24 Horas Contigo

#121.- Un regalo para ti

En algún lugar del país.

Hana regresó a sus antiguos trabajos. Marion le dio la bienvenida sin pedir ninguna explicación; además, le dijo que, si necesitaba hablar, ella podía escucharla. Lo mismo sucedió con el gerente del café, quien agradeció que considerara regresar. Quería estar ocupada tanto como fuera posible, incluso si terminaba muriendo de cansancio. También debía compaginar la universidad y su proceso de escritura.

Franco apareció de repente junto a su acompañante, Verónica, quien la saludó de manera muy amistosa. Discretamente, él le comunicó que ahora estaba a cargo de los hoteles del centro de la ciudad y no solo de los de la costa. Además, le dijo que Allen estaba saludable. Hana no hizo ningún comentario y le pidió que no fuera a visitarla más o podría causar malentendidos. A la vista de todos, ella ya había tenido dos divorcios en menos de un año.

Una mañana, Malcolm apareció en su casa. La última vez que eso sucedió, ellos entraron como si nada e instalaron cámaras de seguridad, lo que la dejó aterrada; por eso le dio más miedo que apareciera de repente.

—Buenos días, señorita Hana.

—Malcolm, ¿qué haces aquí? —preguntó al verlo.

No podría ser nada bueno, pensó.

—Oh, solo estoy comprobando que la herencia de la señora Asahi Kanronji sea entregada en las manos correctas sin intervención de terceros.

—¿Y yo qué tengo que ver con eso? —El tono de su voz hizo que Bambi se pusiera en alerta.

—La señora Asahi Kanronji le dejó este joyero —dijo y le entregó una antigua caja de madera, grabada especialmente para su abuela—. Revísala; debe tener estos tipos de joyas y estas piezas.

Le entregó también una pequeña lista con las fotos de las joyas que Hana revisó solo por encima.

—¿Ya las vi, y luego?

—Señorita, no gana nada con hacer berrinches. Solo hago el trabajo —contestó, no dispuesto a tolerar su actitud.

—Entonces… ¿de qué murió la señora Asahi? Yo no iba a asistir al funeral después de que me expulsaran de la familia, y tampoco teníamos una relación cercana dado que ella era una dura veterana de guerra.

—Cayó —dijo sin rodeos—. La noche anterior estuvo algunas horas diciendo que ella la estaba mirando y salió casi corriendo hacia su jardín; tropezó y cayó.

—¿Solo eso?

—Murió de un infarto. No sé qué veria, pero la aterró tanto que murió —explicó con calma.

—¿Y el abuelo Kensuke? —preguntó por obligación.

—Está triste. No sale del jardín que cuidaba la señora con esmero. ¿Quiere ir a visitarlo?

—No. Si es todo, entonces vete.

—Sí, lo que diga —se levantó Malcolm y salió.

Hana le pidió a Bambi que guardara las joyas en el banco, ya que no las quería ver. Estaba molesta. Era estúpido que muriera de una manera tan fácil; aun cuando ella tuvo que sufrir tanto, la vida simplemente no era justa.

Cuando Bambi salió rumbo al banco, alcanzó a ver a Coco saliendo del auto junto a otro acompañante. Parecían conocerse bien; intentó acercarse porque, por alguna razón, le recordaba mucho a la mujer que él siempre amó.

—Sean, ¿por fin visitas a tu abuela?

—No le puedo decir que estuve en prisión o me matará —dijo riendo—. Gracias por el abogado y la fianza.

—No te preocupes. Si te metes en otro embrollo, llámame y te ayudaré —le dijo mientras se despedía.

Sean caminó en dirección contraria hasta desaparecer de la vista, y Bambi caminó hacia Coco.

—¿Estás bien?

—No sé a qué te refieres —contestó Coco—. Mejor dicho, ¿qué haces por aquí?

—Hana vive en aquel edificio —y apuntó a uno que sobresalía—. ¿Y tú?

—Lo acabas de ver. ¿Qué tal si terminas tu encargo y vamos a comer?

Bambi accedió. Últimamente, Hana no quería compañía mientras comía cualquier cosa por pequeña que fuera. Desconocía si Hana era consciente de que había perdido el bebé que esperaba con ansias.

Fueron al banco y después a un pequeño restaurante donde vendían comida china. Coco ordenó por los dos. Ahora no mostraba sus tatuajes, aunque conservaba el cabello largo.

—Bambi, ¿dejaste de usar esa rara venda en el torso?

—Si. Ahora uso sostén deportivo —contestó, al ver qué intentaba adivinar qué usaba.

—Eso no es nada sexy —dijo, decepcionado—. Pregúntale a Hana cómo verte más segura de ti misma

—¿Qué? ¿Por qué lo dices así?

—Te vi cuando te estabas acercando. Ibas sola y caminabas con seguridad, pero al llegar al auto parecías tímida. ¿Qué pasó con esa chica que no sabía comportarse?

Bambi no sabía qué responder, así que giró su cara; no quería que él viera la expresión que tenía en ese momento.

❀❀❁❀❀

En algún lugar de Alemania.

—¿Qué? ¿El bisabuelo quiere verme? —repitió cuando se lo dijo el secretario.

—Así es, señor. Dijo que es importante. Puede ir solo o acompañado, pero que sea lo más pronto posible —aseguró, repitiendo el mensaje.




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