Dos meses más tarde, en algún lugar de Alemania.
—Mi amor, hoy preparé tu desayuno —dijo Rebeka entusiasmada al verlo bajar las escaleras.
—Estoy ocupado. No me esperes, regresaré muy tarde —contestó Allen.
Durante la luna de miel, Allen estuvo todos los días siendo sermoneado por Franco sobre abandonar a Hana y seguir los mandatos que ordenaba la familia. Franco le reclamaba que habían pasado por muchas cosas solo para que él se diera por vencido después de unos cuantos azotes.
Cuando se mudaron a Alemania, Julian y Svetlana le pidieron que no dejara su asociación; independientemente de con quién estuviera casado, lo querían trabajando con ellos. Allen les aseguró que, cuando viera la oportunidad, regresaría al país. Mientras tanto, trabajaba en una pequeña firma de arquitectos.
Por su parte, Rebeka se quejaba de que Allen ni siquiera la miraba. Entre su capricho y el poder de su abuelo, terminó casada con alguien que solo parecía un príncipe, pues además de ser guapo, no tenía nada. Solo le importaba el trabajo, no comía con ella y todas sus necesidades las resolvía por sí mismo, como lavar su ropa o cocinar. Era exactamente como si ella no existiera.
En su mundo, había un príncipe incondicional que la amaba más que a la vida misma, pero su realidad era diferente; ni siquiera había un «¿estás bien?» o «¿cómo estás?». Evitaba llorar, pero no podía evitar estar sola. Por mucho que se esforzara, su deseo egoísta simplemente la llevó a la infelicidad.
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En algún lugar al otro lado del mundo.
Bambi le comunicó todo a Hana después de que dejara el hospital. No podía creer que ni siquiera llorara cuando se enteró de que su divorcio era legal y que lo había perdido todo. Su cara tranquila la sacaba de quicio.
Regresó a la casa que rentaba en ese edificio extraño. Ya no sentía miedo ni nada; solo quería volver a su antigua vida y Bambi se quedaría a su lado. Hana apenas entró a la casa cuando Mirei apareció. No se dijeron nada, pero compartieron un largo abrazo.
Cuando llegó la hora de cenar, sonó el timbre y Bambi fue a abrir. Era Charles.
Él, tristemente, comunicó que se divorció de Nikki con la excusa de descubrirle varias infidelidades, y que había aceptado una oferta de trabajo en Singapur, por lo que le quitó la custodia de los niños y se mudó con ellos a ese país. Nikki, ni siquiera peleó. Solo dejó que las cosas terminaran de esa manera. Él había ido a despedirse momentáneamente.
Hana le deseó mucha suerte. Como espectador, Bambi creía que ella se derrumbaría al no tener a Allen cerca; sin embargo, sus movimientos, lejos de ser torpes parecían más mecánicos. Como una acción que ya no necesitas pensar cómo hacer porque se realiza en automático. De alguna manera, esperaba verla llorar, pero su rostro tranquilo le daba miedo y prefería que se desahogara.
En los días siguientes, Hana se aseguró de que su unión con Jinpei fuera anulada y, sorpresivamente, ni su abuelo ni su padre intervinieron. Se disculpó con Reed por tanta confusión y esperaba que si no podían ser amigas, al menos considerara que ella merecía ser feliz y sonreír al lado de Jinpei.
Caminaba siempre por la misma calle. Iba a las mismas tiendas esperando verlo, para luego derrumbarse al enterarse de que no era más que una alucinación, pero eso no ocurría. Estaba molesta por no reaccionar de otra manera. Si no hubiera salido a correr, su abuela no la habría castigado y no habría salido de esa casa sola. Coco le comunicó que el único lugar donde juzgarían sus malas acciones sería el infierno, pues en la tierra no hay nadie que quiera contradecir las acciones de la familia Kanronji.
No quería desanimarse y se mantuvo ocupada en todo lo que podía. Intentó llamarle, pero ese número ya no existía. Intentó enviarle una carta, pero fue devuelta. Estaba triste, más de lo que podía soportar, hasta que una mañana, finalmente, ya no se levantó.
—¿Hana? Tu editor vino, dijo que olvídaste de la reunión de hoy y tu teléfono en la oficina.
—No quiero ver a nadie.
—¿Qué? Pero es tu siguiente libro. Hana, deberías trabajar más en el. Dijiste que era el inicio de tu nuevo trabajo fantástico.
—Si tanto te gusta, escríbelo por mí —contestó, arrojándole una almohada.
Hana comenzó a llorar de una manera patética. De sus ojos no dejaban de salir gruesas lágrimas que caían sobre la cama; se llevaba las manos a la cabeza jalándose el cabello, para después, con sus manos, rasguñarse la espalda. No le dolía. No podía eliminar el dolor de ya no tener a Allen cerca.
—Fui estúpida, jugaba a ser todopoderosa y perdí todo. Ni mi marido ni casa tengo. ¡Qué estupida! ¡Qué pensaba al ir en contra de una familia que solo se preocupa por sus descendientes! ¡No podía pensar en ganarles, nunca! Solo era una tonta enamorada que jugó y perdió —decía con voz nasal.
Bambi intentó calmarla, pero su voz, sus movimientos incluso su mirada decían que ya estaba cansada de jugar en ese mundo. Solo fueron cuatro años y, por mucho que buscara ser feliz, lo único que ganó fueron cicatrices que ahora cubrían todo su cuerpo, nada más. Quizás Allen ya no la encontraría atractiva, quizás nadie más la encontraría bonita ni ella misma quería ver el reflejo de alguien cansado que no sabía qué más hacer.
Editado: 11.10.2026