Muy temprano, Allen recibió una llamada de Svetlana pidiéndole que viajara a Alemania para una cena anual. Según ella, la familia Kayser solo aceptaba a muy pocas personas en su cena; además, era quien controlaba actualmente todos los negocios relacionados con los automóviles, al menos en ese país. Svetlana creía que, teniéndolos de su lado, sería más fácil crear casas móviles con la última tecnología.
Allen no le prestó mucha atención, pues acababa de despertar. Cuando fue al trabajo, Jin le entregó la invitación personalmente, diciéndole que era una oportunidad: él representaría a la firma Midorikawa en su lugar y, si no iba, sería despedido.
Regresó a su casa sin quejarse; era común esos viajes. Para su sorpresa, Rebeka estaba limpiando el suelo. No la había visto en varios días y, como cada vez que se encontraban hablaban de lo mismo, supuso que ella empezó a evitarlo.
—¿A dónde vas? ¿Estás enfermo? —preguntó extrañada al verlo regresar tan temprano.
—Viajaré a Alemania —respondió. Aunque no quisiera decirle, seguramente su madre le diría lo que estaba sucediendo—. ¿Tu madre no te lo dijo?
—No, está en esa isla artificial cuidando del abuelo —contestó—. Ten un buen viaje.
Allen no respondió y fue a hacer su maleta. Cuando bajó, Rebeka estaba cocinando. Ella entendía que no siempre podría acompañarlo, pero no era lo mismo; quería saber qué hacía y conocerlo mejor.
Allen llamó a un taxi y se fue al aeropuerto. Solo era una colaboración. Si había una invitación, entonces reconocían su trabajo y eso lo alegraba. Mientras esperaba la hora de abordaje, empezó a recordar las peleas ridículas que tuvo con Hana, pero su rostro serio no hacía bien su trabajo. Sentía que era gracioso, pero no lo mostraba. Cuando subiera al avión, lo primero que haría sería pensar cómo reconquistarla; quizás Rebeka ya había reconsiderado todo.
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Mientras Allen se enteraba de todo, Renato visitó a Hana.
—Repite lo que dijiste hermanito.
—Vamos a Alemania. Lara quiere verte y no conoces a los pequeños.
—Vi a Lara hace cuatro meses —contestó. Renato solo había hecho un viaje de negocios y pasó a visitarla sin decirle que ya había reservado dos pasajes—. No quiero ir.
—¿Por qué? Vamos; papá ya no te molesta y el abuelo está lejos. Ven, ven...te gustará.
Bambi miraba entretenida cómo «discutían»; en los meses que había estado con Hana se dio cuenta de que no podía decirle que no a Renato. A lo mejor su relación de hermandad había sido muy buena y por eso no podía negarse.
La vio acceder y Renato dijo que le prepararía alguna comida ligera mientras ella hacía su equipaje. Bambi estaba despidiéndose, pues esos días iría de viaje con Hajime.
—Bambi te ves muy feliz. ¿Es porque me voy?
—No, qué va —contestó—. Estoy feliz porque por fin sonríes. Los últimos días tu cara se veía apagada y pensé que estabas enfermando. Que tu hermano haya venido significa que se preocupa por ti.
—Puede ser, pero no sabría decirte —confesó—. Él dejó a la familia cuando solo tenía dieciséis años.
—¿Eh? ¿Por qué? —preguntó. Mientras estuvo bajo el cuidado de la anciana Asahi, no se mencionaron los asuntos de la familia—. ¿Hizo algo malo?
Hana no respondió, pero Renato apareció desde la puerta para responder.
—Embaracé a mi novia —le dijo—. No es nada asombroso. Papá sentía que mi irresponsabilidad arruinaría a la familia por lo que me desheredó. La familia de mi esposa me aceptó y el resto es historia.
Hana ni siquiera sabía lo que pasó después.
—Hana, come y nos vamos. Bambi, ¿segura de que no quieres ir?
—Segura —dijo.
Comieron y después partieron rumbo al aeropuerto. Hana apenas sabía algo de su hermano, pero no por ello se negaría a la oportunidad de conocerlo. El viaje al aeropuerto fue silencioso. Renato iba leyendo algunos documentos.
—¿A qué hora es el vuelo?
—Hmmm, vamos ya —le dijo bajando su maleta. Abordaron casi de inmediato. Hana intentó no mirar por la ventana. Se sentía extraña; no era miedo ni presentimientos extraños. Solo se sentía extraña cada vez que tomaba su celular—. ¿Hana?
—¿Sí?
—Te dije que asistirá el bisabuelo de la familia Til-Shiroyama; él expresamente pidió conocerte.
—Me siento traicionada —respondió.
—Jajaja, bueno, te lo iba a decir, pero no dejabas de sujetar tu teléfono —comentó ahora que sabía que estaba bien—. ¿Esperas una llamada de Allen?
—Si, pero fui yo quien no quería contactarlo mientras siga casado con Rebeka. Odiaría ser llamada amante o «la otra». Además, nada me asegura que esa mujer no esté planeando algo.
—Ya veo —contestó—. Mejor piénsalo así: si ambos van a estar juntos, entonces no importa cuánto tiempo se tarden, lo estarán. Creo que Eileen solo quiere obtener lo que nuestro padre ha construido durante años.
—¿Lo llamas padre?
—Nada cambia el hecho de que me dio la vida o, al menos, contribuyó a ella, pero no dejaré que mis hijos lo conozcan. Ellos deben vivir sin ataduras ridículas.
Editado: 01.11.2026