A medida que Patrizia se acercaba a las habitaciones del Emperador, el ambiente del Palacio Central cambiaba.
Había más movimiento que durante sus visitas anteriores.
Criados caminando de un lado a otro.
Doncellas transportando agua limpia.
Un asistente del médico imperial salió apresuradamente de una habitación lateral con una bandeja llena de pequeños frascos.
Incluso los guardias apostados en los corredores parecían más alertas.
Era comprensible.
El Emperador había despertado.
Después de casi un mes de incertidumbre, el Sol del Imperio había vuelto a abrir los ojos.
Algunas criadas reconocieron a Patrizia en cuanto la vieron acercarse.
Inmediatamente hicieron una profunda reverencia.
—Su Majestad la Reina Regente.
Patrizia respondió con un breve movimiento de cabeza.
Se detuvo frente a las puertas.
—¿Quién está dentro?
Una de las criadas dio un paso al frente.
—Solo Su Majestad el Emperador y el médico jefe.
—¿Nadie más?
—No, Su Majestad.
Patrizia guardó silencio un instante.
Aquello significaba que estaría sola con él.
Sintió una tensión absurda en el estómago.
La ignoró.
—Anúnciame.
—Sí, Su Majestad.
La criada se volvió hacia la puerta.
Tocó suavemente.
—Su Majestad el Emperador.
Hubo un pequeño silencio.
—Su Majestad la Reina Regente está aquí.
Patrizia esperó.
Entonces escuchó una voz.
Débil.
Más ronca de lo que recordaba.
Pero definitivamente despierta.
—Déjala entrar.
Patrizia inhaló.
¿Por qué demonios estaba nerviosa?
Había dirigido reuniones del Consejo.
Había enfrentado a duques.
Había ordenado encarcelar a Rosemond.
Había asumido la autoridad del Imperio.
Y ahora estaba inquieta por entrar en una habitación.
Ridículo.
La criada abrió la puerta.
—Adelante, Su Majestad.
Patrizia entró.
La puerta se cerró a su espalda.
El olor a medicina fue lo primero que percibió.
Hierbas.
Alcohol.
Algún ungüento amargo.
La habitación estaba iluminada por la luz que atravesaba las cortinas parcialmente abiertas.
Patrizia dirigió la mirada hacia la cama.
Y lo vio.
Lucio.
Despierto.
Realmente despierto.
Estaba sentado contra varias almohadas, vestido con una camisa sencilla.
Su cabello negro no estaba arreglado con el cuidado habitual y su rostro todavía tenía la palidez propia de una larga enfermedad.
Había perdido peso.
Eso era evidente.
Pero sus ojos estaban abiertos.
Conscientes.
La estaban mirando.
Durante un instante, Patrizia no dijo nada.
La última vez que había estado allí, aquellos ojos permanecían cerrados sin importar cuánto lo observara.
Ahora la seguían.
—Su Majestad.
La voz del médico jefe la sacó de su quietud.
Patrizia giró la cabeza.
El hombre se levantó rápidamente e hizo una reverencia.
—Saludos a Su Majestad la Reina Regente. Gloria al Imperio Mavinous.
—Saludos.
Patrizia volvió a mirar a Lucio.
Solo un segundo.
Después concentró la atención en el médico.
—¿Cómo está?
—Sorprendentemente bien, considerando la gravedad del envenenamiento.
Patrizia sintió que parte de la tensión en sus hombros desaparecía.
—¿Existe algún peligro inmediato?
—No.
—¿Está seguro?
—Sí, Su Majestad.
El médico sonrió ligeramente.
—Su cuerpo está debilitado por el largo periodo de inconsciencia y necesitará recuperar fuerza poco a poco. No debe realizar esfuerzos físicos importantes.
Lucio frunció el ceño.
—Eso ya me lo dijo.
El médico ni siquiera lo miró.
—Y parece necesario repetirlo.
Patrizia tuvo que contener una pequeña sonrisa.
El médico continuó:
—Debe comer gradualmente. Nada pesado durante los primeros días. Tampoco debe montar a caballo, entrenar con espada ni permanecer muchas horas trabajando.
—¿Cuánto tiempo?
Preguntó Patrizia.
—Una semana de reposo estricto sería lo ideal.
Lucio abrió la boca.
—Una semana es...
—Una semana.
Repitió Patrizia.
Lucio la miró.
Ella le devolvió la mirada.
El médico carraspeó.
—Después de eso, si continúa recuperándose adecuadamente, podrá volver poco a poco a sus actividades habituales.
—¿Y el veneno?
—No quedan indicios preocupantes.
Patrizia asintió.
—¿La scula?
El médico la miró.
—Fue fundamental.
Lucio también dirigió la mirada hacia ella.
Patrizia fingió no notarlo.
—Entiendo.
—El tratamiento posterior eliminó los efectos residuales, pero la intervención inicial probablemente evitó daños mucho más graves.
Hubo un breve silencio.
El médico recogió sus instrumentos.
—Volveré esta tarde para examinarlo nuevamente.
Patrizia asintió.
—Gracias por su trabajo.
—Es mi deber.
—Puede retirarse.
—Sí, Su Majestad.
El médico hizo una reverencia ante ella.
Después ante Lucio.
—Su Majestad Imperial.
—Gracias.
El hombre salió.
La puerta se cerró.
Y de pronto la habitación pareció mucho más silenciosa.
Patrizia permaneció de pie.
Lucio la observaba.
Ella lo observaba a él.
Ninguno habló.
Patrizia terminó acercándose.
Tomó una silla y se sentó junto a la cama.
—...
Ahora que estaba allí...
¿Qué se suponía que debía decir?
Me alegra que hayas despertado.
Parecía demasiado personal.
El Imperio se encuentra estable.
Demasiado formal.
Rosemond está encerrada en un calabozo bajo sospecha de intentar asesinarme.
Probablemente no era la mejor frase para comenzar.
Patrizia miró a Lucio.
Él seguía mirándola.
Aquello tampoco ayudaba.