—¿Así que se los comió todos, Su Majestad?
Ante la pregunta de Raphaella, las mejillas de Patrizia adquirieron un leve tono rojizo.
Mirya advirtió el cambio de inmediato.
Sin embargo, antes de que pudiera intervenir, Raphaella continuó hablando con una sonrisa divertida.
—Debo admitir que la determinación de Su Majestad el Emperador es admirable.
Patrizia mantuvo la mirada al frente.
—¿Admirable?
—Por supuesto. Aprendió a preparar algo que jamás había hecho antes, y todo para ofrecérselo personalmente.
Raphaella parecía sinceramente impresionada.
—No cualquiera se tomaría tantas molestias.
La expresión de Patrizia se enfrió.
—Eso no cambia el hecho de que es un hombre que hizo derramar lágrimas de sangre a otra persona.
Su voz fue cortante.
Raphaella cerró inmediatamente la boca.
La sonrisa desapareció de su rostro.
Mirya la miró de reojo, como advirtiéndole que no insistiera.
Patrizia continuó caminando sin añadir nada más.
Había salido a pasear porque, después de comerse todos aquellos brownies, sentía el estómago demasiado lleno.
Esperaba que un poco de aire fresco la ayudara a sentirse mejor.
Sin embargo, el clima no acompañaba.
El viento era frío.
El cielo permanecía cubierto por una capa de nubes grises, y la humedad parecía filtrarse a través de la tela de su vestido.
Patrizia se estremeció ligeramente.
Intentó disimularlo.
Pero Mirya lo notó.
—Su Majestad, ¿Por qué no regresamos?
Patrizia negó con la cabeza.
—Todavía estoy bien.
Raphaella observó su atuendo.
—Hace bastante frío, Su Majestad.
—No es para tanto.
Mirya frunció el ceño.
—Si permanece aquí, podría resfriarse.
Se acercó un poco más.
—Será mejor que volvamos al palacio.
Patrizia dejó escapar un suspiro.
Sabía que sus acompañantes no dejarían de insistir.
—Está bien.
Las tres comenzaron a caminar hacia el Palacio de la Reina.
Pero apenas habían avanzado unos pasos cuando Patrizia distinguió una figura que se aproximaba por el sendero.
Se detuvo.
Su cuerpo se tensó de inmediato.
No puede ser...
La persona que se acercaba también la había reconocido.
Y, a diferencia de ella, parecía extraordinariamente complacida por el encuentro.
—¡Reina!
Lucio aceleró el paso.
Una sonrisa luminosa apareció en su rostro.
Patrizia retrocedió instintivamente.
¿Por qué tenía que encontrarlo precisamente ahora?
Cuando el Emperador llegó frente a ella, consiguió recomponer su expresión.
Realizó una reverencia.
—Mis respetos a Su Majestad el Emperador...
—No hace falta tanta formalidad.
Lucio la interrumpió con suavidad.
Sus ojos permanecieron fijos en ella.
—¿Has salido a pasear?
Patrizia asintió.
—Sí.
Hizo una pausa.
—Pero estaba regresando al palacio.
—Ah...
La sonrisa de Lucio se desvaneció ligeramente.
Su expresión adquirió un aire tan decepcionado que parecía un cachorro al que acababan de negarle un paseo.
Raphaella tuvo que apretar los labios para contener la risa.
Mirya le dio discretamente un codazo en el costado.
La caballera enderezó la espalda de inmediato.
Patrizia, ajena a aquel pequeño intercambio, se movió con incomodidad.
—Entonces, con su permiso...
Se dispuso a marcharse.
Pero Lucio la llamó.
—Espera.
Patrizia se detuvo.
El Emperador vaciló unos instantes.
—Sé que estás ocupada, pero...
Su voz se volvió cautelosa.
—¿Te gustaría caminar conmigo un rato?
Patrizia permaneció en silencio.
No sabía cómo responder.
Y, antes de que pudiera decidirlo, Mirya intervino.
—Su Majestad, acabo de recordar que debo preparar sus aposentos para esta noche.
Patrizia giró bruscamente la cabeza.
—¿Mirya?
Raphaella también se apresuró a hablar.
—Y mi padre me está esperando, así que debo retirarme.
Patrizia abrió ligeramente los ojos.
¿Qué?
—Esperad un momento...
Pero ambas realizaron una reverencia.
—Con su permiso, Su Majestad.
—¡No, yo no he...!
Fue inútil.
Mirya y Raphaella se alejaron con una rapidez sospechosa.
Patrizia las contempló con incredulidad.
Estas dos...
Habían decidido abandonarla a su suerte.
—¿Te hago sentir incómoda?
La voz grave de Lucio interrumpió sus pensamientos.
Patrizia volvió lentamente la cabeza.
El Emperador la observaba con una expresión preocupada.
Ella no respondió.
Lucio interpretó su silencio como una confirmación.
Bajó ligeramente la mirada.
Patrizia comenzó a morderse el labio.
Era un gesto involuntario que repetía cada vez que se sentía atrapada en una situación desagradable.
Lucio lo advirtió.
Sin pensarlo, levantó una mano.
Sus dedos rozaron suavemente los labios de Patrizia.
—No te hagas daño.
Su voz fue apenas un murmullo.
Patrizia abrió los ojos con sorpresa.
—Ah...
Durante un instante permaneció inmóvil.
¿Por qué actúa así?
Aquella delicadeza le resultaba desconcertante.
El mismo hombre que antes parecía incapaz de preocuparse por sus sentimientos ahora advertía incluso los gestos más pequeños.
Patrizia apartó suavemente su mano.
—¿Hay algo que desee decirme?
Lucio vaciló.
—Los brownies...
Su voz descendió.
—¿Estaban buenos?
Patrizia lo contempló en silencio.
Así que ya se lo han contado.
No habría formulado aquella pregunta con tanta esperanza si no supiera que ella había probado el regalo.
Mirya debía de haberle informado.
Patrizia suspiró para sus adentros.
No tenía sentido negarlo.
—No estaban mal.
Lucio levantó la mirada.