Durante unos segundos aquello fue peor. Abrió los ojos celestes apenas lo suficiente para distinguir un techo oscuro, alto, desconocido. Había sombras suaves, cortinas que se movían, el rumor del viento y algo cálido cubriéndolo hasta el pecho. Su corazón se aceleró.
—¿Dónde...?
Intentó incorporarse. El cuerpo no respondió. El miedo llegó antes que los recuerdos. Laboratorio. Máquinas. La extracción. El lazo verde ardiendo.
Papá.
Después, ojos verdes. Cabellos negros. Dos brazos sosteniéndolo.
Viniste.
Cronos dejó caer nuevamente la cabeza sobre la almohada.
—Olimpo...
—Sí.
La voz llegó desde su derecha. Cronos giró lentamente. Y lo vio. Zeus estaba sentado junto a la cama. No parecía el soberano terrible de las antiguas historias. Parecía un joven de unos veinticinco años, de piel blanca y largos cabellos negros hasta los hombros. Vestía pantalones negros y una camiseta verde oscura. Estaba inclinado hacia delante, con los antebrazos apoyados sobre las piernas.
Sus ojos verdes no se apartaban de Cronos. El muchacho lo contempló durante varios segundos.
—Eres real.
Zeus arqueó una ceja.
—Eso me han dicho.
Cronos cerró los ojos.
—Bien.
—¿Bien?
—Habría sido muy humillante pasar todo ese tiempo hablándole mentalmente a alguien imaginario.
Zeus sonrió.
—¿Todo ese tiempo?
Cronos abrió un ojo.
—No preguntes.
Zeus recordó los fragmentos que había recibido. Una voz contándole historias. Desayunos. Bosques. Ventanas.
Buenas noches, papá.
Su sonrisa desapareció.
—No preguntaré.
Cronos intentó moverse. El dolor y el agotamiento lo obligaron a detenerse. Zeus se levantó inmediatamente.
—No.
—Solo quería sentarme.
—No.
Cronos lo miró.
—Acabo de conocerte y ya estás dándome órdenes.
Zeus abrió la boca. La cerró.
—Estás agotado.
—Eso es diferente.
—¿A qué?
—A decir simplemente “no”.
Zeus lo observó. Cronos sostuvo su mirada durante dos segundos antes de hundirse otra vez en la almohada.
—Aunque en este caso probablemente tengas razón.
—Naturalmente.
—No te acostumbres.
Una risa breve escapó de Zeus. Cronos sonrió. Por primera vez, la habitación dejó de parecer completamente desconocida. Entonces miró alrededor. Había muebles oscuros. Una biblioteca. Una chimenea apagada. Una puerta que no tenía ningún sistema de seguridad.
Y...
Cronos se quedó inmóvil. Una ventana. Grande. Enorme. Las cortinas se movían con el viento. Más allá estaba el cielo. Azul. Real. Cronos dejó de respirar. Zeus siguió su mirada. Comprendió. Sin decir nada, caminó hasta la ventana y abrió ambas hojas. El viento entró. Cronos cerró los ojos. Lo sintió sobre el rostro. No aire acondicionado. No ventilación artificial. Viento.
—Está abierta —murmuró.
Zeus lo miró.
—Sí.
—¿Puedo...?
Cronos señaló débilmente hacia ella. Zeus entendió. Se acercó a la cama.
—No puedes caminar todavía.
La decepción apareció inmediatamente.
—Pero puedo llevarte.
Cronos lo miró sorprendido. Zeus pasó un brazo bajo sus piernas y otro alrededor de su espalda.
—¿Puedo?
La pregunta sorprendió todavía más al muchacho. Aión jamás preguntaba. Cronos asintió. Zeus lo levantó con cuidado. Cronos apoyó la cabeza contra su hombro. El lazo verde apareció inmediatamente sobre su brazo. La cinta roja respondió sobre la mano derecha de Zeus. Caminaron hasta la ventana. Cronos extendió una mano. La sacó al exterior. El viento pasó entre sus dedos.
Y entonces vio el sol. No sabía cuánto tiempo había pasado desde la última vez. Horas. Días. Semanas. Ya no importaba. Estaba allí. Cronos sonrió.
—Es de día.
Zeus sintió que algo se cerraba alrededor de su pecho.
—Sí.
—¿Qué hora es?
—Cerca de las once.
Cronos soltó una risa.
—Once.
Repitió el número como si Zeus acabara de regalarle un tesoro.
—Son las once.
—Sí.
Cronos miró el cielo.
—Gracias.
Zeus no preguntó por qué. Lo sabía. Lo devolvió a la cama. Cronos no protestó. Parecía demasiado cansado incluso para mantener abiertos los ojos.
—¿Esta es mi habitación?
Zeus vaciló.
—Es la mía.
Los ojos celestes se abrieron un poco más.
—¿Estoy en tu cama?
—Sí.
Cronos miró las mantas. Después a Zeus.
—Qué escándalo.
Zeus soltó una carcajada.
—Tienes siglos de edad.
—Pero parezco de trece.
—Buen argumento.
—Gracias.
Cronos volvió a acomodarse.
—¿Por qué me trajiste aquí?
—Porque quería tenerte cerca hasta que despertaras.
La respuesta fue inmediata. Cronos dejó de sonreír. Zeus también.
—Ah.
Cronos bajó la mirada. Aquella sola frase parecía haberle afectado más que cualquier declaración solemne.
Quería tenerte cerca.
No porque necesitara estudiarlo. No porque fuera peligroso. No porque quisiera vigilar su poder. O eso creyó Cronos.
—¿Los otros?
—A salvo.
Cronos levantó rápidamente la cabeza.
—¿Los prisioneros?
—Liberados.
—¿Thomas?
—Encontraron a todos los que seguían en las instalaciones.
Cronos dejó escapar el aire.
—¿Aión?
Los ojos verdes de Zeus cambiaron.
—Terminó.
Cronos lo miró.
—¿Qué significa “terminó”?
—Que no queda ninguna infraestructura operativa, ningún laboratorio funcional ni ningún sistema con el que puedan continuar sus experimentos. Fui meticuloso.
Cronos sonrió.
—Me agradas.
Zeus rio.
—Me alegra saberlo.
El muchacho volvió a mirar la ventana. Poco a poco, sus párpados comenzaron a cerrarse. Zeus pensó que volvería a dormirse. Pero Cronos murmuró: