Al comunicar la noticia, todos en la familia se emocionaron excepto el anciano; Dalia no sabía cuál era la causa que provocaba ese disgusto.
Shinichi adelantó la boda lo más posible. Sin embargo, ahora los criticaban por comprometerse estando ella embarazada para que se quedara sin opciones. Entonces, la frase de «para el amor no hay edad», ¿dónde quedaba si ella solo buscaba su fortuna?
Dalia no solo tenía que vivir en una casa llena de reglas, sino que también debía ser juzgada por querer ser feliz. Era difícil; se suponía que el día más feliz de su vida se había vuelto el más estresante. Ni siquiera recordaba qué sucedió con exactitud; sólo transcurrió como estaba previsto.
Cuatro meses después de su boda, nacieron los mellizos: Nikki y Renato.
Dalia sabía que no había amor correspondido; ese enlace fue un escape a la realidad y cumplió su función como cualquier otro ser humano. Shinichi trabajaba tanto que, además de cargarlos de bebés, no les dirigía nada de afecto ni alguna palabra dulce.
Tampoco para ella fue fácil, pues Asahi les quitó a los niños para criarlos ella misma. Dalia se opuso y empezó su guerra fría contra su suegra. Dalia tomó un descanso de su trabajo, pero Asahi no le permitió ver a los niños hasta que pudiera cuidarse por sí sola. De alguna manera, ejercer ese tipo de control la mantenía a raya; sabía que no era bienvenida aunque le dio lo que más quería.
En las noches cuando veía a Shinichi, le pedía y rogaba que hablara con la vieja loca para que le regresara a sus pequeños. Él solo respondía que sí, pero no hacía nada para remediarlo.
Pudo ver a sus hijos hasta que cumplieron los tres años. El cariño que no les dio se vio sustituido por reglas expresadas en palabras que ellos no conocían. Molesta, le gritó muchas veces a Shinichi por no hacer nada, hasta que él por fin le dio una respuesta:
—No estás lista para ser madre.
Dalia le demostraría lo contrario. Alejó a sus hijos de su loca abuela y empezó a borrar todo lo que habían aprendido de ella. Quería que crecieran con todo lo que ella no tuvo y, le gustara a Shinichi o no, les enseñaría bien.
Su relación comenzó a prosperar, pero al mismo tiempo estaban cansados del otro. Shinichi empezó a ponerle atención ahora que llegaba a la vejez, mientras que Dalia estaba ansiosa por regresar a las cámaras.
Justo cuando anunció que tendrían otro bebé, la anciana le recordó que los mellizos no iban a heredar nada y que de su cuenta corría que tuviera un niño. Dalia no entendía qué sucedía y empezó a sentirse nerviosa; no olvidaba lo que le habían platicado sobre la vieja esa, por lo que tenía miedo por ella y por su bebé.
Shinichi también cambió cuando jugaba con los niños, dos pequeños muy inteligentes y cariñosos que parecían haber olvidado sus primeros años de vida. Intentó cuidar de Dalia durante su embarazo; sin embargo, ella cada día estaba más débil y alerta ante cualquier ruido o visita inesperada.
Llegó el día en que nació Hana. Dalia estuvo mucho tiempo inconsciente y Shinichi fue el primero en cargar a la niña recién nacida, dirigiéndole una mirada que difícilmente aparecía en su rostro. Mientras daba prioridad a otro asunto como el cuidado de su débil esposa, su guardaespaldas le avisó que se habían robado a la bebé de la sala de recién nacidos. Shinichi ordenó que la buscaran hasta encontrarla.
Dalia, al enterarse, acusó deliberadamente a su suegra de dañar a su pequeña hija. Fueron horas angustiantes. Dalia se quería unir a la búsqueda, pero no la dejaron. Esa década en la que estuvo muy obediente se había acabado.
—Quiero el divorcio —pidió—. Divórciate de mí... ni siquiera me amas... ¡¿Por qué debo ser la única que sufra en esta familia?!
Dalia estaba enloqueciendo poco a poco; no le importaba si le regresaban a Hana o no, pues estaba segura de que su suegra la tenía. Tres días después, la bebé regresó a los brazos de Shinichi. Dalia ni siquiera la había visto. De repente, le pareció solo un bebé extraño en esa habitación.
—Shinichi, respeté tus deseos todos estos años —comenzó a decir Dalia—, y sé lo que le pasó a tu anterior esposa. ¿Podrías, por favor, cuidar de tus tres hijos para que no sufran de esa manera?
Shinichi no sabía qué responder.
Pocos días después, hicieron un acuerdo de divorcio. Dalia y Shinichi podrían considerarse legalmente separados cuando sus hijos estuvieran felizmente casados sin depender de ellos.
Después de que ambos firmaron, Dalia se mudó a una propiedad lejos del bullicio de la casa principal. Hacer cualquier actividad la dejaba inexplicablemente agotada, por lo que pasaba sus días tejiendo. Shinichi se quedó con los niños y los cuidó lo mejor que pudo. Su madre no estaba interesada en un «papá mandilón», así que le dejó vivir en paz hasta que ellos fueran mayores para tomar responsabilidades.
Dalia ignoró completamente sus deberes y Shinichi se hizo cargo de todo. Nikki y Renato visitaban a su madre con frecuencia, pero para Hana esa mujer aún era una desconocida.
Con el paso de los años, el lazo madre e hija fue formándose. Dalia lo intentó de muchas maneras, pero no podía dejar de lado que la suegra que le tocó metiera sus narices en la familia cuando menos lo esperara.
Shinichi se dio cuenta de todo lo que ocurría en la empresa. Él solo era un presidente títere mientras se desplomaba todo; sus hermanos aún tenían voz y voto para hacer lo que quisieran con el trabajo de muchos años.
Editado: 20.09.2026