Nació y creció en Italia.
Para ser más exactos, nació en Urbino; cuando solo tenía cuatro años, se mudó junto a su madre, hermanos y tías a Roma. Desde muy temprana edad, sabía que era diferente; sus tías lo remarcaban mucho, diciendo que era producto de un adulterio. Su madre tenía tres hijos y dos hijas, incluyéndola.
Pese a las críticas que recibía de la familia, pronto descubrió su gran talento para la interpretación, así que convenció a su madre para ir a audiciones. Como era evidente, nadie creyó en su talento, pero de cualquier manera la llevaron; probablemente, si alguien especializado la rechazaba, dejaría de pedir cosas imposibles. Sin embargo, muchos quedaron maravillados con su actuación natural; aunque tenía fallas técnicas asistiendo a una buena escuela de artes interpretativas podría mejorar. Su madre accedió con la condición de que el 75% de su sueldo fuera para la casa. La pequeña Dalia aceptó.
Pasaron los años hasta que un hombre bien parecido, que les recordaba a los mayordomos de las películas o que aparecían en historietas, se presentó en su duodécimo cumpleaños. Quería hablar con la señora Matina. Le pidió amablemente que la hija que tuvo con el fallecido señor Midorikawa viajara con él para conocer a la familia.
Dalia, hasta ese momento, no se había preguntado por qué no tenía padre. Su madre mencionó que fue una aventura de una noche; sabía qué hacía mal al mencionarlo, pero no midió las consecuencias. Cuando su marido se enteró, la dejó mientras estaba embarazada de su hijo más pequeño. La mujer confesó que jamás preguntó su nombre ni nada, que solo sucedió.
El mayordomo después de comprobar que era la hija de su fallecido amo y con el permiso de Matina, la llevó hasta la casa principal. Después de pasar toda su vida en una casa pequeña con una multitud, ahora viviría en una casa grande solamente con los abuelos.
No era tan fácil como había soñado; Dalia tuvo que prometer aprender todo lo necesario para pertenecer a la familia, pero sin dejar su carrera como actriz. Enfrentó duras críticas, pues sus habilidades no eran nada del otro mundo; no sobresalía en talento ni en belleza. Sin embargo, poco a poco fue llamando la atención hasta que los reflectores solo la miraban a ella.
Continuaba mandando dinero a su familia, hasta que un día comenzó a recibirlo de vuelta. Su familia materna no quería ayuda caritativa y tampoco «dinero sucio», pues los últimos trabajos de Dalia parecían ser solo para adultos. Cuando los visitó, escuchó de los vecinos que su madre le había dejado a su esposo la custodia de los pequeños y se fue en medio de la noche.
Sus dos hermanos mayores trabajaban, pero no le dirigían la palabra. Dalia parecía molestarlos solo por usar ropa hecha con mejores hilos, zapatos con mejor cuero y joyas que solo aparecían en revistas. Ellos no podían permitirse esos lujos solo para ayudar a su familia a sobrevivir. Matina le dijo muchas veces que ya era lo suficientemente mayor para tomar un camino y dejar de depender emocionalmente de ellos.
Dalia regresó destrozada a su casa.
Solo tenía dieciocho años. Sus abuelos le dijeron que, al ser hija ilegítima, le darían la opción de tener un matrimonio arreglado o ella misma debía elegir a un prospecto entre una lista selecta de hombres con su mismo estatus que ella. Dalia aún no quería casarse, pero era cuestión de tiempo para que ellos decidieran en su nombre.
Una tarde acompañó a sus familiares a un funeral.
La persona afectada acababa de perder a su amada esposa y estaba inconsolable. Dalia jamás había visto a alguien tan triste; no era la mejor comparación, pero en su casa siempre había risas. Tenía que consolarlo; su corazón se partiría si lo veía derrumbarse de esa manera.
Después de que despidieron a la hermosa mujer, Dalia sabía que no había forma de ganarle en belleza: tenía una apariencia exquisita con elegancia natural. No era tonta, ¿cómo podía pensar en ese hombre recientemente viudo como un pretendiente potencial? De cualquier manera, le comunicó a su abuelo su decisión, y este le dijo que dejara las charlas de adultos a él.
Su fama iba en aumento hasta ser reconocida como una actriz excepcional de la nación. Mientras grababa algunos comerciales, su abuelo le dijo que preparara sus maletas, pues se mudaría a la mansión Kanronji para tener un entrenamiento de esposa. La anciana de la familia había aceptado que fuera la nueva señora de la casa.
Su siguiente impresión de Shinichi fue extraña. Lo veía trabajar hasta muy tarde cada día y se levantaba antes del amanecer, ni siquiera estaba segura de que descansara adecuadamente.
Su futura suegra, Asahi Kanronji, le enseñaba todo lo que sabía sobre mantener una casa a flote. También le enseñó a cocinar, lavar ropa, hacer presupuestos, limpiar, planchar y, lo más importante, jamás descuidar sus deberes de esposa; no precisamente como amante, sino también como apoyo moral.
Dalia trataba de aprender todo sin descuidar nada; además, debía entender algunas de las reglas que mencionaba la señora Asahi. Esa familia valoraba mucho las enseñanzas que se transmitían de generación en generación y que no se modificaban solo porque sí. Fueron los cuatro meses más difíciles que había experimentado.
Durante su estancia en esa casa, escuchó de la servidumbre que la anterior señora de la casa enfermó por las estrictas y absurdas reglas que Asahi imponía. Ya no era la señora; solo la llamaban Asahi como una especie de rebeldía. Le platicaron que, cuando llegó la joven señora Aurora, tenía en su vientre al heredero de la familia, pero después de algunas disputas, menciones sobre los descendientes de sus otros hijos y cuidados especiales, solo se enteraron de que el bebé había muerto dentro de la madre. No pasó mucho tiempo para que Asahi presionara a la joven ama para tener más hijos, pero ninguno de sus intentos funcionaba. Ambos estaban muy estresados y su matrimonio se estaba derrumbando. En una familia donde los mayores creen que los demás solo son herramientas, ellos estaban condenados a sufrir de la misma manera.
Editado: 20.09.2026