24 Horas Contigo

#111.- Traición de amor I

«Hoy… el señor Tetsuya Kanronji me ha pedido que documente sus memorias. Ha hablado toda la noche de que yo, Tatsu, debería hacerme cargo del negocio familiar; sin embargo, he tomado la responsabilidad de transmitir sus palabras a las siguientes generaciones...»

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Todo comenzó cuando el señor Kanronji Aito asumió e incrementó una deuda hecha por su antecesor con el fin de aumentar el número de naves que había a su disposición. La flota de la que disponía no podía con todo el cargamento que debía transportar a varios puertos a lo largo del país. Se vio en la necesidad de pedir grandes préstamos a familias que dependían del señor feudal. En un intento por evitar hablar de la deuda o por llegar a un acuerdo (no se tiene claro), se decidió que enviaría a su única hija a la familia Midorikawa a trabajar como sirvienta.

Su joven hija se dedicaba enteramente al hogar por instrucción de su madre, además de trabajar en campos de arroz y otros cultivos; no obstante, su padre no era consciente de ello: pensaba que se dedicaba a limpiar. Ella pasaba largas noches aprendiendo cosas nuevas sobre el mundo que apenas iba abriendo las puertas. Lo mantenía en secreto, puesto que una mujer de su edad con conocimientos que superaran el conocimiento masculino no era bien vista y podía terminar en la cárcel o condenada a muerte. Si su familia fuera más influyente, sería una mujer respetada solo por tener una buena educación.

—Satomi —dijo Ichika, la señora del lugar.

—Sí, señora —respondió con suavidad.

—Lleva esos costales de arroz a las carretas antes de que acabe el día. Saldrán de inmediato.

—Sí, señora.

Trabajar era lo mínimo que podía hacer. Satomi Kanronji ignoraba el mundo que la rodeaba y solo podía imaginar el de los viajeros, del cual se enteraba a través de un erudito cercano. A temprana edad, comenzó a trabajar allí sin mayores aspiraciones y estaba acostumbrada a las largas jornadas; sin embargo, llegando a los dieciséis años, su madre estaba preocupada de que no obtuviera una buena dote por una propuesta de matrimonio que parecía no llegar.

Cierto día, llegaron su padre y su hermano mayor de alta mar. Ambos estaban cansados y devastados, y hablaban de pedir un nuevo préstamo a alguna otra familia de gran riqueza aledaña a la zona, pues varios de sus barcos fueron destruidos por las condiciones del mar o saqueados por piratas mientras transportaban la carga.

—Padre —dijo Tetsuya muy serio—, quiero acompañarlo en su próximo viaje. Incluso si son pocos navíos, lo importante es la experiencia del marinero. Quiero ayudar a establecer la confianza en nuestra familia.

—¿Cómo crees que voy a llevar a alguien que solo sabe orinarse en los pantalones? Tetsuya, si no fueras tan débil, ayudarías en las plantaciones de arroz como lo hizo tu hermana, que, para ser mujer entendió su lugar en esta familia. No interrumpas a los adultos y ve a traer la cena —le ordenó el señor Aito Kanronji.

Esa familia tenía tres hijos: Takayuki, Satomi y Tetsuya. Era la primera generación que se dedicaba al transporte marítimo teniendo navíos propios y, junto a su hijo mayor, navegaban durante semanas con la incertidumbre de perecer ante los peligros del mar. Sus hijos menores, Satomi y Tetsuya, solo tenían un año de diferencia, mientras que Takayuki era mayor que ellos por casi diez años. Nadie sabía a ciencia cierta por qué había pocos descendientes en esa familia e, incluso, los pocos ayudantes que llegaron a tener ignoraban el asunto.

Al verse necesitado de dinero, el padre envió a Satomi, a una tierna edad, a trabajar como sirvienta para algunas familias acomodadas. Esperaba que con el tiempo pudiera obtener los beneficios de su matrimonio; confiaba en que su futuro marido pagaría bien por obtenerla.

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—Satomi, deberías estar orgullosa —mencionó su madre, la señora Bashira Kanronji —. La familia Midorikawa, que amablemente te dejo trabajar para ellos, ha aceptado la propuesta de matrimonio —reitero alegremente—. Siéntete orgullosa de dar a luz a sus descendientes.

—Madre, ¿ya no trabajaré en los campos de arroz? ¿Seré solo una señora de familia? —preguntó, sorprendida de saber que ya tenía un acuerdo matrimonial sin conocer los detalles.

—Por supuesto que no. Trabajarás de sirvienta hasta que el matrimonio se concrete —le dijo—. Ahora, ¿crees que no sé qué vas por allí con ese tipo haciéndole preguntas tontas de cualquier índole? ¿Qué dirán de ti por perseguir a un hombre?

—Madre, solo respondía a mis preguntas.

—Debes dejarlo. Tienes 17 años y aún no tienes una familia que te respalde. Eres una mujer que solo le debe devoción a su marido —comenzó a recitar—. No seas la vergüenza de esta familia. Cuando te cases con él, serás su problema, no el mío.

—¿Madre?

—Y ten muchos hijos —resaltó—. Varones. No sabes la mala suerte que trae tener una hija; con el paso del tiempo entenderás que solo nacen para pertenecer a alguien más.

—Entendido, madre.

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Días más tarde, se inauguró el primero de los hoteles en la región. Una especie de posada administrada por la familia Midorikawa, específicamente por el hijo mayor, Toshiaki. Su posada tenía varias habitaciones de tamaño similar dispuestas en un gran terreno de su propiedad; ofrecían comida tradicional y llevaban a los huéspedes a cualquier lugar que quisieran como parte del servicio. Sus principales clientes provenían de otros lugares del país o incluso eran personas que se veían diferentes a ellos.




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