24 Horas Contigo

#140.- El mundo jamas importo

#140.- El mundo jamas importo

Por la noche el bisabuelo les asignó una habitación; él estaba ansioso por ser el confidente de dos jóvenes que se aman, pero que aún no pueden estar juntos. Esperaba que algún día en el futuro pudieran pensar que están juntos porque quieren estar de esa manera y no atribuirlo a la suerte ni nada similar.

Allen sabía, porque se lo explicaron sus médicos, que un padecimiento como el suyo no traía felicidad a ninguna persona por el simple hecho de no identificar lo que siente él ni la persona de enfrente. Pensó muchas veces cómo sobrevivían las personas así, pensando que el otro entregaba más a la relación, pero Hana no parecía molesta por esa situación.

En el tiempo que habían estado juntos aprendió a leerla, pero no completamente, por lo que había muchas cosas que ignoraba de ella.

—¿Allen? ¿No me responderás?

—¿Qué? —preguntó sorprendido.

—¿Te pregunté si vamos a compartir la cama? No me molesta, pero no es correcto —le dijo tranquilamente.

—Oh, no me importa dormir en ese sofá —contestó.

Hana no había dicho nada; no se sentía cansada, pero tampoco podía sugerir ideas para tener su propio lenguaje. Sabía y entendía que Allen se rompía la cabeza para saber cómo expresarse y hasta el momento funcionaba. Aun así, si alguien se enterara de su padecimiento, ¿lo trataría igual?

—Allen, ¿mi cara qué dice?

El chico la miró. Las pupilas de Hana se veían enormes, su rostro estaba sin ninguna reacción evidente, pero sus pupilas estaban dilatadas y brillando intensamente.

—¿Ves algo que te gusta? —dijo, inseguro.

—Exacto, me gusta el hombre que hay enfrente de mí —dijo, conteniendo la risa—. Sé que es difícil y creo que tú ventaja es que no naciste así. Aún eres capaz de distinguir lo que yo siento y eso es suficiente.

—Tus palabras son grandes —la abrazó—, y si todo es condicional, es porque eres y serás la única persona que me hace actuar así.

—Lo aceptaré, lo aceptaré —contestó.

Al final decidieron acostarse abrazados y platicar. No del pasado, ni de otras personas, solo de ellos. Allen quería ir a ver la casa que construyó para su familia, quería que Hana usara todo lo que había allí y dejara de trabajar hasta agotarse. Quería que le dedicara más tiempo a sus libros, pues no solo era su trabajo, sino también su pasatiempo.

Por su parte, Hana quería que Allen dejara de fruncir el ceño; pues no quería ver arrugas tan pronto, pedía que comiera más o en un horario establecido, porque si no podría enfermarse. Esperaba que ya no pensara en sus propias dificultades y le dijera lo que sentía. Allen guardaba todo para sí y a veces Hana no podía entenderlo, pero quería escucharlo incluso si sus oraciones eran incongruentes.

Inventarían su propio lenguaje basado en dibujos, pero no cualquier dibujo. Solo debía cumplir con la condición de ser en color gris; el dibujo debía representar la emoción, solo eso. Allen pensó algunos minutos en la idea y le pareció bien, por lo que decidió intentarlo. Después le diría a Hana lo que se le ocurrió.

La noche transcurrió solo con el ruido de sus susurros. No durmieron en ningún momento, creyendo que al despertar el otro iba a desaparecer. Hana se levantó a hacer el desayuno. Sorpresivamente, había caído nieve.

—¿Podemos jugar? —pidió ella.

—Pero ponte una chamarra —dijo el bisabuelo—. Me alegro de haber resguardado todo ayer o habrían muerto mis plantas.

—Haré el desayuno, bisabuelo. ¿Qué hará hoy?

—Leeré un poco —contestó.

Hizo un desayuno rápido, limpió y después salió junto a Allen a jugar en la nieve. Iban de un lado para otro corriendo y saltando tanto como lo permitían sus piernas. Ahora que lo recordaban, en ningún momento pudieron festejar una víspera navideña normalmente, así que eso les parecía muy extraño.

Ella iba haciendo figuras de nieve que cada vez eran más grandes, mientras su chico le tomaba fotos de ella. El paisaje blanco le daba una tranquilidad que no sentía desde que sus padres comenzaron a entrometerse en su vida. Hana aún podía sonreír y, aunque él realizaba esa acción por un acto reflejo, esperaba que se viera genuina.

Hana, al verlo hacer muecas, no resistió la tentación de besarlo y se lanzó hacia él. Tiernamente besó su mejilla hasta verlo avergonzado. Si respondía a estímulos, era una buena señal.

—¿Qué? ¿Nunca te dí un beso así?

—Pues sí, pero me hiciste pensar que sería en los labios —respondió en un tono esperanzador.

—Aún no, es pronto —y lo llevó a jugar con ella.

Regresaron a la casa con la ropa mojada, así que decidieron tomar un baño. El bisabuelo comenzó a preparar su receta secreta para días de nieve como ese. Hana salió del baño y comenzó a secar su cabello; nunca había jugado en la nieve, así que fue una experiencia interesante.

—Bisabuelo, ¿necesita ayuda?

—No, ponte algo más abrigador —le dijo—. Hana, ¿sabías que en nuestra familia hay una herencia que le pertenece a cada miembro?

—Sí, y también escuché que desheredaron a Allen —contestó sin mirarlo.

—Oh, así que estás al tanto —le dijo con falsa sorpresa—. Entonces será más fácil. Hana, te nombraré mi heredera; ya he hablado con el abogado.




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