Rebeka pensó mejor lo que haría y, dos días más tarde, fue al hotel donde Hana trabajaba. Escribió los puntos más importantes que quería decirle y esperaba que pudiera escucharla.
Allen la vio salir, pero no le importó hacia dónde iba; quería acelerar la manera de hacerla sentir incómoda y pedir el divorcio. Rebeka sabía lo que él pensaba, pero necesitaba platicar con su hermana antes de tomar una decisión. Apenas se estaba dando cuenta de que el mundo era aterrador y de que no tenía armas para enfrentarlo.
Durante el descanso de Hana, ella comenzó a comer hasta que Marion la interrumpió.
—¿Sucede algo?
—Tu hermana menor está aquí —le avisó.
—Tonterías… No tengo ninguna hermana —respondió y siguió comiendo.
Regresó a su lugar y, en la recepción, había una señorita que se veía muy tierna y a quien inmediatamente reconoció como Rebeka. ¿Qué diablos quería si nunca habían cruzado ninguna palabra?
—Gina, ¿quién es esa?
—No sé, pero dijo que quería hablar contigo y que esperaría hasta que terminara tu turno —le explicó.
—Parece que tiene mucho tiempo libre — comentó.
Rebeka se sentó allí sin hacer ningún ruido ni movimiento innecesario; incluso llevó un libro de cuentos para leer mientras esperaba. Las personas que estaban a su alrededor comenzaron a hablar entre ellas, señalandola como una adulta que no aceptaba ese rol. Ella escuchaba cada palabra y apenas podía ocultar sus lágrimas. Su madre la hizo esperar algo que jamás sucedería.
—Señorita huésped —dijo la recepcionista Gina— le pido, por favor, que se retire si no va a alquilar una habitación.
—Espero a...— empezó a decir, mirando a su alrededor. Hana ya no estaba en la recepción ni en ningún otro lugar cercano—. ¿Dónde está la señorita Kanronji?
—Terminó su turno hace dos horas —le dijo—, pero no dejó ningún mensaje para usted. ¿Se conocen?
Rebeka se disculpó por molestar en ese lugar y salió. Según su investigación, ella también trabajaba en un café a dos calles de ese sitio. Caminó mirando a su alrededor, y la gente la confundió con una niña perdida. Llegó a su destino, pero Hana no estaba allí. Entró y se dirigió a un empleado:
—¿Dónde está Hana Kanronji?
—Hoy no viene a trabajar… —contestó sorprendido.
Rebeka salió. Hana no se escondería de ella para siempre.
La situación se repitió por varios días. Empezó a ir con Allen a la firma Midorikawa; tenía la sospecha de que ellos se contactaban y se reunieron allí, donde todos eran testigos capaces de reconocerlos y guardar el secreto. Era solo que le querían ver la cara de tonta.
Esperando que Allen dejara su celular para revisarlo, aprovechó cuando él fue a una reunión con otros arquitectos. Ella tomó el celular y empezó a ver los mensajes y llamadas.
—¿Qué haces? ¿Quién te dio permiso de revisar mi teléfono? —preguntó Allen al verla. Había regresado por su celular, pues era parte importante de su trabajo; allí guardaba todo lo que hacía de trabajo extra.
—¿Estás viéndote con Hana?
—Te pregunté por qué revisas mi teléfono —repitió molesto—. ¿No me dirás la razón? ¿O debo llamar a la policía y decir que eres una espía corporativa?
—¡Soy tu esposa! —alzó un poco la voz.
—Es un matrimonio que no pedí. Yo no te considero como tal...
Rebeka salió molesta.
No podía decir si era casualidad o solo una coincidencia, pero distinguió a Hana saliendo de otra oficina. Iba vestida con un traje y despidiéndose de las personas. Esa fachada no la engañaría. Lanzó su bolso después de tomar unas tijeritas que siempre cargaba en un neceser, caminó hasta Hana e intentó cortarle la cara. La reacción de Hana fue rápida y solo le arañó el brazo. Rebeka la golpeó como pudo; una amante, solo era eso, una amante, y ella debía enseñarle su lugar.
Los guardias de seguridad la sujetaron. Mientras Allen revisaba las heridas de Hana, Rebeka comenzó a llorar, gritar y patalear. No podía creer lo que veía. Nadie le prestaba atención; incluso una perra era más importante que ella. Al espectáculo se unieron el editor de Hana y un empleado de ese lugar.
Jin se aseguró de que le dieran un tranquilizante a Rebeka. Hana fue revisada por el médico del lugar, quien le sugirió un descanso de dos semanas sin excusas. Allen fue llamado por el comité disciplinario y sancionado.
—Lo siento, lo siento, lo siento —decía una y otra vez Kanade—. Si no te hubiera traído hoy...
—Kanade no fue tu culpa. Tenía que hacer la entrevista hoy —contestó Hana para tranquilizarlo. La editorial Kiki y la firma Midorikawa habían acordado una entrevista como material de investigación para su nuevo libro. Hana no había visto a Allen y ni sabía que Rebeka estaba allí.
Unos minutos más tarde, cuando Rebeka se calmó, le pidió a su guardia que la dejara ver a Hana para llegar a un convenio, sin tener que recurrir a ningún equipo legal. Hana tuvo que acceder; probablemente sintió que sería la mejor opción.
Las dejaron en una habitación que no tenía ningún mueble. Hana la esperaba y quería terminar con el asunto rápido. Rebeka entró; no llevaba nada consigo, por si volvía a atacar. La puerta no estaba cerrada y, para más seguridad, los guardias estaban cerca de allí.
Editado: 01.11.2026