En algún lugar de Alemania
—¿Entendiste, Frederick? No me hagas repetirlo en más ocasiones.
—Lo entiendo, abuelo. Dejaré que regrese y trabaje en la sede de la firma Midorikawa.
—No me iré hasta que lo llames y le digas todo lo que te dije.
—Sí, abuelo.
Allen estaba en su oficina cuando recibió una llamada de su padre, quien le pedía que fuera inmediatamente a la casa pues había un asunto muy urgente del que hablar. Cuando Allen llegó, Rebeka estaba allí. Estaba seria, pero él no le dijo nada.
—¡Bisabuelo! ¿Viniste de visita? ¿Cómo estás?
—Lo siento —dijo el anciano, y añadió—: Por favor, escucha a tu padre.
Frederick no quería hablar. No quería decirle nada, pero tampoco podía contradecir a su abuelo. El anciano, que aún dirigía la familia, estaba encerrado en su oficina, negándose a hablar con cualquier persona que lo molestara.
—¿Papá? ¿Es urgente? Necesito terminar mis deberes de hoy o no podrán avanzar los proyectos.
—Allen, puedes regresar a Japón.
—¿Qué? —contestó incrédulo— ¿Tú me das permiso?
—Sí. Tu bisabuelo quiere que te deje regresar.
—¿Y hay condiciones? ¿Me seguirás vigilando? ¿Hay algo de lo que me estoy perdiendo?
—Pues te seguiré vigilando, es evidente, pero tú ya no perteneces aquí. Fuiste expulsado de la familia, así que vete.
—¿Al menos comprendes el significado de «expulsado»? Creo que tú eres el que no quiere que me vaya —dijo molesto—. Vas y jodes cada cosa que hago: mi vida, mi relación y a mi esposa.
—Allen… —empezó a hablar el anciano—. No quiero pedir que los perdones por el daño hecho; sin embargo… que puedas volver a ese país, significa que puedes recuperar tu sonrisa. Él solo es una víctima al igual que tú. Mientras sean peticiones tuyas, ellos están dispuestos a obedecer.
—Gracias, bisabuelo, pero incluso si me voy, no dejarán de vigilarme. Él no es muy diferente a como actúa el señor Kanronji. ¿Crees que sobreviviré a este tipo de vida?
—Sí, porque volverás a ver a esa chica que tanto hizo revolotear tu corazón.
La conversación terminó y salieron de la casa. Parecía increíble que lo dejaran volver de la nada. Rebeka iba muy callada. Allen ya tenía en mente dónde viviría. Llegó a su casa y comenzó a empacar sin perder el tiempo; incluso olvidó que tenía trabajo pendiente. Rebeka también estaba empacando. Aunque no compartieran los mismos sentimientos, no podía dejarlo. Legalmente, eran un matrimonio, aunque ella no existiera para él.
El día en que subieron al avión, Allen dijo que quería una casa normal y sin servidumbre. Si Rebeka quería vivir con él, entonces debía acostumbrarse a hacer todo por sus propias manos. Frederick aceptó a regañadientes. Él ya no ganaba nada, pero intentaría salvar la dignidad que le quedaba.
Durmió durante todo el vuelo. Rebeka estaba sentada en una fila distinta. Su madre la había engañado: él no era un príncipe y, por lo que escuchó, no tenía dinero para vivir sin trabajar, pero no podía dejarlo; simplemente no podía.
Al llegar, un chofer los estaba esperando. Allen se dio cuenta de que, aunque pudiera ser libre, no lo sería totalmente. Aún habría guardias a los que él podía ordenar, pero que no estaban obligados a obedecerlo. No tenían servidumbre y la casa era mucho más pequeña que la que él construyó para vivir con Hana. Esperaba que Rebeka se sintiera incómoda y, por fin, se fuera por su propio pie. Ahora estaba en territorio de los Kanronji, por lo que sus movimientos serían más limitados.
—Allen —comenzó a decir Rebeka.
—Estoy cansado, iré a dormir. Puedes elegir...
—¡No! Quiero compartir el dormitorio. ¡Somos marido y mujer! —se quejó—. ¡No me ves! No me tratas mal, pero tu indiferencia es como si me golpearas.
—Te lo dije: eres aire que no puedo respirar. No esperes nada porque no te daré nada. Buenas noches.
Rebeka acomodo la casa en silencio y sola, según su gusto. Estaba segura de que Allen no diría nada. Su suegro fue muy amable al comprarles muebles para darle un aspecto más principesco y al enviarles dinero para algunos gastos. Todavía quedaba el asunto de la herencia que le correspondía a Allen solo por ser su descendiente. En la habitación que eligió, Allen pensaba en si leer el librillo que le entregó su abuelo o esperar a que se reuniera con Hana para leerlo. Estaba confundido al estar solo en un lugar sin vigilancia directa como ese.
Por la mañana, Allen se levantó primero y preparó un desayuno ligero. Tenía que ir a conocer al personal que trabajaría junto a él, además de saludar al señor Midorikawa. Dado que terminó a duras penas su estancia en el extranjero, necesitaba aprender y esforzarse más que los demás. Esperaba que, al estar cerca, pudiera enterarse de algo que estuviera haciendo Hana.
❀❀❁❀❀
—¿Cómo está Bambi? —preguntó Mirei.
—Mal, sigue en la habitación. Le dejo comida, pero apenas la prueba… me preguntó qué habrá sucedido —contestó Hana—. ¿Te importaría vigilarla? Sé que estás ocupada con el bar y buscando a Akira, pero también tengo que trabajar, ¿sí?
Editado: 11.10.2026