—Duque Ephreney.
La voz de Patrizia resonó con una serenidad que resultaba mucho más intimidante que un grito.
El Duque cerró inmediatamente la boca.
Había comenzado a hablar sobre la importancia de asegurar un heredero imperial, pero la expresión de la Emperatriz le indicó que no debía continuar.
Patrizia lo observó durante unos segundos.
Después habló.
—A diferencia de la princesa Ephreney, usted no reside en el Palacio Imperial.
El Duque inclinó ligeramente la cabeza.
—Así es, Su Majestad.
—Por lo tanto, no puedo corregir su comportamiento de la misma manera que he corregido el de su hija.
Rosemond, que permanecía cerca, apretó los labios.
El recuerdo de las dos bofetadas todavía ardía en sus mejillas.
Sin embargo, Patrizia ni siquiera la miró.
Toda su atención estaba puesta en el Duque.
—Eso no significa que sus palabras sean menos graves.
El hombre permaneció inmóvil.
—Su Majestad...
—Acaba de insinuar que existe una razón legítima para cuestionar mi capacidad de proporcionar un heredero.
Patrizia sostuvo su mirada.
—Y lo ha hecho inmediatamente después de que su hija me insultara por ese mismo motivo.
Un silencio incómodo se extendió entre los invitados.
El Duque bajó ligeramente los ojos.
Patrizia continuó:
—No ha transcurrido ni un año desde que me convertí en Emperatriz.
Su voz permaneció firme.
—Todavía soy joven.
Hizo una pausa.
—De hecho, soy más joven de lo que era su concubina cuando dio a luz.
El Duque levantó ligeramente la cabeza.
Patrizia no le dio oportunidad de responder.
—Sin embargo, tanto usted como su hija parecen extraordinariamente impacientes por determinar si puedo concebir un hijo.
Los murmullos cesaron.
Incluso los nobles que habían intentado fingir indiferencia prestaban ahora absoluta atención.
La Emperatriz inclinó ligeramente la cabeza.
—Dígame, Duque.
Su voz descendió.
—¿Cómo debería interpretar semejante insistencia?
El hombre permaneció callado.
Patrizia sonrió.
No era una sonrisa cálida.
—¿Como una preocupación sincera por la estabilidad del Imperio?
El Duque no respondió.
—¿O como un intento de cuestionar mi legitimidad delante de toda la corte?
El silencio se volvió pesado.
Patrizia sostuvo su mirada.
—Me gustaría escuchar su explicación.
Las palabras eran corteses.
Pero la advertencia que contenían resultaba imposible de ignorar.
Si el Duque continuaba defendiendo aquella conversación, la Emperatriz podía interpretar sus declaraciones como una ofensa deliberada a la dignidad imperial.
Y nadie deseaba enfrentarse a semejante acusación durante una celebración oficial.
El duque Ephreney comprendió que había llegado demasiado lejos.
Inclinó profundamente la cabeza.
—No era mi intención faltarle al respeto, Su Majestad.
Patrizia no respondió inmediatamente.
—Reconozco que mis palabras fueron inapropiadas.
Continuó el hombre.
—Le ruego que acepte mis disculpas.
La Emperatriz lo observó durante unos segundos.
Después apartó la mirada.
No tenía intención de prolongar la discusión.
Ya había dicho lo necesario.
Y, por la expresión de los nobles que la rodeaban, el mensaje había quedado perfectamente claro.
Patrizia respiró lentamente.
—Muy bien.
Su voz recuperó parte de su formalidad habitual.
—Considero que este asunto ha sido suficientemente discutido.
Nadie se atrevió a contradecirla.
La Emperatriz recorrió el salón con la mirada.
Los invitados permanecían inmóviles.
Algunos parecían incómodos.
Otros observaban a Rosemond con una curiosidad que la princesa difícilmente agradecería.
Patrizia sintió una punzada de cansancio.
Había dedicado semanas enteras a organizar aquella celebración.
Había supervisado cada detalle con la esperanza de ofrecer un Día Nacional de la Fundación digno del Imperio.
Y ahora el ambiente festivo había quedado destruido por una discusión que jamás debería haber ocurrido.
Se obligó a mantener la compostura.
—Lamento que una ocasión tan importante haya terminado envuelta en semejante atmósfera.
Su voz fue lo suficientemente clara para alcanzar a los invitados cercanos.
—No deseo que el resto de la celebración se vea afectado.
Inclinó ligeramente la cabeza.
—Les ruego que continúen disfrutando del banquete.
Después añadió:
—Con su permiso, me retiraré.
No esperó respuesta.
Se volvió y comenzó a caminar hacia la salida.
Sus pasos eran firmes.
La falda dorada de su vestido se movía elegantemente detrás de ella.
Mirya fue la primera en seguirla.
Petronilla se apresuró a reunirse con su hermana, todavía indignada por las palabras de Rosemond.
Raphaella apareció poco después y ocupó su lugar junto a la Emperatriz.
Las cuatro abandonaron el salón.
Durante varios segundos, nadie dijo nada.
Los invitados parecían necesitar tiempo para comprender lo ocurrido.
Después, los murmullos comenzaron a extenderse.
Primero fueron susurros.
Luego conversaciones cada vez más animadas.
La princesa Ephreney había sido abofeteada públicamente por la Emperatriz.
El Duque había tenido que disculparse.
Y el Emperador había reprendido a su propia concubina delante de numerosos testigos.
Era imposible que una escena semejante no se convirtiera en el tema principal de la noche.
Sin embargo, algunas personas permanecieron en silencio.
Entre ellas estaba Lucio.
Su expresión era sombría.
Miró hacia el lugar por donde Patrizia había desaparecido.
Después volvió la cabeza hacia Rosemond.
—Ven conmigo.
La princesa levantó los ojos.
—¿Su Majestad?
—Necesitamos hablar.