Allen llevó a Hana de la mano hasta un lugar donde nadie los viera, se detuvo y la abrazó con todas sus fuerzas para después besarla hasta que se le terminara el aliento.
La extrañó tanto que solo quería mostrarle que aún seguía enamorado perdidamente de ella. Inesperadamente, sintió las manos de ella empujando su pecho, intentando alejarlo.
—¿Qué sucede? —dijo, separándose. Hana tenía los ojos llenos de lágrimas, pero no sabía si eran de felicidad o de tristeza.
—Perdón, es que aún me parece irreal —dijo, abrazándolo tan fuerte que daba la impresión de que iba a romperlo.
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En la terraza donde estaban, Rebeka regresó a su mesa en silencio. Sentía que, si decía alguna palabra, cavaría su propia tumba; además, no era rival para ellas, que tenían belleza y poder. Svetlana y Diane se miraron con desprecio e intentaron seguir a Allen, pero Bambi se interpuso.
—¿A dónde van? Deberían regresar a su mesa —sugirió con autoridad.
Bambi le cuidaría las espaldas todo el tiempo que fuera necesario; así, ellos podían hablar de la manera en que quisieran.
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Allen sentía entre sus brazos la delgada figura de la única mujer que había amado. Ella también lo abrazaba con fuerza y no quería dejarlo ir, pero debía dejar algo claro, algo que estuvo pensando desde el momento en que sus labios se tocaron.
—Hana, ¿sucede algo?
—Ven… —dijo con intención de llevarlo a su habitación.
Caminaron de la mano, encontrándose con algunos invitados cerca que empezaron a chismear entre ellos sobre Allen acompañado de otra mujer. El rumor se esparció tan rápidamente que llegó a oídos de Rebeka, quien intentaba disfrutar del banquete en silencio y sin ser el centro de atención. Claro que se sentía mal; ahora la convertían en cornuda.
Hana entró a la habitación, donde Allen continuó abrazándola, llevándola directamente a la cama. Hana también quería tenerlo entre sus brazos, pero... pero cuando sintió bajar el cierre y sus manos cálidas tocándola, se detuvo.
—¿Qué sucede?
—Hablemos —pidió sin dejar de mirarlo.
Allen estaba dispuesto a escuchar, pero sabía que, cuando el tema era difícil, hablarían espalda con espalda. Ella subió el cierre de su vestido y se apoyó en la espalda de Allen.
—Te extraño —dijo él.
—Te extraño —dijo ella con intensidad.
—Quiero volver a tu lado.
—Quiero que estemos juntos —dijo ella como si suplicara.
—Quiero tocarte y decirte cuánto te amo, pero hablar así… no me da la oportunidad —dijo él.
—No quiero ser llamada la otra, ni la amante— pidió desesperada.
—Lo sé… Le pediré el divorcio hoy. ¿Estás asustada?
—No, sé que no la tocarías… Quiero estar contigo, pero no quiero ser llamada la otra. ¿Es difícil de entender?
—No… Hana, siempre estoy pensando en ti... Busqué muchas formas de anular el matrimonio. Eileen puso la condición de que Rebeka debía pedirlo, pero no lo hace sin importar cómo la trate.
—Abrázame… —pidió ella, pero fueron sus propios brazos los que rodearon a Allen. No quería dejarlo ir.
Allen también la abrazó y bajó el cierre de ese vestido. Sus manos se enfriaron mientras acariciaba su piel, pero ella no dejaba de presionar su pecho contra él; no lo dejaría avanzar más que eso. Su gentil tacto la hacía vacilar repentinamente, pero no dejaría su boca libre o sabía que iba a ceder.
—Hana… pase lo que pase… no te acerques a Franco.
—¿Por qué tan de repente? No me acercaré a él… —le dijo tranquila.
—Podemos probar nuevas poses, ¿qué te parece? —dijo, levantándole el vestido y haciendo que a ella le diera risa. Allen aprovechó su distracción para besarla. Ella tampoco se quedó atrás y empezó a desvestirlo… Lo detendría solo en caso… Lo detendría… pero era ella quien no quería parar.
Trataba de mantener la idea de que no quería ser llamada «la otra» ni la amante en su mente, pero ellos sabían que eran el uno para el otro. Hacía tanto tiempo que imaginaban estar tan cerca, sintiendo la respiración del otro, que parecía que iban a enloquecer.
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—¿Jin? ¿Ocurre algo?
—Escuché a algunos invitados decir que Allen y su exesposa se reunieron —dijo, negando con la cabeza—. ¿Tan urgidos estaban? ¿No podían esperar algunos minutos más? Además, ese Allen vino con su actual esposa.
—Jin, no eres nadie para hablar —le dijo su esposa, abrazándolo—. Apenas me viste y ahora tenemos otro bebé en camino; su reencuentro no podía esperar.
Miraron a Rebeka, quien continuaba comiendo sola. Parecía contener sus lágrimas y disimularlas con atracones de comida.
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—¿Hana, estabas bien con eso? La boda planeada por tu abuela... Cuando escuché que te llevaron al hospital y que tenía que estar presente en otra boda con una extraña… solo pensé en ti —dijo de la nada Allen, sentado en la cama solo en boxers.
Editado: 01.11.2026