ellas.

Había ido a entregar una carta.

Nada más.

Una muestra de consideración de Patrizia hacia una madre cuyo hijo estaba gravemente enfermo.

Y ahora aquella misma mujer le pedía que se hiciera cargo temporalmente de una de las casas ducales más poderosas del Imperio.

—Mi señora...

Petronilla miró las manos de la duquesa, todavía aferradas a las suyas.

—¿Está segura?
—Sí.
—Pero esto...

La duquesa pareció avergonzarse.

—Sé que es demasiado.
—No me refiero a eso.

Petronilla eligió sus palabras.

—Es una responsabilidad importante.
—Lo sé.
—Y yo no pertenezco a su familia.
—Eso también lo sé.
—Entonces...

La duquesa apretó ligeramente sus manos.

—Precisamente por eso puedo pedírselo.

Petronilla guardó silencio.

Comprendía, al menos en parte.

Las personas podían mantener orgullo, dignidad y distancia mientras se sintieran seguras.

Pero cuando aquello que más amaban estaba amenazado, esas barreras se debilitaban.

La duquesa Ephreney podía despreciar a los Grochester.

Podía no sentir simpatía por Patrizia.

Podía incluso considerar a Petronilla una extraña.

Nada de eso importaba tanto como un hijo enfermo en un país lejano y una casa que no quería dejar en manos de la concubina de su esposo.

El miedo había reorganizado sus prioridades.

—Por favor.

Repitió la duquesa.

—Le daré cualquier cosa como compensación.

Petronilla negó suavemente.

—No necesito compensación.

La duquesa parpadeó.

—Pero...
—Mi familia no está atravesando dificultades económicas.

Petronilla sonrió.

—No tendría sentido pedirle dinero.
—No me refería necesariamente a dinero.
—Lo sé.
—Entonces permítame darle algo.
—Mi señora.

Petronilla apretó sus manos con suavidad.

—Si insiste tanto, puede hacerme un favor algún día.

La duquesa la miró.

—¿Un favor?
—Sí.
—¿Qué clase?
—No lo sé todavía.

Aquello hizo vacilar a la mujer.

Petronilla soltó una pequeña risa.

—No le pediré nada absurdo.
—Eso espero.
—Puede estar tranquila.

La duquesa continuó observándola.

—¿De verdad eso será suficiente?
—Por supuesto.

Petronilla retiró lentamente las manos.

Había otro problema.

Uno bastante evidente.

—Sin embargo...
—¿Sí?
—Soy joven.

La duquesa esperó.

—Y no tengo experiencia administrando una casa ducal.

Eso sí le preocupaba.

Petronilla había recibido la educación correspondiente a una dama noble.

Conocía etiqueta.

Administración básica.

Relaciones sociales.

Organización doméstica.

Pero conocer la teoría y hacerse cargo de una de las tres casas más importantes de Mavinous eran cosas diferentes.

—Quizá eso sea un problema para usted.

La duquesa negó inmediatamente.

—No.
—Mi señora...
—Lo hará mejor que esa mujer.

El desprecio volvió a su voz.

Petronilla entendió perfectamente a quién se refería.

—Ella no sabe nada.

Continuó la duquesa.

—Y no confío en su criterio.
—Aun así...
—Usted recibió una educación apropiada.

Petronilla no discutió.

—Además, es una Grochester.

La duquesa hizo una pausa.

—Y hermana de la Reina.

Ah.

Eso también contaba.

Por supuesto.

La mujer no había tomado la decisión únicamente porque Petronilla hubiera sido amable con ella durante unos minutos.

Petronilla tenía un apellido respetable.

Una educación noble.

Y, si surgía un problema serio, tenía detrás la autoridad de una hermana sentada en el trono.

La elección era emocional.

Pero no irracional.

—Entiendo.

Dijo Petronilla.

—No espero que haga nada extraordinario.
—Eso me tranquiliza un poco.
—Solo quiero que mantenga la casa en orden hasta mi regreso.
—¿Cuánto tiempo estará fuera?
—No puedo saberlo.

La expresión de la duquesa volvió a ensombrecerse.

Petronilla se arrepintió inmediatamente de haber preguntado.

Todo dependía de la salud de su hijo.

—Perdóneme.
—No.

La duquesa negó.

—Es una pregunta necesaria.

Petronilla asintió.

Después respiró profundamente.

—Entonces aceptaré.

Los ojos de la duquesa se abrieron.

—¿De verdad?
—Sí.
—Señorita Petronilla...
—No sé si estaré a la altura de sus expectativas.

Admitió.

—Pero haré todo lo posible.

La tensión de la duquesa pareció disminuir.

—Gracias.
—Será una buena experiencia para mí.
—Gracias de verdad.
—No tiene que repetirlo.
—Sí tengo.

La duquesa sonrió débilmente.

—Me ha quitado una preocupación enorme.

Petronilla correspondió a la sonrisa.

—Entonces concéntrese en su hijo.
—Lo intentaré.
—Y déjeme a mí las pequeñas cosas.
—No debería ocurrir nada importante.

Dijo la duquesa.

—Son precisamente las pequeñas cosas las que pueden resultar molestas.
—Eso puedo manejarlo.

Al menos esperaba poder hacerlo.

Petronilla se levantó.

—Ahora debo irme.

La duquesa pareció sorprendida.

—¿Ya?
—Sí.
—Podría quedarse un poco más.
—Lo siento, mi señora.

Petronilla negó.

—Su Majestad me está esperando.
—Ah.
—No le dije que estaría fuera tanto tiempo.

Y Patrizia tenía la desagradable costumbre de preocuparse cuando Petronilla tardaba más de lo previsto.

—También quería pasar por casa.

Añadió.

—Hace tiempo que no veo a mis padres con tranquilidad.

La duquesa asintió.

—Entonces no la retendré.
—Gracias.

Petronilla hizo una reverencia.



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En el texto hay: mentiras, renacimiento, amor celos

Editado: 14.10.2026

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