24 Horas Contigo

#109.- Comparaciones extrañas y comunes

—Hana, ¡cuelga ahora! —ordenó Allen—. El médico dijo que descansaras.

—Pero Kanade llamó; tenía que asegurarme de que Clara le había pasado el mensaje. No es mucha la forma en que puedo ayudar, pero algo es algo.

—Lo sé y lo entiendo, pero descansa. No queremos que tu resfriado evolucione por no seguir las recomendaciones —le pidió amablemente y la llevó de vuelta a la cama.

Hana amaneció con fiebre así que la llevaron al médico. Allen se quedaría ese día a cuidar de ella, pero Hana tenía muchas cosas que hacer por lo que no quería descansar solo por un resfriado. Tuvo una idea y la ejecutó pronto, cuando decidió enviar ayuda monetaria después de enterarse, por medio de Bambi, de que su abuelo, de igual manera, los había atacado.

—En resumen, perdieron todo el patrimonio que ganaron en su vida laboral —explicó Bambi, al enseñarle los documentos y las fotos que Coco le había mandado.

—Entonces, si te pido que les envíes dinero en mi nombre para ayudarles, ¿lo harás?

—Por supuesto, debo obedecer —contestó Bambi, como si fuera lo más natural del mundo.

Ambas se pusieron a trabajar y a repartir dinero en partes iguales. Ella se disculpaba por ser la causa del desastre y ayudaría a remediar los daños. No pensaba pedirle ayuda a su familia, pues daba por hecho que no harían nada. Al terminar, Bambi fue a la oficina de correos, justo después de que llegara Allen.

Esta pareja tuvo algunos minutos de privacidad, pero al momento de bañarse, Hana comenzó a sentirse mal y, a la mañana siguiente, amaneció con fiebre.

—Allen, necesito enviar mi borrador... necesito enviarlo... —decía de nuevo.

—Tranquila, yo lo envío —respondió él.

Allen estaba haciendo limpieza y vigilando que su esposa no hiciera esfuerzos innecesarios. También le pidió a Bambi que fuera solo por la tarde. Su mente había hecho su trabajo, imaginando que estaba reproduciéndose.

—No saboreo tu deliciosa comida —dijo cuándo le llevó un caldo.

—¿Cómo sabes que está delicioso?

—Todo lo que haces es delicioso —contestó. Allen rió y tuvo que medirle la temperatura de nuevo. Se mantenía, ni siquiera podía creer que Hana estuviera de ánimo para hacer bromas de ese tipo.

Allen también dedicó algo de tiempo a su trabajo. Más tarde tenía que ir a una reunión con su equipo de trabajo y esperaba que Bambi llegara pronto para irse sin pendientes. Cuando por fin llegó, le pidió que cuidara de Hana, señalando que la ayudara a darse un baño y vigilara que vaya a la cama temprano en caso de que él no llegara a la hora acordada.

Allen se fue a su reunión y Bambi apenas se distrajo, cuando Hana ya estaba trabajando en su computadora. Se notaba que le dolía la cabeza y sus torpes manos no escribían nada coherente en ese momento. Bambi la obligó a acostarse.

Después de una hora, la ayudo a bañarse. No imaginó que sería una tortura.

Para mantener algo de decencia, Hana conservó su ropa interior; sin embargo, Bambi aterrada, pudo ver que tenía marcas de viejas heridas en la espalda y en las piernas.

—¿Qué sucede, Bambi? ¿De verdad estoy muy sucia?

—No... pero ¿qué te sucedió? ¿Tuviste un accidente?

—No, fueron un castigo al puro estilo medieval —respondió. Al regular su temperatura, se sintió mejor—. Los abuelos nos aplicaron estos correctivos.

—Hana, eso es violencia. No soy quién para decirlo, pero podías haberte defendido.

Hana soltó una risa molesta y burlona.

—Lo he escuchado antes, pero al final no hicimos nada. Te apuesto a que, si vamos a hacer la denuncia y al día siguiente preguntamos por el seguimiento, nos dirán que no hay registro, lo sabes tan bien como yo.

Bambi lavó su cabello y la enjuagó. Era común que algunas personas no prestaran atención a algunos aspectos durante la hora del baño. Hana ni se sentía incómoda ni molesta; parecía normal. No era invadir su privacidad, sino una costumbre diferente.

—A veces creo que te diviertes mucho con Allen —señaló Bambi, después de ver que tenía una marca de beso en el cuello.

—¿Y no es lo común? Aunque no lo parezca, no estamos haciendo nada ilegal. Que tú seas muy curiosa o tengas una mente pervertida es distinto.

—Lo sé, pero muchas veces... veo a personas de mi edad y siento que me he quedado atrás —señaló Bambi—. Soy demasiado fuerte y atlética para llamar la atención. Ni siquiera estoy en la categoría de bonita.

—¿Según quién? Bambi eres bonita. Hablas directamente, pero eso a veces es atractivo. Deja de compararte con otros o la pasarás muy mal.

—Lo intentaré —respondió.

—Una cosa más. ¿Puedes salir? Me cambiaré de ropa.

—Sí.

Salió y cerró la puerta. Hana se puso una pijama y Bambi le ayudó a secar su cabello. Cuando midió su temperatura,vio que había bajado, por lo que la dejó cenando después de ver que se sentía mejor. Mientras llevaba la ropa sucia al cuarto de lavado sin querer, miro la talla del brasier.

—¿Qué? ¿Y dónde los tienes escondidos? —escucho Hana desde lejos.




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