24 Horas Contigo

#117.- La esperada reunión familiar II

Allen bajó corriendo hasta el jardín donde se escuchaban los murmullos. Frente a él había un poste; estaba alguien amarrado y había otra figura que sostenía un látigo. Avanzó hasta que una mano lo detuvo.

—¿Qué? —giró la cabeza y reconoció a Renato.

—Lo empeorarás. La abuela siempre castiga con mano dura.

—Castigos arcaicos querrás decir —contestó.

Se acercó y fue detenido por los guardias de la mujer, incluido Anton.

Hana estaba siendo castigada con latigazos.

—¡Vieja loca! ¿Por qué le hace esto?

—Los que se han portado mal deben ser castigados; eso les enseña disciplina y a no cometer los mismos errores —respondió. Hana ya tenía la piel hecha pedazos. Si no hacían algo, podía infectarse y ponerse peor.

Charles le quitó a los hombres de encima junto a Renato. Allen les dio unos golpes y fue a detener el látigo de la abuela Asahi.

—¿Quién crees que eres para detener un castigo en mis dominios? ¿Quieres que te castigue también?

—No, gracias, recuerdo perfectamente lo que se siente. Será mejor que se vaya antes de que use el látigo en su propia persona.

Se apresuró a desatar a Hana. Lara ayudó a quitarle la tela y la piel ensangrentada. Le quedarían cicatrices horribles. Renato ayudó con la curación y, junto a Charles, la trasladaron a la habitación.

La única que no ayudó fue Nikki.

—Lara, ¿ganas algo ayudando?

—Hana es buena; fueron ustedes quienes la hicieron mala —contestó.

—Sabes que no puedes ganarle a los abuelos... ¿Por qué luchan desesperadamente?

—Bueno, que te hayas rendido en tu vida no significa que ellos hayan hecho lo mismo —respondió cortante.

Llevaban a Hana a una habitación para que la revisaran; según Charles, Hana salió a correr cuando los guardias de la abuela la agarraron y la ataron al poste. Cuando ella, la abuela, inició el castigo, no se mencionó la causa, además de que había personas custodiando para que nadie los interrumpiera, o eso fue lo que escuchó. Hana estaba consciente, debían llevarla a un hospital y después de ello, también debía enfrentar las consecuencias de sus acciones.

❀❀❁❀❀

—Mi Rebeka, ¿qué le dijiste a la abuela?

—Mami, Hana me lastimó con vidrios —le mostró la pierna—. ¡Mira! ¡Quedará una cicatriz horrible!

—Demonios; la amante comportándose como una mujer de clase. Deja que tu madre se encargue —le dijo Eileen mientras salía.

Buscó a Shinichi, quien ni en ese lugar podía dejar de trabajar. Él hacía algunas llamadas cuando Eileen lo interrumpió.

—¡Va siendo hora de que le pongas un alto a tu mocosa! —gritó al verlo—. ¡Lastimó a mi niña! ¡¿No dijiste que esos dos ya estaban separados?! ¿Por qué no puedes hacer nada bien?

—¡No vengas a hablarme así en mi oficina! —la regañó Shinichi—. Habla con el anciano, no conmigo.

La obligó a salir del lugar. Eileen fue a hablar con su suegro, quien estaba en un momento cariñoso con su esposa. Esperaría a que terminaran de hablar.

—Anton, aléjala.

—Sí, señor —respondió, bloqueando la vista y obligó a Eileen a irse.

El anciano le ayudó a poner crema en sus manos maltratadas.

—Lamento lo de tu látigo, pero…

—Hana ni siquiera es nuestra nieta —se quejó la mujer—. Rebeka parece ser más apropiada para heredar todo.

—Ya he dado mi última palabra. Los descendientes de Hana obtendrán todo. Asahi… cuando construimos esta isla era porque querías vivir tranquilamente, pero ¿por qué me pediste que trajera a todos, incluida Dalia?

—Para que vean que no pueden escapar del dominio de la familia Kanronji; incluso si es el mismo infierno, iré a sacarlos yo misma para que aprendan a obedecer.

❀❀❁❀❀

En un vuelo vespertino, llegaron Miranda y Frederick Til-Shiroyama, acompañados de sus hijos Andrew y Frank, junto con sus respectivas esposas, Freja y Sabrina. La única razón por la que los abuelos no fueron es que tenían asuntos que atender y llegarían más tarde.

Los llevaron a sus respectivas habitaciones. Allen seguía curando las heridas de Hana, quien no dejaba de llorar por el dolor. Lara tampoco se iba de allí y ayudaba a calmar el dolor con inyecciones. Repentinamente, Allen recordó que en la maleta de Hana, oculto en el forro, había un sedante que le solían inyectar cuando estaba cautiva. Bambi lo escondió allí, por si acaso.

—Creo que servirá, pero no conozco este nombre —mencionó Lara.

—Es una creación de la señora Asahi —contestó Allen—. Si Bambi estuviera aquí con más medicamentos, sería mejor.

—Allen, ven y come un poco —pidió Renato—. Lo preparé yo, así que no te preocupes.

Intentó comer, pero tenía la boca seca.

Charles había salido en busca de Nikki, quien estaba en su habitación leyendo revistas de moda.

—Oye... ¿no te preocupa tu hermana?




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.