24 Horas Contigo

#130.- La condición

#130.- La condición

Tras los días en el hotel, Svetlana y Julian no dejaron que Allen se quedara a solas con Hana; mientras tanto ella paseaba siempre con Bambi a su lado. Para Allen, los días habían sido agotadores, aunque ninguna de las personas que conocía lo volvió a buscar para hablar de tonterías. Hana se preguntaba si Mirei había encontrado a la persona que buscaba, pues solo por eso había faltado a la boda.

Cuando llegó el momento de regresar a sus respectivas casas, Rebeka le pidió a Allen que se fueran antes para ir a visitar a sus padres a la mansión Kanronji. Él solo medio se dio cuenta de que no había otra opción; si se negaba los vería sí o sí. El viaje fue en silencio. Allen buscaría la forma de reconquistar a Hana y divorciarse de Rebeka.

En cuanto llegaron a la casa, fueron recibidos por un mayordomo que no reconocían. Rebeka rápidamente se vio rodeada por los brazos de su madre, quien la recibió de manera cálida, diciendole desde el primer momento que la extrañó. El señor Shinichi solo dijo hola antes de regresar a su oficina. Llevaron a Allen hasta la habitación de Rebeka, que estaba decorada de una manera totalmente aniñada. Sintió repulsión y bajó de nuevo, hasta quedar lo suficientemente cerca como para escuchar la conversación de ellas. Rebeka fue directo a platicar con Eileen.

—Mami... ¿Allen de verdad es un príncipe azul?

—Por supuesto. ¿Ocurre algo? —dijo, aunque ya sabía lo que se aproximaba.

—Mamá, Allen no me mira ni me presta atención. ¿Qué debo hacer?

—Mi niña… es solo que no ha visto tus encantos —le dijo, intentando consolarla—. ¿Sabes? Para mí también fue difícil conquistar a tu padre, pero funcionó.

—Mamá, él no ha olvidado a su esposa. Está lejos de ser un príncipe ideal y ¡hasta parece un maltratador! —dijo, a punto de llorar—. Ya no quiero este matrimonio.

—No estás en posición de elegir —le dijo con desdén—. Te recordaré de nuevo lo que la vieja dijo: un nieto para asegurar la posición. Si Shinichi tiene un nieto de su hija menor, entonces la herencia será tuya.

—¡Mamá, yo no quiero! ¿Qué pretendes? ¿Qué lo viole?

—Si es la única manera, entonces sí —respondió—. Rebeka, no estás en posición de elegir. ¿No deberías pagarme lo que he hecho por ti? Eres mi niña y no te obligaría a hacer algo que no quieres, pero, incluso si se divorcian, ese futuro niño será la única manera en que tu lazo con el príncipe no se rompa.

Rebeka no replicó. Subió a su habitación donde Allen se había puesto a trabajar.

—Allen… ¿estás ocupado?

—Sí… debemos hablar del divorcio.

—No… ¿sabes? ¿Deberíamos tener un bebé?

—No, no hay forma de que eso suceda. No contigo —dijo con una voz tan fría que a Rebeka le pareció totalmente desconocida.

—¿Estás seguro? ¿Acaso no sabes cómo se hacen los bebés? —preguntó nerviosa, pero Allen tomó su celular y le puso videos educativos sobre reproducción humana. Rebeka lo miraba con atención—. ¿Es así? Parece doloroso... ¿Es solo con ese fin?

—Ah, bueno, los humanos solo lo hacen por placer… ¿Estás asustada? —le dijo, y se fue a otra habitación a continuar trabajando.

Ella pensaría por cuenta propia por primera vez en su vida. Su mamá le había dicho que ese bebé tendría la herencia, pero, entonces ¿qué ganaba ella? Escuchó un viejo rumor que decía que ella no era hija de Eileen, y que, por miedo a que descubriera la verdad, no la dejaba conocer el mundo. No podía darle demasiado crédito, pero todo podría ser parte de un fragmento de verdad.

La visita no duró mucho, pues al día siguiente regresaron a su casa. Allen envió un arreglo de flores a casa de Hana, esperando que ella se pusiera en contacto pronto. La casa estaba tranquila y Allen pensaba en ir a dormir.

—Hablemos… —le dijo antes de que se fuera a trabajar.

—Por supuesto —contestó—. Quiero divorciarme.

—No… No… No de eso… No podemos divorciarnos sin tener un bebé… Quiero tener tu bebé y después nos separamos.

—Rebeka, ¿de qué hablaste con tu madre? ¿Te dijo que debía pagarle por los años de crianza? ¿Por lo menos es tu madre verdadera? Ese no fue el rumor que escuché — respondió en tono burlón.

Ella no sabía qué decir, pero quería hablar con una voz más alta y segura.

—Mis padres pusieron como condición que solo yo podía iniciar el trámite de divorcio, así que, si no lo quiero, no sucederá.

—Sí, lo sé —contestó—, pero siempre hay una manera. Espero que no te importe ser llamada cornuda.

—¡Ella será conocida como una rompehogares! ¡Me aseguraré de que todos se enteren que ella se entrometió en nuestra feliz relación!

—Adelante, tienes mi permiso —le dió permiso, intentando provocarla—. Ambos somos adultos y podemos lidiar con las consecuencias… pero no digas que no te lo advertí.

Allen se fue a su dormitorio y, desde ese momento, por fin vivieron como extraños. Rebeka intentaba, por varios medios que él la mirara, pero él no le hacía caso. Muchas noches ni siquiera llegaba a la casa y, para ella, era estar en vela esperándolo, aunque sabía que no volvería.

Entonces pensó que sería buena idea tener una charla con su hermana Hana. Ella había sido paciente y trató de que todo funcionará, pero, si Hana estaba viéndose con Allen seguramente sería a las horas en las que se suponía que él debía trabajar. Un día, apenas lo vio llegar, y cuando ya tenía que irse, lo siguió.




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