Hana durmió mucho más de lo que dormía en casa y se dio cuenta espantada de que ya había salido el sol. Al levantarse rápido, se mareó y terminó en el suelo, alertando a los demás habitantes. Lara subió a ayudarla.
—¿Estás bien?
—Sí, ¿por qué no me despertaste? Pude haber ayudado en algo —le dijo.
—Oh, no, no, no —respondió—. Vamos de compras hoy. El vestido que escogí para ti dejará tu piel al aire y creo que aún no quieres mostrarla, ¿verdad?
—Es verdad —dijo, aceptando su ayuda y bajando a desayunar. Lara era la última que comía y después iba a trabajar; sin embargo, esos días pidió licencia de ausencia. Quería que su cuñada no pensara más en lo que pudo haber sido.
El hijo mayor de Renato, Gustav, asiste a la secundaria y aún no toma ningún rol relevante en su familia. No hace apariciones públicas ni nada similar; es solo un adolescente común, mientras que los pequeños tendrían que ser cuidados en la tarde-noche por niñeras de la familia, pues Lara debía estar presente en el evento. Hana los miraba durmiendo. Anhelaba que un día llegara a vivir ese momento.
Lara y Hana fueron de compras. No había ningún vestido que no tuviera escote, los pocos que estaban cubriendo cada parte de su piel parecían el último grito de la moda hacia dos siglos atrás. Hana no temía mostrar sus cicatrices, pero los protagonistas de la cena debían ser Renato y Lara, no ella. Buscaron durante algunas horas hasta que encontraron algo adecuado.
Por la noche, les dieron la bienvenida a la mansión Kayser. Lo único que sabía Hana era que tenía excelente seguridad para que nadie revisara las habitaciones privadas. Renato empezó a recibir a los invitados y Lara los ayudaba a llegar a su mesa; si mal no recordaba, esa familia también hacía generosas donaciones a distintas causas.
—Mira, Allen, sueño con tener una mansión así —dijo Svetlana—. ¿No es hermosa?
—Sí, ajá —le respondió.
Desde el día anterior en que llegó, Svetlana lo siguió a todos lados. Lo recogió del aeropuerto y lo llevó al hotel donde hizo la reservación. Cuando iba saliendo rumbo a la fiesta, ella apareció y lo subió a su auto. Estaba más fastidiosa de lo usual.
—Bienvenidos, Svetlana y ¿Allen? —dijo Renato al saludarles—. Qué sorpresa. Creí que de la familia Til-Shiroyama solo habían invitado a tu bisabuelo.
—Represento a la firma Midorikawa —respondió tranquilo—. ¿Dónde está mi bisabuelo?
—Lo dejé con una buena acompañante —contestó—. Svetlana, creí que este año vendrías con Rubens.
—No, esta vez intentaré conquistar a mi humilde acompañante.
—Buena suerte con eso —dijeron Lara y Renato.
Allen llevó a Svetlana del brazo al menos dos metros antes de dejarla y buscar a su bisabuelo. No sabía qué hacía allí; Jin lo había obligado a ir y Svetlana tenía ese mismo propósito. Caminó un poco hasta que escuchó una risa que conocía bastante bien y se dirigió hasta ella.
—Entonces —continuaba platicando el bisabuelo—, cuando mi escritorio se rompió, pedí que la madera se cortara en pedazos iguales para hacer figuras talladas tal y como quería mi esposa.
—¿De verdad? Pero si le gustaba tanto su escritorio, ¿por qué dejó que sucediera algo así?
—Por eso, Hana. El valor de las cosas es solo por los recuerdos que hay en ellas, pero mi querida esposa quería que se aprovechara hasta la última pieza de su material. Cuando estés libre, ven a visitarme; te daré un pedazo de esa madera para que talles alguna figura.
—Por supuesto, estaría muy agradecida.
—Bisabuelo, parece que te diviertes —dijo Allen, acercándose—. Tú también, Hana.
Hana sonrió tanto al escuchar su voz que sus ojos se empañaron. Quería correr a sus brazos y abrazarlo.
—¿Señorita Hana?
—Lo siento, parece que mi maquillaje se va a correr —dijo, secándose las lágrimas que se le escaparon.
Allen la tomó de la mano y le dijo a su abuelo:
—Abuelo, tal como lo dije, ella es la única mujer que he amado. Por muchas causas estoy lejos de ella, pero le prometo a ella, contigo como testigo, que volveremos a estar juntos.
Hana se sonrojó y ocultó su rostro detrás de su bolso. El bisabuelo sonrió y se tapó los ojos.
—¡Ay! ¡Dos palomitas enamoradas! No veo, no veo —les dijo, conteniendo una sonrisa.
Los tres rieron. Lara los acomodó en una mesa para que continuaran su conversación. Según el bisabuelo, era al único evento que asistía, pues cada vez que podía apoyaba a los más necesitados. Sus hijos y sus nietos no lo hacían y culpaban a esas personas por haber nacido en esa situación, pero el bisabuelo los trataba a todos por igual, esperando que sus esfuerzos se vieran recompensados.
Allen ayudó a Hana a retocar su maquillaje. Ella se negó, pero, después de mucha insistencia, accedió.
—Hana, tienes unas ojeras terribles.
—¡Tú también! ¡Come más en casa, pareces esqueleto!
—Sabes, además de que no tenía idea de que estarías aquí, pensé que tal vez podía verte cuando vi a Renato.
—¿Eso qué significa?
Editado: 01.11.2026