24 Horas Contigo

#104.- El día libre

Zúrich

—¿Eh? ¿Adónde voy? —se decía mientras intentaba mirar un mapa para turistas en un punto de información.

—¿Enoko? —dijo un hombre.

—Ah, Coco... ¿qué haces aquí? —contestó Bambi.

—Te estaba siguiendo. ¿Vamos a dar un paseo? —sugirió.

—No, iré sola.

Muy temprano en la mañana, Jin les dijo que tenían el día libre. Quería que Hana y Allen se pusieran al corriente de todo lo ocurrido en los últimos meses; además, él los protegería mientras estuvieran en el hotel. Bambi estaba en contra, pero no pudo hacer nada ya que las órdenes de Jin eran absolutas.

Coco tenía que empezar a hacer cuentas de todos los movimientos que habían hecho los chicos de Koban, pero no tardó mucho, así que se dedicó a conocer las calles. Su aspecto intimidante llamaba mucho la atención así que entró a una cafetería para pasar el rato hasta que vio pasar a Bambi, tal cual un ciervo asustado.

Bambi caminó, caminó y continuó caminando hasta no saber dónde estaba. Coco iba detrás de ella como si fuera un acosador hasta que alcanzó su paso. Ella rara vez tenía un día libre así que no sabía qué hacer. Su traje hermosamente planchado y su nulo maquillaje la hacían ver como una guardia de seguridad; algo extraño en esa ciudad, pero común en películas de acción. No podía evitar llamar la atención por donde paseaba.

—Enoko, si no te molesta... ¿podemos comer algo? ¿Qué tal allí? —apuntó hacía un restaurante local.

—Pero tú pagas tu consumo —accedió.

El lugar parecía bastante elegante, pero Coco fue recibido como un habitual. Enoko lo siguió hasta la mesa. Le parecía extraño; a veces le causaba curiosidad y otras solo quería alejarlo de su vista. Coco pidió la recomendación del chef. Solo hasta ese momento, Bambi se dio cuenta de que no sabía nada sobre la etiqueta del lugar. Ni siquiera había visto cómo estaba puesta la mesa.

—¿Me trajiste aquí para burlarte de mi ignorancia?

—No, lo busqué en línea y este lugar es popular — contestó—. ¿Estás bien? Pareces algo rara, bueno, más de lo usual.

—Hmmm, bueno, nunca había tenido un día libre y no tengo pasatiempos. Quizás ni siquiera soy humana; no encuentro nada que llene mis días.

—Puedes empezar ahora —comentó él, después de que no le discutiera su comentario—. ¿Hay algo que quieras saber?

—Quiero saber de qué hablarán Hana y ese muchacho —murmuró de repente, haciendo que Coco soltara una risita burlona—. ¿Qué?

—Enoko, es obvio que no van a hablar, al menos no con palabras; es otra forma de decir que tendrán sexo.

Bambi se sonrojó.

—¿Y cómo lo iba a saber? —contestó molesta. Se sentía como una tonta. No comprendía la manera de comunicarse entre las parejas.

—Ok, ya no me reiré —respondió, conteniendo la risa—. Me cuesta entender que no sepas muchas cosas del mundo. ¿Por qué es así?

—La anciana solo nos entrena para protegerla e instruye en medicina para cuando sea necesario. No más cosas. Ni siquiera lo entiendo.

—¿Y tus amigos?

—Yo no tengo amigos —respondió.

—¿Los llevó a buenos restaurantes?

—Creo que llevaba a la casa a los mejores chefs; sin embargo, es difícil saberlo porque nosotros comíamos en otro lugar. ¿Y tú? ¿Qué tal te trata ese hombre?

—Bien, supongo. Soy su subordinado, pero nos lleva a buenos restaurantes, a buenas tiendas, la paga es demasiado alta y casi no trabajamos. Es como el lugar soñado, pero te puede costar tu libertad o la vida.

—Suena bien… El señor Midorikawa me pidió trabajar con él, pero ni siquiera sé qué hacer con mi vida… quizás nada.

—Pues te has vuelto bastante habladora.

Sirvieron la comida.

—¿Por qué no dejas ese trabajo y haces otra cosa?

—¿Estás loca o qué? Yo nací para hacer dinero. No me imagino haciendo otra cosa en esta miserable vida. Puedo gastar en lo que quiera y obtener beneficios, ¿por qué lo dejaría?

—Yo… bueno… solo… decía… lo que sea —y se puso a comer.

Terminaron de comer en silencio, pagaron y continuaron por el mismo camino. Bambi no sabía qué le gustaba y que no; para ella era normal que le dictaran ciertas reglas porque siempre había crecido de esa manera. Miraba de reojo cómo Coco compraba cada cosa que le parecía espectacular.

—Oye...

Coco miraba relojerías. Quizás uno con diamantes no estaría mal.

—Oye...

Se detuvo a ver a unas chicas que iban pasando, quienes también lo miraron extrañadas.

—¡Hajime! —alzó la voz Bambi.

Coco giró la cabeza de manera tenebrosa solo para mirarla. De alguna manera, estaba molesto porque le llamarán así, pero también sentía una confianza hacia ella que se lo permitía. A veces resultaba contradictorio.

—¿Qué?

—Hmmm, vamos a ver más tiendas.

Bambi, como no podía deshacerse de él, entonces lo llevó consigo. Entraban a lugares que le llamaban la atención, pero no había forma de que comprara algo. No podía; se bloqueaba al pensar en que podría gustarle o qué podría odiar.




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