Editorial Kiki
—Kanade, tu primera asignación es la escritora Hana Til. Generalmente, nos reunimos aquí, pero últimamente ha pedido que las reuniones sean en su casa. Es una chica muy seria pero trabajadora; espero que puedan tener una buena relación como editor y escritora.
—También lo espero —señaló Kanade.
Mientras cursaba la universidad, su madre le sugirió que, si tanto le molestaba recibir dinero de Hana, entonces podía buscar un trabajo que pudiera realizar desde casa. Natasha también trabajaría, así que ella, como abuela, podía cuidar del pequeño uno o dos días a la semana. Natasha dijo que sí de inmediato y se presentó con un estilista para trabajar con él, mientras Kanade iba a una editorial.
Por su parte, Yuji les había entregado el dinero a sus padres quienes lo aceptaron de mala gana. Desconocían de dónde salía, aunque confiaban en que su hijo no había hecho nada ilegal. Con su conocimiento, ese dinero lo usarían para montar un negocio pequeño esperando no pasar hambre.
Yuji aún se sentía devastado, pero no podía culpar a nadie. En los buenos negocios, también hay malas administraciones, y sus padres lo veían así, no era culpa de nadie más que de ellos.
—¿Qué piensas? —preguntó Keira.
—En cómo puedo ganar más dinero —dijo de repente—. Me siento inútil porque mis padres lo han perdido todo, pero ni siquiera están molestos.
—Creo que eres tú el que los ve bien. Claro que están molestos, pero saben que pueden comenzar de nuevo; no muchas personas pueden hacer eso —comentó Keira—. ¿Vas a llevarme al aeropuerto o me voy sola?
—Te llevaré. En invierno, yo iré a verte.
—Ok —sonrió conforme.
❀❀❁❀❀
—¿Bambi, estás bien? —preguntó Hana.
—Sí, me dolía un poco la cabeza, pero ya me siento mejor —contestó— Hana, escuché que Jin quiere traer a Allen a trabajar a su compañía.
—Eso es bueno; siempre soñó con ir a trabajar allí —contestó, recordando con una media sonrisa—. Me voy al trabajo.
Hana actuaba como si las cosas volvieran a la normalidad, pero no negaría que estaba más tranquila al saber que él estaba bien. Bambi quería decirle de alguna manera que se animara, que ellos iban a encontrar una solución. Hana aún no se daba cuenta de que Bambi ya sabía que lloraba por las noches y, en algunas ocasiones, ni siquiera podía dormir; por lo que bajaba la hinchazón de sus ojos con hielo mientras sonaba la alarma que le indicaba que debía levantarse.
Cuando Bambi quiso platicarle a alguien, a su mente solo vino Coco, quien en ese momento estaba trabajando. Le envió un mensaje y él respondió enviándole una dirección, además de pedirle algo de comer. Bambi compró algo de comida antes de llegar a la oficina.
Al entrar al edificio, se sorprendió de lo normal que se veía, como cualquier otro lugar con oficinas. Subió hasta el piso que él le indicó; antes de abrir la puerta, revisó que su aspecto no fuera extraño ni sucio, además de que su ropa no se viera mal. Entró.
El hombre que ella conocía y el que estaba enfrente parecían distintos. Estaba seriamente haciendo cuentas y destinando dinero... se veía tan concentrado que le saludo con un pequeño gesto, indicando que estaba por terminar.
Se sentó en el sofá.
—Lo siento. ¡Qué milagro que me envíes un mensaje! Creí que no tenías un celular.
—Lo tengo, pero casi no lo uso —respondió—. Traje la comida que me pediste.
—Excelente —contestó. Se levantó para tomarla y entró a la oficina de atrás, donde ella supuso que había más personas. A su regreso, llevaba algo de dinero—. Toma, conociéndote, me ibas a cobrar.
—Ah sí… —Por un momento se sintió decepcionada. ¿Así la veía él?
—Enoko, ¿por qué me buscabas? —dijo en un tono desinteresado—. ¿Solo preguntabas si te podía ver? ¿Sucede algo?
—Hana está deprimida; ya no sé cómo ayudarla —¿por qué hablo de ella?—. Quería saber si puedes darme algunas ideas para animarla.
Coco la miró. No sabía leer muy bien a las personas, pero Bambi parecía estar algo molesta. Cuando mencionaba el problema de Hana, ella apretaba sus dedos contra su rodilla como si estuviera incómoda, arrugando su ropa.
—¿Quieres que salgamos a caminar?
No esperó respuesta y salió junto a ella.
Cuando iban caminando por la acera, el aspecto de Coco hacía que las miradas se posaran en él como si fuera peligroso o famoso. Bambi no lo había notado porque estuvieron en un país extranjero; allí, con solo verte como turista, llamas la atención, a diferencia de estar aquí, donde cualquier aspecto fuera de lo usual levanta sospechas.
—Coco…
—¿Qué te parece si le compras algo que perdure? —sugirió después de ver un local—. Ella, posiblemente, no quiere hablar porque su cabeza está llena de palabras que no puede decir; también quiero suponer que tuvo algún bajón emocional y se puso a llorar.
—Si —contestó ella, sintiendo sus uñas contra la palma de su mano.
Coco, como si estuviera acostumbrado, la tomó de la mano y continuaron caminando.
Editado: 11.10.2026