24 Horas Contigo

#133.- Viejos Conocidos

#133.- Viejos Conocidos

Hana se encontró con Alexander en el centro comercial.

—Hana, ¿qué tal?

—Qué pequeño es el mundo. ¿Volviste?

—Solo para visitar a mis padres —dijo tranquilo—. Iba a comer, ¿quieres ir?

—Seguro —accedió.

La noticia poco a poco perdía credibilidad, pero no lo suficiente como para morir; sin embargo, Hana no estaba tan afectada ya que como autora, no exponía su rostro al público, lo que aligero un poco más su carga. Llegando al restaurante, se encontró con Natasha y su hijo.

—¡Esto sí es mala suerte! —exclamó Natasha.

De alguna manera, se sentaron en la misma mesa. Ese lugar era muy conocido por sus almuerzos infantiles y, mientras Alexander recogía la comida, ellas se quedaron esperando.

—¿Cómo se llama?

—Gilbert —respondió—. ¿Qué haces por aquí? Creo que tu cara era muy famosa como para no salir a estos lugares.

—No soy tan famosa —replicó.

Ninguna habló hasta que llegó Alexander. Empezaron a comer en silencio. Al notar su evidente desprecio, él quería empezar una plática.

—Natasha, ¿qué tal tu vida de casada?

—No estoy casada —respondió de inmediato.

—Bueno, ¿qué tal tu trabajo? Seguramente es divertido.

—¿Qué tiene de divertido trabajar en esa tienda donde las señoras creen que pueden tratarme como trapo sucio? —se quejó, aunque no estaba enojada—. Si no fuera por cierta persona, podría seguir trabajando junto a Clara y mi niño no tendría que ir a la guardería tanto tiempo.

Hana bajó la cabeza. Ya sabía que el dinero no solucionaba nada, pero, incluso si no había sido la culpable directa, aún quedaba la sombra de su familia acusándola.

—Ni te disculpes, a mí no me sirve de nada y Kanade decidió aceptar tus generosas donaciones. Gracias, pero no gracias. Tendría más sentido si no fueras la causante de todo.

Hana se levantó y pidió disculpas. Salió y Alexander fue detrás de ella.

—¿Estás bien?

—He estado mejor. Lo siento por interrumpir tu comida.

—No importa, ¿qué tal si vamos a comer algo por allí? —sugirió, al ver cómo intentaba ocultar su brazo vendado—. Escuché que hay varios puestos nuevos.

—¿Seguro? Creo que en este momento soy la persona más rota que existe —dijo con la voz quebrándose.

Alexander limpió sus lágrimas. Ella no tenía por qué sufrir así, ella no hizo nada malo; nadie, en realidad, debería sufrir de tal manera que su corazón viva llorando cada día, pero esta era la historia que le tocó vivir.

—¿Volverás a escribir? ¿Qué tal tu brazo? —preguntó después de comprar crepas.

—Oh, bien, no dañó nada importante, así que descansaré un tiempo. Si siguen bajando las ventas, entonces no sé qué haré. Aren Koban confíó en mi talento, pero lo único que sé hacer es darle donde más le duele.

—No lo creo —dijo mientras comía una segunda crepa—. Si él no confiara en ti, no soltaría el dinero para empezar. Creo, Hana, que tendrás un final feliz y, cuando tengas hijos, les puedes contar esta historia de terror; quizás hasta en película se convierta.

Hana rió. Por primera vez en un tiempo pudo reír tanto como quiso, aún soportando miradas extrañas. Era suficiente para tener energía de nuevo. Su conversación se vio interrumpida por una mujer que se puso frente a ella.

—¡Eres una zorra! —y le dio una cachetada que Hana regresó sin pensarlo dos veces.

Ante su asombro, era Kendra.

— ¡Ah eras tú! —preguntó Hana— ¿Qué?

—¿No dijiste que lo amabas? ¿No dijiste que pelearías por él? —reclamó—. Entonces, ¿qué haces aquí con otro hombre? ¿No vale tu juramento de matrimonio hacia Allen? ¿Solo eres una zorra más en el matorral?

Hana le dio un golpe directo en la nariz. Le valía si tenía problemas legales después; ella solo era una forastera en su vida. Alexander se negaba a dejarla allí, por lo que decidieron esperar a que despertara, pero, si intentaba golpearla de nuevo, la noquearía otra vez.

No recordaba mucho a Kendra, pero le parecía que estaba cambiada. Como ya no trabajaba en ese café, no sabía que estaba haciendo actualmente; además, no eran amigas y no tenían conocidos en común, por lo que no había necesidad de saber lo que hacía la otra.

—Alexander, ¿en serio serás tan condescendiente? Ella tampoco es buena persona.

—No es amabilidad, es sentido común; si la dejamos sola, alguien puede intentar algo con ella. Ahora todo el mundo está expuesto.

—Lo que sea. Cuéntame de tu trabajo.

—Es maravilloso —dijo sonriendo.

Empezó a contarle con lujo de detalles.

Cuando comenzó su carrera de modelo, no sabía hacer nada, pues siempre había vivido como un príncipe; así que aprendió a cocinar. Como debía llevar horarios muy estrictos, sincronizaba su agenda con la de su manager para entenderse mejor y llegar puntuales a todos lados. Siempre fue amable con el equipo de trabajo para crear una atmósfera laboral agradable.




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